Columna por Fernando Martín
Última actualización 14/07/2010@07:40:24 GMT+1
Al final, la famosa alineación de planetas se ha adelantado de 2012 –cuando se supone que se acabará el mundo según los mayas– a 2010. El ‘verano que podía cambiar la NBA’ ha tenido un colofón mayúsculo y bastante imprevisto hace tan sólo una semana. Si creemos a LeBron James, que afirmó no haber tomado su decisión definitiva hasta la mañana del jueves –después de hablar con su madre–, el desenlace podía haber sido otro cualquiera. Pero nos cuesta.
Wade, James y Bosh. O James, Wade y Bosh. Se supone que con el desinterés que han mostrado por su caché individual para acabar juntos, de ahora en adelante dará igual el orden en el que los nombremos. ¿O no? LeBron ha renunciado al salario máximo; ¿compartirá ahora el balón? Estamos hablando de tres jugadores que acabaron la última temporada entre los diez máximos anotadores de la NBA. Que cada uno de ellos se jugó alrededor del 30% de las posesiones de sus respectivos equipos. Tres que podían aspirar al mayor contrato (125 millones por 6 años) simplemente renovando con sus anteriores franquicias y que ahora tendrán que ceder dinero y estadísticas. Lo primero se paliará con el estatus fiscal de Florida –exento del impuesto de la renta–, de gran atractivo para los deportistas profesionales, que fijan allí su residencia en masa –incluso los que militan en equipos de la otra punta del país o aquí en Europa; pregunten, pregunten–. El segundo, necesariamente ha de ser contestado con anillos. Y es ahí donde puede residir la mayor flaqueza del movimiento.
«Esto no va de individuos, sino del equipo. De que cada uno tengamos nuestro brillo», explicó James tras anunciar su decisión. Es curioso que diga que no «va de individuos» cuando fue él el único que apareció en el programa de una hora emitido en prime time por la ESPN. La razón, justificó, fue donar todos los ingresos conseguidos por publicidad a la asociación benéfica ‘Boys and Girls Clubs of America’, que según algunas fuentes ascendían a la nada desdeñable cifra de 6 millones de dólares. Otra magnánima concesión del autoproclamado ‘Rey’: ‘pan y circo para el pueblo’. Pero, pese a lo loable del gesto –es incomparable su capacidad para generar dinero; no nos extraña que no le preocupe su salario–, a nadie en Cleveland aplacó ese bondadoso gesto. Decenas, quizás cientos de camisetas con el 23 y los colores de los Cavs ardieron esa noche en una ciudad que, mucho nos tememos, volverá a su descorazonadora oscuridad después de siete años alumbrados por el faro de la NBA. ¿Ha sido una «cobarde traición»?, como clamaba el propietario de la franquicia de Ohio, Dan Gilbert, quien, además, declaró con rabia que ganarán un anillo antes que LeBron. «Se trataba de hacer lo mejor para mí», deslizaba convenientemente en su discurso el interesado. Aunque pienso que el movimiento es cuestionable (y egoísta), el jugador era libre de elegir su futuro. Faltaría más.
Si bien los tres implicados niegan que sus decisiones hayan sido tomadas en consenso, el hecho de que compartan la misma agencia de representación (CAA) hace pensar en, al menos, una cierta trama. No corrupta, que se sepa. Con este golpe de efecto (‘coup de theatre’, que gustan de decir los americanos… aunque la expresión sea francesa), quien más gana es la NBA, no hay duda. Ese Lakers-Heat que veremos el próximo 25 de diciembre –¿alguien duda que el calendario deparara ese duelo el día de Navidad?– sí será un acontecimiento planetario. Si, además, ambos llegasen a las Finales, los extraordinarios registros de las últimas (18 millones de media explotando la rivalidad ancestral entre célticos y angelinos) se verían pulverizados con toda seguridad.
¿Quién pierde más? Es evidente. Los Knicks. No saber aprovechar su tremenda ventaja táctica –el mayor espacio salarial libre, la ciudad más atractiva, el mercado más fuerte, el pabellón con más solera…– debe hacer replantearse a alguien su trabajo. La franquicia ha tirado dos temporadas, elecciones del draft y traspasos pensando en la semana pasada. Y se irán de vacío. Bueno, al menos ‘pescaron’ a Stoudemire, pero ningún cambio radical en su situación. También los Nets, que se quedan con migajas y cara de póquer. Y Cleveland. Tener durante siete temporadas al ‘Elegido’ y no cumplir ni una sola de las profecías debe ser frustrante. Ahora se encuentran ante el gran vacío. LeBron es un fenómeno aparte, no cabe duda. Y todo este impacto sin, todavía, haber ganado nada. Asusta pensarlo.