En Europa podría considerarse una injerencia en la libertad de cada quien para tomar la decisión que crea oportuna en cada momento. Es más: sería considerada una intromisión intolerable. En la NBA, en cambio, hay carta blanca para que el comisionado –comisario en este caso– decida sancionar de una ˝manera ejemplar˝ al entrenador de los San Antonio Spurs, Gregg Popovich, por haber decidido que cuatro de sus estrellas, Tim Duncan, Manu Ginóbili, Tony Parker y Danny Green, regresaran a San Antonio para descansar tras jugar contra los Magic en Orlando en vez de jugar contra los Heat en Miami.
¿En qué se basa Mr. Stern para sancionar al coach Popovich? Pues en ˝una falta de respeto˝. Se supone que a los aficionados de los Heat, que querrían ver a sus jugadores frente a los mejores rivales posibles. El espectáculo y los nombres por encima de cualquier cosa, vamos. Poco importa que los suplentes –insultados por Stern, por otra parte– estuvieran a punto de ganar, o poco hubiera importado que, hipotéticamente y de haber jugado, las ˝estrellas˝ de los tejanos hubieran hecho un partido horrible y hubieran sido borradas por los rivales. Tanto hubiera dado. Pero habrían estado en el cartel, que es, al parecer, lo que importa.
Popovich ha venido a decir que en su casa, cada uno hace lo que quiere y lo que cree mejor para los intereses del equipo, pero no parece que ese tipo de libertad guste en la Quinta Avenida. Todo por la pasta. Pensará Stern que qué pasaría si todos los técnicos empezaran a actuar de forma parecida. Adiós al negocio. La gente paga una entrada y se sienta delante de la tele, no para ver anotar todo lo que lanza un suplente, sino para ver fallar lo que no está en los escritos a la estrella de turno.
Así están las cosas. Igual que cuando decidió que los jugadores lesionados para estar detrás del banquillo deberían ir vestidos de calle de una manera correcta –para sus gustos, claro– ahora decide que las estrellas no descansan nunca. Que lo hagan en verano, renunciando a la selección si quieren, pero en la NBA no renuncia ni Dios. Faltaría más…