Los Lakers y los Celtics se verán por decimoprimera vez en la historia en la Final de la NBA. Nada más genuino, Nada más clásico. Los Celtics han llegado contradiciendo casi todos los pronósticos –menos los de David Carro– dejando en el camino a los Magic, finalistas del año pasado, después de haber dado el disgusto de su vida a LeBron James, que ya se las veía retando a los Lakers, que han llegado a este punto cumpliendo todos los pronósticos como corresponde a un líder de Conferencia. Veinticuatro horas después de que los verdes lograran dominar a los de Orlando en el TD Garden, lo conseguían los Lakers ante los Suns en Phoenix. Por la misma diferencia, 4-2, pasan los dos. Y lo hacen estando ambos en su mejor momento. Nunca han estado, a lo largo de la temporada, tan finos los protagonistas de esta Final como lo están ahora ya a sus puertas. Eso que ganamos los aficionados.
Por la mucha parte que nos toca a los españoles, estamos todos de enhorabuena porque Pau Gasol va a disputar su tercera Final consecutiva y puede repetir la ceremonia del anillo doce meses después de ponerse el primero. Una pasada, se mire por donde se mire, porque la lectura real es ésta: desde que aterrizó Pau en Los Ángeles los Lakers no hacen otra cosa que jugar finales. Es un reconocimiento que le hacen los propios Jackson y Kobe, pero no está mal recordarlo de vez en cuando para que quede constancia de que el pívot español que sirvió para amalgamar al grupo ya es uno de los pivots más dominantes de la NBA, o el mejor según el presidente Barak Obama quien, como todos saben, jugó y bien al baloncesto, aunque en el último partido de la serie no viéramos al mejor Pau.
Y si en Estados Unidos el clásico por excelencia –y por derecho histórico– es el Lakers-Celtics, en España ese clásico es sin duda, y por los mismos motivos, el Barcelona-Real Madrid. Pero no veo factible, una vez que se han disputado los dos primeros partidos de las respectivas series entre el Barça y el Unicaja y el Madrid y el Caja Laboral, que vayamos a ver dos clásicos al unísono a uno y otro lado del Atlántico. Para que eso pueda llevarse a cabo tendría que variar mucho la dinámica de uno de los ‘clásicos’, el Real Madrid.
Es cierto que en Vitoria ha dado la cara y es cierto que ha tenido el último balón de cada partido para ganarlo, pero no lo es menos que ha perdido ambos. Ha tenido más enjundia el equipo de Ettore Messina que en todo el tiempo entre la semifinal de la Copa del Rey, precisamente ante el Caja Laboral, y este nuevo duelo ante los de Dusko Ivanovic, pero ni Bullock supo gestionar el último balón que le entregó contra una banda un Prigioni que tuvo que habérsela jugado él para entrar o doblar en el primer partido, ni Reyes supo irse hacia tablero en el segundo, cuando Prigioni, ésta vez sí, buscó la buena opción. En vez de hacerlo, botó y su medio gancho ante el poderoso Splitter no tocó ni aro. Prórroga y segunda derrota. ¿Hay algún dato que permita ser optimista al Madrid de cara a los partidos de Vistalegre? Ninguno. A saber: cayó ante el Barça dos veces en la Euroliga, se quedó fuera de la Euroliga al perder ante el Maccabi y cedió ante el Caja Laboral la segunda plaza de la ACB, motivo por el cual ha estado la semana pasada de viajero en Vitoria en vez de ser anfitrión. Lo ha intentado, pero...
Del Unicaja tampoco puede decirse que no lo haya intentado todo en el Palau. Pero todo en vano. El Regal Barcelona está, a estas alturas, unos cuantos escalones por encima de todos los equipos con los que se va enfrentando. Desde que ganó la Euroliga se ha asentado aún más de lo que ya estaba. No sólo no ha dado síntomas de relajación, sino que, por el contrario, el conjunto de Xavi Pascual sale en cada partido con la idea de demostrar que su potencial es ilimitado y sus ansias de ganarlo todo, infinitas. Es muy de agradecer que ya con tantos encuentros a cuestas no reserve ni un átomo de energía –que podría hacerlo- y que defienda cada balón como si fuera el último y decisivo y se juega cada posesión con la intensidad de quien considera que es un pecado no aprovechar en cada ataque el descomunal talento que atesora. Es una fiesta permanente esté quien esté en cancha, aunque cuando coinciden Ricky y Navarro la algarabía es absoluta.
La serie se traslada a Málaga y es de esperar que los de Aíto fuercen aún más su arsenal defensivo, pero para sacarle algún partido al Barça o incluso que vuelvan a Barcelona, los malagueños tienen que estar más acertados en ataque, ser más diligentes a la hora de intentar anotar. Entiendo que jugarle a correr y de tú a tú a los azulgranas es un suicidio, pero jugar tan calmados yendo una decena de puntos abajo y permitiendo que se ponga en marcha la extraordinaria rotación de ayudas azulgranas es casi peor remedio que atacar rápido. Yendo arriba puede jugar así; yendo abajo… de perdidos, al río.