Cuántas veces hemos visto el partido que el Regal Barcelona y el Real Madrid jugaron –decir que lo disputaron es mentir- en el último año? ¿Ocho? ¿Sólo siete? El guión fue calcado. El Barça se plagió a sí mismo. El Madrid, desgraciadamente para el espectáculo, también. Los azulgranas salieron a arrollar; los rivales, haciendo honor a su camiseta: con la mente en blanco. El Barça hacía juegos malabares: nada por aquí, nada por allá y canasta al canto. El Madrid seguía a la perfección a los anfitriones: nada por aquí, nada por allá. Punto. En este caso faltaba lo más importante del juego: la canasta.
El intento de partido duró un santiamén. El ofuscado Madrid perseguía con la mirada a un Barça que parecía jugar con uno o dos más. Quizá era el Madrid el que jugaba con un par de ellos menos. Antes de que acabara el primer cuarto, 22-5 y a otra cosa. Como en Vitoria hace dos meses en la Supercopa, como hace un año… Salto inicial, los azulgranas sueltan dos ganchos –o dos bombas–, los blancos besan el parquet y entre que se levantan y se aclaran un poco se pasan los restantes 38 minutos –más o menos– persiguiendo sombras. El Palau se lo pasa en grande, los madridistas se queman delante de los televisores, Messina se sulfura, a Pascual le cuesta mantener la compostura para no sonreír de oreja a oreja con cada canasta de los suyos, y uno empieza a pensar en qué argumentos me quedan para que a los lectores no les parezca que les explico lo mismo que decía hace un par de meses, lo mismo que decía hace un año.
No acabo de entender cómo el Real Madrid de Messina afronta estos partidos. Es como si no hubiera aprendido nada de todo los anteriores. Sale a tantear al rival, a intentar medirlo y a este Barça hay que salirle como lo hace él: a arrollar, a la carrera… y a ver si hay suerte. Contra los blancos, además de motivadísimos, los de Pascual salen a darse ánimos. Es un curso acelerado de autoestima de 40 minutos que les sabe a gloria. Que el Real Madrid llegaba a su casa como líder, pues a machacarles, a hacerles recordar la semifinal de la Supercopa. No necesitaron los azulgranas que ninguno de los dos jugadores que no estaban en el inicio de la temporada en Vitoria sumaran: ni Ingles ni Anderson anotaron, pero Lakovic y Grimau, suplentes de Basile, Navarro y Mickeal, estuvieron superlativos. Ni los ausentes, ni las novedades. Ellos. El esloveno convirtiéndose en el máximo anotador y el capitán liderando el frenético asalto al liderato de los atribulados forasteros con seis canastas sin fallo. Navarro no vio aro desde más allá del 6.75, pero con las ‘bombas’ lo arregló. Un choque durísimo contra el hombro de Ricky estuvo a punto de costarle la nariz, pero su olfato asesino tampoco lo necesitaron sus compañeros en esta ocasión. Ya lo tuvo de lejos Morris. A Ricky y a Sada les sobró desparpajo y cerca del aro Lorbek, Vázquez y Perovic se bastaron para contener a Fisher, el único grande blanco que lo intentó. Casi todos los barcelonistas acudieron puntuales a la cita en la que un perezoso Madrid pareció no salir del vestuario hasta casi 8 minutos después de que los árbitros lanzaran el balón al aire.
¿Qué decir de este Madrid? Ahí está, con los mismos puntos que su rival el jueves, pero a años luz en prestaciones. Sube y baja, está y no está, compite y se esfuma. Un enigma permanente. Casi nunca están todos a la vez enchufados. Aparece uno, desaparece otro, un auténtico dolor de cabeza para un técnico que ya no debe saber a qué atenerse. Por momentos en el Palau parecían colegiales totalmente desubicados. Muchos de los números que presentan las estadísticas de algunos jugadores son mero maquillaje. Llull le echó coraje, Fisher peleó, Felipe se frustró, Tomic se estrelló… Muy poco para querer tutear al Barça en su cancha. El Real Madrid puede hacerlo mejor o peor en su cancha o en cualquier otra cancha, pero cuando se enfrenta al Regal Barcelona, sea en la cancha que sea, su bloqueo es tal que por no hacer no hace ni faltas personales. ¿Es lógico que el equipo que va perdiendo por paliza haga tan sólo 20 faltas personales? Paralizados hasta para eso.
Y después, ¿qué? Pues la vida sigue: los blancos casi recuperan el liderato cuando tres días después el Barça tiene que recurrir a la épica –y al recién llegado Anderson, que ya funciona– para ganar en Bilbao, y ellos ganan al Granada tras escuchar en el inicio [muchos] pitos del [poco] aforo de la Caja Mágica. Y ahora a esperar a la próxima cita –¿la Copa?– para alegría de unos y descomposición de otros. Como desde hace un año.