Fue con motivo del Mundial de clubes de 1987, el que esto escribe y el fotógrafo José Luis García Surrallés, quisimos conocer de cerca a las tres estrellas indiscutibles de un Tracer de Milán que entonces mandaba en Europa. Un equipo con tres ilustres veteranos en sus filas que había conseguido ganar las dos últimas Euroligas. Reunidos entorno a una mesa Meneghin empezó a contar chistes, a recordar anécdotas. McAdoo se comportó como esa estrella de vuelta de todo asombrado ante la expresividad del Gran Dino. Pero quién dejó perplejos a todos fue el italo-americano D’Antoni que, tras escuchar a unos y a otros y aportar esa dosis de sentido común a sus reflexiones, rompió el ritmo de la entrevista-coloquio y sacándose del bolsillo una baraja de cartas. De pronto empezó a realizar juegos de manos con una facilidad e ingenio digno de un mago profesional. Dino, Bob, el fotógrafo Surrallés y un servidor contemplamos boquiabiertos como D’Antoni hacía aparecer y desaparecer cartas con la misma facilidad que regalaba asistencias sobre el parquet. En ese momento se convirtió en el “amo” de la situación, en el líder indiscutible, inteligente, ingenioso.
En realidad, en esa época, D’Antoni era ya el jefe del Tracer de Milán – su esposa era la relaciones públicas del club y la encargada de atender a la prensa - y unos meses después de esa entrevista, coincidiendo con el final de su carrera como jugador, D’Antoni pasó a convertirse en el entrenador del equipo durante las siguientes cuatro temporadas. De jugador ya era la extensión en pista de Dan Peterson técnico que confió en él como ese base capaz de leer el juego desde el sentido común y el ingenio sabiendo administrar los balones a los jugadores más efectivos de su equipo.
Ocho años en Italia como entrenador, diferentes etapas en la NBA como entrenador asistente unos años y, desde hace una década, como primer entrenador entre Phoenix y New York para, de pronto, ante la sorpresa general y cuando todo apuntaba a que sería Phill Jackson el elegido, recibir la oportunidad de dirigir a uno de los mejores equipos del mundo. Lakers ha confiado en su capacidad para gestionar grupos, en su liderazgo. Desde la distancia no olvido ni su sentido común, ni su ingenio. Las dos virtudes le harán falta.