La semana pasada se reunieron en Madrid, por tercer año consecutivo, los padres de la ACB. No le voy a poner comillas al término padres porque es la verdad: ellos la crearon, la parieron. Es muy bueno que hombres como José Luis Rubio –que es quien más animó a los demás a instaurar ese almuerzo que vienen celebrando desde que se reencontraron casi todos en la celebración del XXV aniversario de la Asociación que fundaron– Juan Fernández, Antonio Novoa, Ángel Palmi, Jordi Bertomeu, Eduardo Portela, etc., se reúnan para felicitarse por el paso dado hace tantos años. Algo muy bueno debieron hacer cuando, tanto tiempo después, la ACB es la única Liga europea que goza de una razonable buena salud. Esto, en tiempos de crisis económica y con la NBA al acecho de todo jugador que destaque, es mucho.
Hubo un tiempo en el que la Lega italiana y la competición griega podían mirar a la ACB de tú a tú. O casi. Pero ya no. Tiene cada una de ellas uno o dos equipos fuertes por campeonato y se acabó. En esas y otras competiciones hay equipos punteros que, a base de altísimos presupuestos, terminan incluso llevándose la Euroliga por encima de la excelente media competitiva de la ABC: el Panathinaikos en Grecia, el CSKA en Rusia, o el Maccabi en Israel, pero ninguna competición tiene el poder de atracción de la ACB con varios equipos de altísimo nivel y otros cuantos con posibilidades reales de tumbar a cualquiera en un partido. Por encima de momentos puntuales como éste, en el que Barcelona y Real Madrid parecen estar un escalón por arriba de los demás –algo que tendrán que reafirmar cuando se disputen los títulos de Copa y de Liga– la ACB la componen unos clubes que brillarían en cualquier competición. Es más: una buena parte de los clubes que ahora disputan la Adecco Oro de la FEB serían equipos punteros en no pocas ligas europeas. La ACB es la única Liga que puede convivir con la Euroliga –aunque luego esa fortaleza local termine a veces pasando factura a los clubes que juegan en Europa– ya que en los otros países la Euroliga es la razón de ser y estar en el baloncesto. Nos decía Jordi Bertomeu –motor durante muchos años junto a Eduardo Portela de la ACB como tal asociación– que si fuera por la inmensa mayoría de los equipos europeos que están compitiendo este año la Euroliga, ésta se disputaría los fines de semana y dejarían para entre semana la competición local. La ACB, enfrentada a la Euroliga por las invitaciones, es la única Liga europea con suficiente fuerza y potencia. Es para estar contentos, sí, pero no deja de ser inquietante el paisaje del baloncesto europeo en general. La ACB por un lado, con sus problemas puntuales sí, pero fuerte a fin de cuentas, y una decena de equipos diseminados por las otras Ligas. Tras la llegada de Ettore Messina, si la ACB recuperara a un entrenador como Zeljko Obradovic reuniríamos aquí prácticamente todos los argumentos que le quedan al baloncesto europeo tras la continua marcha de jugadores que nacieron o crecieron en Europa a la NBA.
Precisamente esta semana recordamos a Fernando Martín, el segundo jugador europeo que se atrevió –porque en 1986 irse a la NBA ese eso: un atrevimiento– a intentar abrise camino en un baloncesto que se creía totalmente autosuficiente y quizá entonces, con 24 equipos y unos jugadores que cumplían los ciclos universitarios, lo eran. También es cierto que tenían un mucho de ombliguismo, lo que propició que Martín y unos cuantos pioneros se encontraran con unas trabas que con el paso de los años desaparecieron hasta terminar, de nos años a esta parte, tendiendo a Europa un puente de plata por el que cruzan el Atlántico jugadores cada vez más jóvenes. La ACB aporta este año cinco jugadores, con tres de ellos –Pau Gasol, Marc Gasol y Calderón– siendo piezas imprescindibles en sus respectivos equipos y con el primero luciendo ya un anillo y buscando el segundo, con uno –Rudy Fernández– viviendo con incertidumbre su segundo año en Portland después de una excelente primera temporada, y otro –Sergio Rodríguez, del que nos ocupamos esta semana– luchando por hacerse un hueco en las rotaciones de su equipo.
Esta misma ACB, que por una parte abre las puertas a Messina y a una serie de jugadores que harán a sus equipos más importantes y que por otra ha perdido a dos campeones del Europa, Carlos Cabezas y Raül López, es la locomotora del baloncesto en Europa. La mejor manera de refrendarlo es ganando los dos títulos europeos en juego. Este año, sí.
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