Desde la infame ‘Decisión’ de LeBron James en el verano de 2010, los Heat han sido el equipo más odiado de la NBA. Cada tropiezo ha sido celebrado, llevándose la palma la derrota en las Finales de 2011 después de empezar dominando 2-1 a los Dallas Mavericks. Es por ese motivo que ahora los Thunder van a recibir una carga de apoyo mucho mayor de la que podría esperar un equipo radicado en un estado de algo más de tres millones de habitantes.
Consciente o inconscientemente se identifica el modus operandi de los Heat como el del atajo hacia el éxito, en oposición al trabajo paciente de unos Thunder que son lo que son por haber sabido crear un ambiente propicio para el crecimiento de sus jóvenes talentos. Partiendo de este razonamiento es fácil que el aficionado medio que no esté implicado emocionalmente en el duelo se posicione juzgando a unos como los ‘buenos’ y a otros como los ‘malos’.
Pero teniendo en cuenta que los Thunder son una franquicia robada, no tengo claro que esto debiera ser así.
Coge la franquicia y corre
En julio de 2006 un grupo de inversores encabezado por Clayton Bennett y Aubrey McClendon, millonarios oriundos de Oklahoma City, amigos desde el instituto, compró los Seattle Supersonics (y su franquicia hermana en la WNBA: Seattle Storm) por 350 millones de dólares. El movimiento desató rápidamente todo tipo de suspicacias, pese a los mensajes tranquilizadores de Bennett, quien haría “todo lo posible por mantener a los Sonics en Seattle”, según dijo en su primera comparecencia pública.
Sin solución de continuidad el nuevo propietario emprendió una campaña de intensa presión a las autoridades de Seattle y el estado de Washington para que accedieran a financiar una profunda remodelación del Key Arena (el pabellón con menor capacidad de la liga en aquel momento, pero hecho por y para el basket) o, en su defecto, la construcción de un nuevo arena que estuviera acorde con las ‘necesidades de la NBA’. Pero sus (aparentes) esfuerzos fueron en vano.
Poco tiempo antes la ciudadanía de Seattle había aprobado por amplia mayoría la llamada Iniciativa 91, con la que se oponían a que se subvencionara con dinero público la construcción de instalaciones deportivas, cada vez más costosas, para que luego estas fueran explotadas por corporaciones privadas. En esta coyuntura, la propuesta de Bennett de levantar un arena de 500 millones de dólares, cayendo gran parte del peso sobre el erario público, fue lógicamente rechazada.
El siguiente movimiento era previsible. Con el apoyo de David Stern, Bennett consumó el traslado de la franquicia a su Oklahoma City natal, como, según se supo en unos correos electrónicos filtrados a la prensa, había sido su intención desde el momento de la compra. De hecho su socio McClendon, CEO de Chesapeake Energy (que da nombre al pabellón de los Thunder), así lo reconoció expresamente al periódico The Oklahoman (propiedad de la familia de la esposa de Bennett), lo que le valió una reprimenda de la NBA y una multa de 250.000 dólares (a la NBA no le gusta nada que se vean los hilos). Dichos correos revelaban a su vez una profunda amistad entre Bennett y el comisionado, lo que enfangó aún más la situación.
Así nacieron estos Oklahoma City Thunder, con una sofisticada y moderna forma de chantaje a una ciudad. ‘O pagáis, o nos llevamos vuestro equipo a otra parte’. Una lección que la NBA necesitaba dar y cuyo mensaje ha calado. Sacramento, por ejemplo, ha conseguido retener a los Kings con el acuerdo para la construcción de un nuevo pabellón de 400 millones de dólares de los cuales el 60% saldrán de las arcas públicas.
Así que si tienes pensado animar a los Thunder por su fantástica acumulación de talento ofensivo, por la presencia de Serge Ibaka o simplemente porque has apostado por ellos, adelante; estás en tu derecho. Pero si lo haces porque crees que los Heat son el lado oscuro, fíjate mejor en esos tipos que se sientan en primera fila y agitan los colores de su equipo. En ese McClendon oligarca del gas natural que ha aportado cientos de miles de dólares a las campañas electorales de candidatos (republicanos y demócratas, qué más da) que luego implementaron políticas energéticas afines, que sufragó a una asociación creada para oponerse al matrimonio gay y del que se acaba de descubrir que en 2010 utilizó servicios de su empresa por valor de tres millones de dólares en beneficio propio; cosas normales como reformar su casa o llevar a las amigas de su esposa de vacaciones en un jet privado.
Al fin y al cabo, el gran pecado de los Heat, LeBron, Bosh y Wade fue solo utilizar las reglas de la NBA en su beneficio (también poner a un bulto sospechoso como entrenador). Definitivamente en esta final el karma lo tendrá difícil para elegir un solo equipo al que castigar.
El que ya ha ganado, sin duda, es David Stern. El lockout dejó paso a una temporada de excelentes índices de audiencia y asistencia de público. Ahora llega una final que puede ser legendaria y que será disputada, probablemente, por sus jugadores más mediáticos. Si ganan los Heat, gana la franquicia de uno de los mercados más importantes de Estados Unidos. Si lo hacen los Thunder, será la prueba del éxito de la reubicación de 2008, aunque lo consigan con jugadores como Durant, Westbrook, Ibaka o Collison, que fueron elecciones del draft de los Sonics. Su legado está a salvo y ya se puede dedicar a nuevas empresas. Jugadores sub 23 en las Olimpiadas, elevar la edad mínima para jugar en la liga, seguir vendiendo la viabilidad de la expansión europea de la NBA…
A todo esto, Seattle sigue esperando su franquicia. Hay un proyecto en marcha para construir una nueva maravilla arquitectónica que costará aproximadamente 500 millones de dólares. Pero esa es otra historia.