Columna por Paco Torres
Última actualización 18/09/2012@11:45:23 GMT+1
El Valencia Basket es un club de unas características muy especiales. Digamos, para entendernos, que es el único club de la Liga Endesa con un paralelismo al de las franquicias de la NBA. El Valencia Basket, que es propiedad de un señor particular, cuyo entramado accionarial desconozco, no tiene nada que ver con instituciones políticas, al uso en otros clubes. Lo único que le falta para ser un club independente es tener una cancha de su propiedad. Los valencianistas juegan en La Fuente de San Luis, conocida popularmente como la Fonteta, propiedad municipal.
Hay en la Liga Endesa un par de clubes que tiene su entronque en Clubes de Fútbol, propiedad de los socios, como son el Barcelona Regal y el Real Madrid, siendo el primero de ellos totalmente ‘privado’, por así decirlo, ya que por tener tiene hasta su propio pabellón, el Palau Blaugrana, aunque se le vaya quedando un tanto anticuado. Luego hay otra serie de clubes que son Sociedades Anónimas Deportivas, pero todas con una dependencia, pero con enorme dependencia de los municipios, diputaciones, gobiernos autonómicos y otras instituciones públicas. Hay alguno incluso en el que su capital es totalmente público, el Unicaja, que es propiedad de una Caja de Ahorros.
¿Cuál es el modelo perfecto? Pues puede que no haya. Unos pueden pensar que todo lo que sea público es más seguro... hasta que vengan mal dadas –y están viniendo, es indudable– y todo ese dinero que se invierte en un club se decida invertir en otras cosas con más contenido social. Respecto a los Clubes de Fútbol, pues cuando sólo mantienen secciones competitivas los dos ‘grandes’ es porque no debe eser muy rentable. Es más, cada cierto tiempo se quejan de que son muy deficitarias y en algún caso se ha especulado, con mayor o menor verosimilitud, con que podrían deshacerse del baloncesto. ¿Cuántas veces no hemos escuchado que tal presidente no echa el cierre porque no quiere pasar a la Historia como el que acabó con el baloncesto (....) y ahí pongan el color que crean conveniente.
Depender de las instituciones para hacer deporte de élite –e incluso aficionado– en estos tiempos no es muy aconsejable. Hace unos años sí que eran buenos compañeros de viaje: para conseguir un crédito, para lograr un aval, para encontrar un patrocinador... Eran los tiempos en los que en los municipios se construía y como había que vender pisos, adosados, chalets y parcelas, los patrocinadores no es que sobraran, pero tampoco solían faltar. No había equipo que ascendiera a la categoría superior que no encontrara un apoyo institucional para conseguir el dinero necesario para afrontar la siguiente campaña.
Esta temporada, ni el C.B. Canarias ni el Menorca Basket pudieron hacer frente a los avales que solicita la ACB para poder participar en la Liga Endesa. Los de La Laguna finalmente saldrán en la máxima categoría porque pudieron comprar –por un precio menor– la plaza del Lucentum. En las categorías que auspicia la FEB el panorama no es mejor.
El modelo del Caja Laboral, con muchas pequeñas patas en la que apoyarse para que si le falta alguna –y las instituciones no aportan lo que aportaban– nos pareció muy bien parido. Lo está. Pero no pueden ya competir los C. de F. al nivel que lo hacían antes. Con total seguridad, el club de Josean Querejeta es el que más se parece, en funcionamiento y personal, a uno de la NBA. Ese entremado milimétricamente profesionalizado es lo que quizá le haya faltado al Valencia Basket. Juan Roig, su propietario, nunca terminó de dejar la parte deportiva del club en manos de profesionales del baloncesto. Siempre se fio más de sus hombres de confianza de Mercadona, su empresa madre, que de la gente del baloncesto y por ello le critiqué. Fichó mucho, gastó mucho y quizá sienta que no haya rentabilizado deportivamente ese desvelo económico.
Por momentos Roig pareció hartarse, pero sigue. Ahora el club, del que es director general Paco Raga, renuncia a las ayudas de las instituciones públicas y pide que ese dinero se destine a obras sociales. En la camiseta ‘que habla’ –al aficionado que la compre le llegará un mensaje al móvil con el agradecimiento de un jugador, una buena idea– sigue leyéndose el hermoso lema de ‘Cultura del esfuerzo’. Quizá sea el modelo a seguir. Ojalá que Roig no se canse nunca. Ojalá su club sea rentable y que tanto interés tenga recompensa. La de la afición y la mía ya la tiene