A unos días de comenzar la temporada en la NBA, el comisionado David Stern ha hecho público, no sólo que lo deja el día 1 de febrero de 2014, sino que al tiempo ha anunciado que la Junta de Gobierno ha elegido por unanimidad a su delfín, a Adam Silver. A eso le llamo yo hacer las cosas con tiempo.
¡Qué envidia! Cambiar algo que funciona bien para que, en el futuro, nada cambie. Adelantarse al despido. Adelantarse al deje paso Mr. Stern. O quizá sí le hayan pedido que deje sitio, pero conociendo –por sus actos– a personaje, me inclino a pensar que ha sido él el que ha dado todos y cada uno de los pasos. Casi año y medio antes de que el relevo se lleve a cabo, por si no fueran pocos los catorce años, los seis últimos como mano derecha de Stern, que Adam Silver lleva en la casa, la NBA se recompone posiblemente para seguir mostrando la misma cara. Esto es, funcionando.
Porque que la NBA funciona, a pesar de que algunas franquicias hayan entrado en pérdidas –de ahí el cierre patronal de hace un año–, funciona. Acabados los tiempos de gloria a los que los guió el omnipresente Stern tras años de desconcierto, bien es cierto que ayudado por aquella rivalidad Bird-Magic, ciudad pija-meca del cine, hombre blanco-hombre negro, el comisionado también ha demostrado saber hacer y saber mandar –mano de hierro en guantes de seda– en los malos tiempos.
A sabiendas de que se necesita otra gran eclosión y que el centro de gravedad del Este se ha trasladado de Boston a Miami, bien le irían las cosas a Mr. Stern, Mr Silver y compañía si funcionara durante unos años la rivalidad LeBron-Kobe, playas de Miami-playas de Malibú... Falta el hombre blanco. Aunque desde que se retirara Larry Bird, el hombre blanco fuerte de la NBA no ha estado en las canchas. Ha estado en los despachos y se llama David Stern.