Columna por Paco Torres
Última actualización 07/09/2011@13:33:37 GMT+1
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Puede una selección jugar por encima del nivel del que lo hizo España en la primera parte del partido ante Lituania del pasado domingo? Puede hacerlo, pero en muy contadas ocasiones. Yo se lo he visto hacer en la final del Mundial de Japón, en la final de los Juegos Olímpicos de Pekín y en bastantes momentos de los últimos cinco partidos del Eurobasket de Polonia hace dos años. Por eso añoramos tanto el año pasado en el Mundial de Turquía ese juego primoroso, pleno de belleza tanto en un lado como en otro de la cancha. Por eso lo habíamos echado tanto de menos hasta ese momento en el Eurobasket de Lituania. Y es que si uno ha tenido ocasión de saborearlo antes es difícil conformarse con menos. Es cierto que estando en cancha Pau Gasol y Juan Carlos Navarro, como primeros solistas, la clase sublime de ambos puede trasladarnos en cualquier momento a instantes superlativos, que también están al alcance, aunque más esporádicamente, de algunos de sus compañeros. Pero cuando quien así afina es el colectivo, los cinco que están en cancha, el baloncesto se convierte en obra de arte y lo que quieres es que el partido no se acabe nunca. .
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Lo que España dibujó en esos 20 minutos en el Cido Arena de Panevezys está a la altura de lo que hicieron las más grandes selecciones de la Historia: la Yugoslavia de los 70, con Slavnic, Delibasic, Dalipagic, y Solman y Cosic; la del 89 al 91 con Djordjevic, Petrovic, Danilovic, Kukoc y Divac; la URSS de los Juegos de Seúl, con Homicius, Marciulonis, Tarakanov, Volkov y Sabonis; o el mítico Dream Team en Barcelona’92 juntando con la misma camiseta a Magic, Jordan, Bird, Robinson y Ewing. Esta España lleva una quinquenio haciendo méritos para ser recordada como una selección realmente grande. Nadie ha dominado como ella en los últimos 20 años. Ha habido equipos importantes, pero compitiendo como lo está haciendo el núcleo fundamental –Calderón, Navarro, Rudy, Pau Gasol y Marc Gasol, además de Reyes– desde 2006 no lo ha hecho ningún otro.
De lo que se trata ahora –aprovechando que está Pau, no lo olvidemos, que desde 2006 sólo cuando él ha faltado no ha subido España al podio– es de rentabilizar al máximo este momento. Rentabilizarlo desde el punto de vista del resultado (título y Juegos Olímpicos) pero también desde el emocional, que quede en la memoria colectiva como algo más que la consecución de una medalla y de un objetivo, que quede como un homenaje al baloncesto que todos amamos.
La armonía fue tal entre todas las piezas que no había acción que no intentaran los jugadores de Sergio Scariolo que no saliera bien. Y salir bien no es sólo que la jugada bellamente concebida acabe en canasta, que el baloncesto es un juego y como tal se alternan aciertos y errores, salir bien es haber elegido la opción correcta aunque luego el balón no acabara en el aro. Escribía en la página web tras el partido ante Gran Bretaña –el anterior a Lituania– que algún día se tendría que abrir la lata de los triples. Como quiera que la canasta inicial fue un triple de Calderón y poco después Navarro –éste en su línea– también acertó, ambas acciones parecieron quitar de golpe todos los complejos que los jugadores españoles pudieran tener.
Hubo más, mucho más, porque contado así parece que todo fue por arte de birlibirloque, por arte de magia. Y no. Hubo mucho trabajo atrás, mucha ayuda y sobre todo mucha actividad de piernas y manos. Es Rudy –junto con Ricky– el que mejor interpreta ese baloncesto de presión sobre el pase, de incordio constante, tenga o no el balón su defendido porque si no defiende cara a cara lo hace sobre la línea de pase. Unos cuantos balones cambiaron de manos –de las lituanas a las españolas– por esa interpretación del basket que hace además que la transición en ataque sea rápida, cuestión que tuvo su importancia –y no poca– en esos primeros compases. Que el balón robado fuera siempre al jugador más cercano al aro permitió desgastar a los rivales que no se pudieron tomar ni un respiro. Calderón entendió que al paso los partidos son más trabados y que si puedes volar por qué conformarte con correr.
El futuro en este Europeo del equipo español va a depender en gran medida de que ese baloncesto armónico vuelva a verse esta semana en Vilnius y la próxima en Kaunas, aunque a la primera de cambio, tocado Pau del tobillo derecho y en el banco ante Turquía, el equipo la pifiara y se clasificara para la segunda fase con una victoria pudiendo hacerla con dos.
Pero ahora lo que cuenta es el futuro: si han sido capaces de interpretar el basket como ante Lituania, lo pueden hacer más veces y cada vez más minutos. Si así fuera no ha de preocuparnos éste o aquél rival. La preocupación para el resto debe llamarse España.