Última actualización 10/05/2011@11:46:39 GMT+1
[Por Paco Torres y Miguel Panadés, enviados especiales a Barcelona
Fotos: Euroleague/Getty Images]
Ocho Euroligas jalonan su magnífico historial. La Euroliga se engrandece con hombres como Zeljko Obradovic. Ocho galardones entre 1992 y 2011, cinco de ellos con el Panathinaikos. Los mismos que el Real Madrid, al que ya pisa los talones este PAO que ha estado majestuoso en el Sant Jordi. La antítesis fue el Real Madrid que no pudo, no supo o no quiso competir en ninguno de los dos partidos en los que intervino.
Miraba Obradovic el marcador con el rostro enrojecido por la tensión, con los ojos vidriosos por lo vivido, por su pasado, por su presente, por esa realidad que le convierte en el dueño del baloncesto continental. Miraba Obradovic el luminoso a tres minutos del final, once puntos arriba, y su corazón latía fuerte, y su respiración intentaba equilibrar pasión y razón. Los gritos de una afición entregada a sus conocimientos resonaban en su espalda mientras en frente disfrutaba con una nueva demostración de sus jugadores a la hora interpretar toda esa sucesión de conceptos trabajados durante meses, durante años quizás y que le permiten a Panathinaikos sumar su sexto título de Euroliga y a él, como entrenador, su octavo trofeo. Paseaba Obradovic, brazos cruzados, pensativo, por delante de su banquillo mientras el marcador seguía mostrándole noticias maravillosas, mientras el mundo del baloncesto volvía a estar a sus pies. Saboreaba esa sensación que sólo él conoce como es la de ganar y ganar, y tras un tiempo de sufrimiento, volver a ganar. Sólo él sabe, en el baloncesto moderno, lo que significa ser el mejor sin discusión, el entrenador capaz de hacer que un equipo sea el mejor aún sin serlo. Miraba el reloj mientras se iba consumiendo el partido y ante un ligero acercamiento del Maccabi gastaba dos tiempos muertos que aún le quedaban guardados por si acaso porque Obradovic mejor que nadie en este continente sabe lo largas que pueden llegar a ser las finales. Y cuando todo hubo terminando y cuando nuevamente conseguía proclamarse campeón de Europa se fundía en un entregado abrazo con sus jugadores referentes, con Diamantidis y Batiste. Y de inmediato a abrazar a David Blatt y después uno por uno a los jugadores rivales y luego, nuevamente a por los suyos para, desde la calma de un gran campeón dejar ir esa sonrisa de felicidad máxima, de realización total porque lejos de valorar menos la costumbre le hace valorar muchísimo más estos éxitos que el destino le ha tenido reservados desde que siendo un debutante se proclamara campeón con el Partizán. ‘We are the Champions’, lluvia de papeles, baño de masas, trofeo entre las manos, focos de todo el mundo en los rostros del campeón. Fue el colofón a una maravillosa final, a un partido de altísimo nivel, que había comenzado más de dos horas antes…