Por Paco Torres
Última actualización 07/09/2010@14:14:03 GMT+1
La selección española está donde intuíamos la semana pasada que estaría –en la lucha por las medallas–, partiendo desde el lugar del grupo que esperábamos tras caer la primera jornada ante Francia –desde el segundo puesto–, aunque por un camino muy distinto al que pensábamos. España se clasificó para octavos siendo tercera al terminar su participación en Esmirna, aunque unas horas más tarde una decidida Nueva Zelanda ascendía a la selección española hasta la segunda posición al vencer a la selección francesa, que en nada se parecía a la que derrotó a España.
La selección está donde queríamos pero después de pasar un trago terrible, porque terrible es que una selección como la de Lituania –a la que España había fulminado dos veces durante la preparación– levante 18 puntos de ventaja ante la atonía y la parálisis de todos y cada uno de los componentes del equipo español, técnicos incluidos. Son esas derrotas que, por mucho que quieras tirar de historia y por mucho que quieras pensar que ha sido un accidente, te dejan totalmente sin argumentos para creer más allá de la confianza que puede inspirar un equipo con mucha calidad y que ya se levantó otras veces. El regalo neozelandés –quitar de en medio a Estados Unidos hasta una hipotética final– fue una liberación para todos. ¿Sería posible enderezar un rumbo tan errático? ¿Había posibilidad de recuperar a todos los jugadores, tal y como habían apuntado en los dos últimos partidos? ¿Serían capaces los hombres que salían desde el banquillo de aportar más a partir de ese momento? ¿Estabilizaría su juego un Ricky Rubio, presa de una ansiedad desconocida hasta ese momento? No tener delante/al lado/ detrás a Calderón le estaba pasando factura. A él y a todo el equipo, claro, pero más él.
El partido ante Grecia, ya en Estambul, y con la adrenalina con la que le gusta jugar a este equipo, fue donde se despejaron casi todas estas incógnitas. España enderezó el rumbo, los jugadores del banquillo se ensamblaron y rindieron, y Ricky estabilizó su juego, lo que redundó en todo el colectivo. Queda por comprobar si la progresión continúa ante un rival menos acongojado; sí, porque España empezó a superar a Grecia en el momento en el que los jugadores helenos se dejaron ganar por Rusia para evitarla; no contaron los griegos con el ‘factor NZ’ y se encontraron de sopetón a quienes no querían ver ni en pintura. España, adelante y los griegos a casa. Suele pasarle a los cobardes.
A la crecida España la espera ahora Serbia –¡cuidado con las sillas!–, su rival en la final del último Eurobasket. Si España ajusta aún más su defensa –excelente la ejecución de la zona ante Grecia, en una loable decisión de Scariolo–, si el dúo Marc-Garbajosa resuelve sus carencias a la hora del cerrar el rebote, si Raül sigue respondiendo para tranquilidad de Ricky y de todos, y si el equipo vuelve a ser capaz de sacar partido posicionalmente al juego dentro-fuera, es muy posible que el próximo fin de semana les podamos contar algo grande, no importe quién esté enfrente. Si en unas horas España sigue mostrándose como la selección arriesgada y competitiva que tantas alegrías nos ha dado y se ha dado será muy difícil frenarla. Y ninguna de las posibles rivales –empezando por Serbia– será sencilla. Si los cuadros progresan de manera lógica –qué término tan poco razonable para aplicarlo en un deporte– es posible que España tenga que demostrar su crecimiento ante Turquía, de la que ya les cuenta Fernando Martín cómo se las está gastando delante de sus enfervorizados seguidores, y luego… sí, ante Estados Unidos; esa selección que nadie quiere tener enfrente hasta la final y a la que sólo España, en Madrid, y Brasil, en el Abdi Pecki de Estambul, han puesto en entredicho.
Para entonces –como tengo que escribir el domingo 5, con tantos días por delante, he de ser arriesgado tanto en los pronósticos como en los deseos– la clave es saber si la selección española tendrá aún las piernas que se le supone que debe mantener el equipo norteamericano. Si la España otrora dubitativa y errática llega hasta ese partido final es porque ha pulido todos los defectos y no muestra ya más que sus poderosas virtudes; llegará pues crecida y es muy posible que entonces la adrenalina y el gen ganador que muestra desde hace años este equipo en los momentos cruciales, pueda más que las piernas de doce atletas. Veremos. Estoy yendo muy lejos, pero es lo que me dicta la ilusión de haber visto a una España emergente ante una estúpida Grecia a la que le salió el tiro por la culata. Por algo no la querría. Todos ahora están avisados: la España de la adrenalina ha vuelto. Vamos a gozarla.