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Hemeroteca :: Edición del 31/08/2010 | Salir de la hemeroteca
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Por Paco Torres

Última actualización 31/08/2010@11:17:57 GMT+1
Ya hemos pasado por esta situación, así que espero que la derrota ante Francia en la jornada inicial del Mundobasket se digiera mejor que la del año pasado en el Eurobasket de Polonia ante Serbia y que tanto costó superar. Luego la cosa acabó de la mejor manera posible, pero hasta llegar a cuartos todo fue un sin vivir. Bien haríamos todos –y más el cuerpo técnico y el entorno– en relativizar lo ocurrido el sábado en el Halkapinar Arena de Esmirna. Los campeonatos se pueden empezar bien y ganarlos, tal y como ocurrió hace cuatro años en Japón, donde tanto en Hiroshima como en Saitama los partidos de la selección se contaron por victorias; y se pueden empezar mal y ganarlos, tal y como pasó el verano pasado en Polonia, donde la selección estuvo a cuatro minutos de regresar a casa una semana antes en un encuentro atascadísimo ante… Gran Bretaña, encuentro al que abocó aquella primera derrota. Lo que siempre deja una derrota inesperada –y la de Francia lo fue– es un poso de insatisfacción y un atisbo de inseguridad. Que este equipo puede levantarse no lo duda nadie, pero hasta que no pasen un par de jornadas y recupere el pulso habitual, todos –y los jugadores y técnicos los primeros– vamos a estar con la mosca detrás de la oreja.

Del partido ante Francia –que había realizado una preparación muy escasa en brillo, con 3 partidos ganados y 5 perdidos– hay que sacar conclusiones sin dejarse llevar por el desasosiego. Entre las conclusiones que pueden extraerse hay dos muy obvias: una, que al equipo no se le da bien jugar contra los equipos físicamente superiores y los franceses abruman desde la línea de fondo. Dejar a España en 66 puntos (54 antes de que la selección se desmelenara en los últimos dos minutos) no es fácil; meterle 5 tapones, tampoco. De esto último todo el mérito hay que achacárselo a los atléticos franceses; de los escasos puntos, además del empuje galo manteniendo a los bases –sobre todo después del golpetazo que se llevó Ricky en un bloqueo- muy lejos del aro, con los que no permitían pases fáciles a los interiores, también mucho tuvo que ver el desastroso porcentaje en los tiros libres (17/32, que equivale a un sonrojante 53%). Cuesta entender cómo un equipo es capaz de perder la concentración desde los 4.60 al unísono como si de una epidemia contagiosa se tratara. La segunda conclusión es que el sábado el banquillo español aportó poquísimo: 13 puntos entre seis jugadores –San Emeterio no saltó a la cancha–, dejando la sensación de que hay una excesiva dependencia de los titulares.

No dudo por un instante de que si España –la España que viene preparándose desde hace tiempo, la que ha brillado en los partidos de preparación– vuelve a enfrentarse a Francia, pasará lo mismo que hace un año ocurrió con Serbia, que fue quien metió el miedo en el cuerpo a todos en la jornada inaugural y que salió de la final con una soberana paliza a manos del equipo al que había ganado dos semanas antes. Pero tras la primera jornada es lo que hay. Cualquier lectura puede ser precipitada, pero no errónea. Pero lo que pasó el sábado, pasó. Está claro que no voy a dudar ahora de que España mejorará ostensiblemente su acierto en los tiros libres y también que el solvente banquillo volverá a ser decisivo, como ha sido siempre. El equipo, pese a la baja, importantísima, a última hora de José Manuel Calderón, tiene enjundia para salir adelante y volver a mostrar la cara que le lleva desde hace años a luchar por los podios de cualquier competición. Calde era el base titular y el que daba el equilibrio necesario al juego posicional español y ya no está. Es muy posible que sus entradas hubieran hecho mella en la rocosa defensa francesa, y que su juego más pausado hubiera propiciado que la ventaja de 12 puntos (23-11) no se hubiera esfumado nunca, pero eso es algo de lo que ya no podemos lamentarnos. Tenemos a los mejores posibles y eso es mucho. Muchísimo.

Tras la derrota ante Francia vino la balsámica victoria ante Nueva Zelanda. El bálsamo llegó más por la forma que por el fondo; esto es: más por el resultado que por el juego, aunque los últimos 20 minutos fueron notables. El domingo por la noche si uno trata de ser optimista hay que tirar de fe; y de historia. Fe en que todo va a mejorar por la calidad individual y colectiva, e historia porque hace un año tras la segunda jornada del Europeo estábamos bastante peor. Puestos ya a sacar el lado más positivo del asunto hay que pensar que, si todo va normal y acaban segundos, evitarían a Estados Unidos... hasta la final.

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