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Nada impedirá que si en el mes de junio LeBron James no se hace una foto abrazado al trofeo que acredite a su equipo, Miami Heat, como campeón de la NBA, la palabra fracaso se imprima a sangre y fuego en alguna de las partes del cuerpo que aún no tiene tatuadas. Ningún analista del mundo pasará por alto o será condescendiente con el jugador que pudo decidir y decidió cuál sería su futuro, que se reunió con compañeros (Dwyane Wade, entre otros de distintos equipos), que animó a otros (Chris Bosh, que dijo sí y Derek Fisher, que dijo no) antes de comunicar urbi et orbe cual era el afortunado equipo en el que había puesto sus ojos. Y su irrefrenable ambición. Porque llega un momento en que a las estrellas no les basta con ser reconocidas individualmente. No basta con ‘el rey’, ni ‘el elegido’, ni siquiera ‘dios’. Un buen número de históricos hicieron un último viaje en busca del anillo de certificara que de verdad es un Grande, con mayúsculas: Charles Barkley, Karl Malone... Lo mejor que ha hecho LeBron ha sido decidirse antes, no empecinarse en llevar un equipo a lo más alto después de unos años en el desierto. Eso lo consiguió Michael Jordan con los Bulls, pero quizá porque en la franquicia de Chicago mandaba en los despachos un genio llamado Jerry Krause y en el banquillo un tal Phil Jackson. En Cleveland no hubo tanto talento que acompañara al MVP de las dos últimas temporadas. Tampoco paciencia.
LeBron James tiene prisa; no quiere que le pase lo que a Barkley y Malone, que se retiraron sin poder mirarse a las manos y no ver otra cosa que dedos deformados por los balonazos. LeBron James ha preferido asociarse con otras estrellas antes que morir de éxito individual siendo la única. El especialista en esa dinámica de asociacionismo de estrellas es precisamente el equipo que quiere destronar ‘El Rey’, Los Ángeles Lakers. A Pau Gasol lo fueron a buscar a Memphis para que acompañara a Kobe Bryant; antes, al mismo Kobe le llevaron a Shaquille O’Neal; y hace ya unas cuantas décadas a Magic Johnson le arroparon con Kareem Abdul Jabbar. En total, 10 anillos. Jordan, esperando (¡6 años!) terminó ganando otros tantos anillos. A LeBron, que tiene 25, se le acabó la paciencia al sexto año en los Cavs. Ahora, además de los grandes retos particulares que quiere acometer y que nos cuenta David Carro es este mismo número, necesita ganar ya. Como sea.
Y es precisamente por haber elegido cuidadosamente el equipo y los compañeros de viaje por lo que el unánime favorito es el equipo de Miami, el equipo de LeBron. ¿Y no es el equipo de Wade? Ésa es la prueba de fuego definitiva: demostrar que el equipo puede ser de varios, o al menos de dos. No siempre cuaja. En los tres ejemplos que puse en el párrafo anterior se daba una circunstancia común: los dúos de astros estaban compuestos por un jugador exterior y uno interior; cada uno tenía (o tiene en el caso de los Lakers actuales) su parcela. En Miami no es así. En Miami hay dos exteriores y el que estaba, Wade, está acostumbrado a llevar la batuta, y el que llega también quiere llevarla. Y hay sólo una, como hay un solo balón. Ahora LeBron, Wade, Bosh y el resto de la plantilla de los Heat, han de saber convivir con la presión. No ya sólo con la de certificar al final de la temporada que son capaces de ganar el anillo, sino con la diaria de saber que cada equipo va a salir más que motivado para ganar al Miami de las estrellas.
Una parte importante de esa presión va a recaer sobre un hombre del que no se ha oído hablar mucho hasta ahora: Erik Spoelstra, un hombre de la casa, al que apoya alguien que sabe algo de presiones... y también de anillos, el presidente Pat Riley. Ya demostró la temporada pasada sus dotes como estratega defensivo, al conseguir que su equipo fuera el segundo que menos puntos encajó en Liga. En ataque la tarea de un coach de la NBA a veces es muy sencilla: ponerse en manos de tu estrella después de tomarse un valium. Este año Spoelstra tendrá que tomar doble ración. O triple: Hay tres estrellas acostumbradas a decidir.
Más fácil lo tiene en esta ocasión Phil Jackson. Y con él, su equipo. Es cierto que los Lakers son los campeones y que quieren conquistar el tercero consecutivo para que el ‘Maestro Zen’ se retire habiendo ganado 14, y de paso que la franquicia empate a 17 con los Celtics, y que Kobe lo haga a 6 con Jordan, pero van a vivir mucho más tranquilos con los focos pendientes de Miami. Son los del Este los que tienen ante sí este dilema: o ganan, o fracasan. Y eso pesa, vaya que si pesa.