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Hemeroteca :: Edición del 10/08/2010 | Salir de la hemeroteca
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Columna por Fernando Martín

Última actualización 12/08/2010@20:23:43 GMT+1
Cuando esta revista lleve pocas horas en la calle, Sergio Scariolo anunciará por fin quién será el duodécimo jugador de la selección en el próximo Mundial de Turquía: Carlos Suárez o Fernando San Emeterio. El dilema nos ha ocupado las últimas semanas, y si bien su incidencia puede parecer menor –en el último Eurobasket Claver, jugador nº12, sólo disputó 39 minutos en total–, no deja de ser otro síntoma de buena salud de nuestro baloncesto. Me explico. Significa que cualquier jugador, emergente o establecido, está deseando matarse no por el estrellato, sino por una esquinita en este equipo. EQUIPO, con mayúsculas. Por alcanzar una pequeña parcela, que luego puede hacerse más grande con el tiempo. No olvidemos que Marc Gasol o Llull entraron como ese duodécimo jugador.

Tomemos como ejemplo a uno de los países que más tradición baloncestística de Europa, Lituania. Uno de los pocos donde este deporte ha roto el muro del fútbol para convertirse en religión y seña de identidad. Pues bien, su seleccionador tuvo la papeleta a principios de mayo de hacer una lista de la que sabía que la mayoría de nombres se iban a borrar por motivos más o menos justificados. El entrenador Kestutis Kemzura tuvo que dar una lista de 24 ‘titulares’ y 11 ‘reservas’ para no pillarse los dedos. Aunque la cifra (35) pueda parecer excesiva, no se puede decir que le hayan sobrado los jugadores y que le haya cogido gusto al ‘cortar’. Es más, ha tenido que tirar incluso de alguno de la lista B. En su caso, la elección no consistía en el undécimo o duodécimo jugador, como en España, sino sobre el sexto, el séptimo, el octavo… Vamos, el equipo entero.

En contraposición, esta selección que es sobre todo talento, también es compromiso. Y habrá quien diga, agarrándose al concepto de justicia, que por qué sigue yendo éste en vez del otro, que ha hecho una mucho mejor temporada. Ya explicó Scariolo que se trata de hacer un equipo, no una reunión de estadísticas. Además, agrego yo, considero de lo más justo que aquéllos que han conseguido, teniendo un papel imprescindible, lo que nadie podía imaginar hace cuatro años y que es ya histórico, bien se han merecido la oportunidad de jugarse el destino de un nuevo campeonato. Eso también redunda en el concepto de selección, que es vista no como una extensión de la temporada –que depende de innumerables factores-, sino que tiene una entidad y vida por sí misma, y su propia lógica.

Tanto si el elegido es el de Aranjuez como el de Santander, el grupo resultante sale ganando. Uno aporta, sobre todo, los valores del competidor extremo, la dureza mental, el comodín que todo equipo agradece. El otro es la fuerza del futuro llamando ya a la puerta, las ganas, las posibilidades físicas... Con uno se refuerza la defensa de perímetro; con el otro, la presencia interior, los kilos en pista y el rebote. Sea cual sea la decisión, me da que los dos van a seguir estando en las consideraciones de los próximos veranos, y que algún día podrán coincidir sin luchas intestinas. Veremos.

No puedo dejar pasar la ocasión de referirme esta semana al caso de Louis Bullock, el extranjero que más partidos ha jugado en el Real Madrid y que se ha ido esta semana haciendo poco (más bien ningún) ruido. Ejemplo de profesionalidad y de americano que viene a España a integrarse totalmente, además de jugar y lograr un buen contrato. Al margen del criterio deportivo, se ha vuelto a cumplir la frase de Ettore Messina del principio de la pasada campaña: «Esto no es como en el Coliseo, donde la gente decide subiendo o bajando el pulgar». Parece una huida del sentimentalismo, un abandono de los símbolos. Habrá que ver si este Madrid más frío, y supuestamente más racional, consigue lo que se propone.

Al hilo de esto, me quedo con la lección del Buesa Arena y su permanente devoción por los símbolos, ya sean presentes (San Emeterio ha jugado en volandas este fin de semana) o pasados (Calderón o Garbajosa). También por su buen gusto baloncestístico, pues si bien empezó silbando a Felipe Reyes la primera vez que pisó la pista –herencia de años y años de antagonismo enconado–, acabó reconociendo en forma de palmas o gritos de admiración su constante entrega y capacidad de producción; incluso entendiendo y perdonando sus errores. Alegra ver que el romanticismo sigue vigente en este deporte.
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