Opinión
Columna por Paco Torres
Última actualización 17/01/2012@11:00:56 GMT+1
La eclosión y el impacto de Ricky Rubio en la NBA están siendo bastante similares –salvando las distancias de competición y edad– a la eclosión y el impacto que tuvo cuando debutó en la ACB a los 14 años. Lo que llamó la atención de Ricky entonces, jugando con el Joventut, fue la naturalidad con la que se desenvolvía en la cancha, lejos de los estereotipos al uso. Mientras estuvo en la Penya, o mejor dicho, mientras jugó con Aíto como entrenador, ya que en la selección en los Juegos Olímpicos de Pekín sucedió lo mismo, Ricky tuvo prácticamente carta blanca para desarrollar su juego.
¿Quiere decir eso que el base estaba exento de seguir las movimientos tácticos establecidos? En absoluto, pero sí que antes de llegar al 5x5, Ricky y sus compañeros tenían libertad para correr cuando recuperaban el balón. ¡Libertad para correr! Debería ser algo natural, qué digo natural, debería ser algo obligatorio para cualquier equipo, pero en cambio se ha convertido en una rareza que en el baloncesto FIBA sólo se hace cuando el contraataque es muy claro; la transición y el llegar jugando casi nunca se hacen porque desde la banda el entrenador suele desgañitarse para que el base le mire –¡a él y no al equipo!– para indicarle la jugada que tiene que ordenar. Jugada que, por otra parte, es absolutamente conocida por el equipo rival. Se convierten así los partidos en una monótona sucesión de movimientos que a veces se parecen como dos gotas de agua.
Lo que está haciendo Ricky en la NBA pone en duda el modelo que hasta ahora se ha impuesto en Europa. O al menos nos abre los ojos sobre lo que el baloncesto estructurado de esa manera es capaz de hacer con un jugador talentoso. Llevábamos dos temporadas –la última de manera alarmante– preguntándonos qué había sido del Ricky Rubio de los años de verdinegro. Verle absorbido por unos sistemas rígidos producía desazón; cuando además perdió toda la confianza en el tiro, muchos pensamos que podíamos estar ante el hecho irreversible, no que no volviera a meterlas, sino que no volviera a tener la libertad para correr y por lo tanto que fuera convertirse en otro de esos jugadores que esconden el balón durante segundos y segundos para, al final de la posesión, trazar esa ‘cojojugada’ que, junto a otras muchas, el entrenador habría estado ensayando en largos y, previsiblemente, aburridos entrenamientos.
Afortunadamente en los Wolves, con Adelman ejerciendo de Aíto, Ricky ha recuperado la chispa al permitirle dar rienda suelta a su juego. Vuelve a correr, vuelve a sonreír (muy importante este dato) y vuelve a meter de lejos. Me dirán que nada tiene que ver aquel baloncesto con éste, que aquello es más espectáculo que deporte, pero yo, que siempre he sido un defensor de este tipo de baloncesto frente a aquel otro, excesivamente saltarín y despreocupado, ya no sé qué pensar, pero no porque crea que en el espectáculo está la única salvación del basket, sino porque según qué cosas están dejando al desnudo ciertas teorías que dábamos en Europa por ciertas. Quizá fuera bueno introducir aquí la figura de la ‘defensa ilegal’. Sancionar no seguir a tu hombre –flotarle durante un tiempo determinado– quizá fuera una buena idea. El caso es que allí, con las canchas del mismo tamaño, se crean muchos más espacios que aquí. Aquí siempre aparece la ayuda, el ‘defensa escoba’. Allí el 1x1 siempre tiene más recompensa.
Una de esas teorías europeas es que el calendario aquí está muy cargado. Lo está, pero allí, además de tener un calendario muy distinto –condensado en siete u ocho meses, dependiendo de si entran o no en play offs, lo que luego permite a los jugadores un buen descanso, primero total y luego activo o de mejora– los jugadores juegan un día sí y otro también –y con el lockout no es una frase hecha– y no pasa nada. Cierto es que los desplazamientos son mucho más cómodos a pesar de las distancias con los aviones particulares, pero lo cierto es que a los jugadores parece sentarles mejor jugar que entrenar. Al respecto, siempre recuerdo la frase que me dijo Sabonis cuando, en su primera temporada en la NBA le comenté lo duro que tenía que ser viajar de costa a costa para jugar: ‘Eso no es duro porque viajo cómodo y estirado. Lo duro era ir en autocar a León o viajar a Moscú con escalas y empotrado entre asientos. Y entrenar… lo bueno es jugar, no entrenar’. A fin de cuentas un entrenamiento puede ser mucho más cansado que un partido. Aquí en Europa se juega mucho y se entrena muchísimo en la NBA se juega muchísimo.
Eso me lleva a la última consideración –por ahora– respecto a este tema: ¿Cómo es posible que en Europa un jugador sólo pueda estar un máximo de 25 minutos en cancha para, según algunas teorías, poder rendir al máximo y en la NBA estos mismos jugadores puedan estar más de 40 minutos en cancha rindiendo a un buen nivel? ¿Buscamos desfondar o buscamos rendir? ¿Para rendir hay que vaciarse cada 5 minutos? Habría que revisar unas cuantas teorías porque cuanto más rascas, menos cosas cuadran.