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Apretando los dientes, aguantando ataques de 22 segundos, teniendo que levantar un parcial de inicio que no presagiaba nada bueno, tal y como tuvo que jugar ante el CSKA en la semifinal; o a la carrera, a campo abierto, con lanzamientos cada 10 segundos o menos, yéndose como una exhalación desde el principio, que es como le propuso jugar al principio –equivocadamente– el Olympiacos, este Barcelona es un equipazo capaz de amoldarse a cualquier situación que se plantee. Incluso cuando los griegos apretaron en el inicio de tercer cuarto, con Beverly saliendo a dar mamporros a Ricky –suplido excepcionalmente por Sada, bravo por él–, y Giannakis dejando fuera a Teodosic y Papaloukas (patética caricatura de lo que fue) para enmarronar aquello; incluso cuando el marcador se apreto una barbaridad, el equipo aguantó el tirón descomponiéndose sólo lo imprescindible. Fue la penúltima –y durísima– prueba de fuego para un equipo que fue a París a ganar y ganó. El Barcelona es equipo que dispone de jugadores ciertamente luminosos: Ricky, Navarro, Lorbek, Mickeal, Vázquez... cualquiera de los jugadores con los que cuenta un valiente Xavi Pascual –que dijo ya en París que era de los pocos que se había atrevido a decir desde el principio de la temporada que querían estar en la Final a Cuatro– que ha demostrado que nada le viene grande y que puede manejar partidos de muy distinto calado, tal y como se ha visto en el París-Bercy. Este Barcelona ha ganado su segunda Euroliga, pero no salda ninguna deuda. Cada Final a Cuatro es una historia y lo que ha hecho este Barça es dar una inmensa alegría a sus aficionados. El año pasado muchos de estos jugadores cayeron en semifinales, precisamente ante el CSKA, y ahí están, regresando a disputar una F4 como si nada, entendiendo como nadie que cada partido es una historia y que no hay maldiciones que valgan.
Acudir a una Final a Cuatro como favorito –casi indiscutible– no debe de ser nada fácil. Muchos equipos no lo han superado. A saber, el propio Barça de Epi y Norris, el Madrid de Sabonis (en Atenas ’93), el Benetton de Kukoc, algún Panathinaikos que parecía imbatible, algún CSKA, algún Maccabi... Este Barcelona asumió con humildad su condición de super equipo. Es uno de los pocos equipos de la historia que siendo talentoso no renuncia a ese talento de forma implícita para conseguir un objetivo. Pero si hay que bracear en terrenos pantanosos, pues bracea. Tiene además otra cualidad que yo considero que ha sido la piedra filosofal de este equipo: por encima de la enorme capacidad para generar canastas brillantes –y estamos hablando nada menos que de lo que pueden generar algunos jugadores que atienden por los nombres de Navarro y Ricky–; por encima de la facilidad para machacar el aro en vuelos espectaculares bien se llame el ejecutor Vázquez o Mickeal; por encima de todo eso, este equipo defiende maravillosamente bien. Mérito de Pascual, sin duda. Pedir a unos genios que bajen el culo, que mueran en defensa cuando vienen de trenzar una jugada de playstation, significa que el grado de comunión del grupo con las ideas del entrenador es total. Y también que la estrella pone al servicio del colectivo un talento que no siempre se sabe enfocar como se hace en este Barcelona campeón en París.
La pregunta ahora es: ¿dónde está el límite de este equipo que ha pergeñado Joan Creus? No tiene, de momento. Es un equipo que tiene de todo y todo equilibrado. Llegó Ricky el pasado verano para dotar al equipo de más talento, más chispa, y dotarle de una velocidad más; llegó Mickeal para convertirse en el mejor ‘tres’ del continente; llegó Ndong para sellar por arriba aún más el aro azulgrana. Es un equipo que tiene un larguísimo recorrido porque es mejorable en un par de puestos.
Es momento para el júbilo y la celebración, para felicitar al barcelonismo. Y también el momento de darle las gracias a Xavi Pascual y sus jugadores por dos cosas: una, por haber traído para nuestro país un título que no se ganaba desde que el mismo club lo consiguiera en 2003 en el Palau Sant Jordi, y dos, por habernos hecho disfrutar con un baloncesto excelente. Este equipo ha demostrado que por el camino de la grandeza y corriendo se puede ser campeón de todo. ¡Gracias y felicidades!