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Hemeroteca :: 23/02/2010
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Editorial

Columna por Paco Torres

Última actualización 23/02/2010@11:31:03 GMT+1
Debo reconocer que fui de los que el sábado por la noche pensó que el favoritismo cambiaba de signo de cara a la gran final. Tres detalles –el baloncesto es un deporte grande en el que los pequeños detalles cobran gran importancia- me llevaban a ello: Uno, que el Real Madrid acababa de dar una soberana paliza al equipo que más poderoso se había mostrado en los cuartos de final, el Caja Laboral; dos, que el Barcelona se había mostrado muy dubitativo y hasta sufriente en los dos partidos anteriores; y tres, que al Barça quizá pudiera pesarle en exceso la unánime condición de favorito que todos le habíamos colgado y que pareció ser especialmente insoportable para Xavi Pascual, que a los tres minutos de empezar su andadura en Bilbao ante el Cajasol ya no quedaba nadie a quien abroncar a 50 metros alrededor: titulares, suplentes, árbitros, mesa… Parecía que la chaqueta le venía ancha, pero…

Pero resultó que no, que el favoritismo no había cambiado de bando a pesar de que Jaric comenzara majestuoso con dos entradas sin oposición; fuegos de artificio que se alargaron durante 10 minutos. Luego, ¡plof! El Madrid de Messina se desinfló como un soufflé al que le hubieran clavado una aguja. Bastó con que Ricky Rubio sacara la varita mágica y que Navarro acertara en un par de “bombas” para que el Madrid volviera a su peor versión: la que mostró precisamente ante el Barça en Vistalagre y que significó el comienzo de las dudas existenciales que asaltaron a los blancos durante largas semanas y que parecían quedar en el olvido tras la deslumbrante exhibición ante el Baskonia. Pero no fueron los dos fantásticos jugadores exteriores lo que hizo más sangrante el abismo que iba a separar a uno y otro finalistas: resulta que el Barcelona juega por encima del aro y el Real Madrid, como mucho, a 3.05 del suelo. Importante diferencia sin duda. Vean: mientras que los balones en rebotes ofensivos que tanto le costaban atrapar a Reyes o Lavrinovic tenían que ser sacados fuera porque el bosque de brazos que había alrededor les impedia volver a levantarse, los que atrapaban Fran Vázquez, Lorbek y compañía –sobre todo los del gallego, MVP luminoso- acababan hundidos gloriosamente ante las mismas narices de los atribulados madridistas. Por momentos pareció que estaban jugando dos equipos de categoría diferente.

Espero que a nadie se le ocurra ahora recordar eso de que el Madrid jugó tres partidos seguidos, mientras que el Barcelona tuvo un día más de descanso. Tal situación, o lo denuncian antes y obligan a que se haga un sorteo de arriba a abajo diga lo que diga TVE o que se callen. El desplome blanco es por algo más que por eso, aunque es cierto que los muchos treintañeros que pueblan el Real Madrid han de sufrir más esas circunstancias, pero los fichajes han de hacerse contando con todas las circunstancias que se puedan encontrar en una temporada. Claro que los jóvenes asomaron también poco: Velickovic y Llull aparecieron esta vez cuando todo estaba ya vendido.

El Real Madrid sigue pues sin ganar una Copa del Rey desde hace 17 años; en ese tiempo el Barcelona ha conquistado seis. Para hacérselo mirar. Han pasado centenares de jugadores y un buen puñado de entrenadores por la casa blanca. Nada. Lo peor en esta ocasión es que no ha habido final. Se la hurtó el Madrid a todos los aficionados. Como en Málaga en 2007 también ante el Barça. Entonces se le olvidó presentarse al equipo de Plaza, que anotó 5 puntos en el primer cuarto y acabó perdiendo por 16. En Bilbao el desplome fue un poco más tardío, en cuanto el Barcelona empezó a jugar por encima del aro, allá donde no llega el Real Madrid, y la diferencia fue aún mayor: 19… con muchos puntos de maquillaje. Por lo menos el año en que Juan Carlos I acudió a la primera final del trofeo que lleva el título que ostenta –Málaga 2001- hubo partido. Pau Gasol inició allí su reinado (baloncestístico, claro) y tuvo que esforzarse a tope para que su equipo superara al rival por 4 puntos; esta vez, en la que ha estado acompañado por la reina, no le ha hecho falta tanto esfuerzo al equipo culé: el chorreo ha sido absoluto.

Gloria pues a este Barça que está llamado a ganarlo todo y que de momento está cumpliendo como los grandes: campeón de la Supercopa y campeón de la Copa del Rey. El Madrid se ha tenido que conformar con ver cómo sus rivales levantaban ambos trofeos. Dura prueba sin duda. En Bilbao hubo presencia Real y real. La del los reyes y la del Barça. El otro Real, el Madrid, estuvo en el Bizkaia Arena hasta la final. Luego se le olvidó jugarla.
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