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Cuando la Diputación Provincial de Sevilla se empeñó en 1987 en tener un equipo en ACB ya se barruntaba que el baloncesto no lo iba a tener fácil en la ciudad andaluza. Tener que hacerse un hueco entre dos clubes de fútbol tan carismáticos –y antagonistas, que es lo que más cuenta para la pasión– como el Sevilla y el Betis iba a ser una tarea de titanes, pero el interés era tal que no dudé que terminarían abriéndose camino. Fui testigo directo de aquellos emprendedores afanes sevillanos por crear –no había nada– baloncesto de élite en Sevilla. A punto estuvieron de sellar un acuerdo con el Español (entonces Gin MG Sarriá, ¡qué tiempos en los que el alcohol y el tabaco patrocinaban a clubes deportivos y se anunciaban en revistas como Gigantes!), pero finalmente tuvieron que contactar con diversos clubes que acudían a la fase de ascenso de Segunda a Primera B para comprarle la plaza en caso de obtenerla. Que yo supiera, habían llegado a acuerdos previos con el Dribling, el mítico club madrileño en el que nuestro brillante columnista Miguel Ángel Paniagua ejercía como ayudante de entrenador, y con el Puertas Dintel, de Toledo. Éstos no ascendieron pero sí el Dribling y, por 15 millones de pesetas, el Caja San Fernando salió a competir en la durísima Primera B (28 equipos divididos en dos grupos, Par e Impar). El entrenador era Arturo Montegui, actual director de cantera, y los sevillanos lo hicieron tan bien que dos años después ascendieron a la ACB. Y en ella llevan desde la temporada 89/90, llegando a disputar dos finales de Liga: en la 95/96, con Alexander Petrovic como entrenador y Alexander, Anderson, Kidd, Montes y Pérez como estrellas; y en la 98/99, con Javier Imbroda en el banquillo y Turner, Scott, Mike Smith, Bosch y Kornegay como hombres importantes. Desde lejos dio la sensación de que el baloncesto en Sevilla, a pesar de los éxitos, lo seguía teniendo muy difícil. Faltaba la pasión (y la continuidad en los proyectos) para instalarse definitivamente entre los mejores.
Ahora, después de una década de frustraciones –lleva sin disputar los play offs desde 2000– a pesar de que siempre partía con presupuestos relativamente altos como para luchar por la Liga o por la Copa, se llega a esta situación, que ha dejado de ser preocupante para pasar al grado de desesperada. Disputadas 20 jornadas, el Cajasol ha ganado 3 partidos y marcha último. No tiene nada de buena pinta el equipo que ha destituido a Manel Comas y ha fichado a Pedro Martínez sin que hasta ahora se haya notado el cambio; que ha traído a jugadores de deberían haberle sacado de atolladero y que, lesionados (Tyus Edney) o no acoplados (los demás), no han podido poner aún a flote al equipo. Apostar todo a Elmer Bennett tenía un riesgo que ha terminado resultando capital. El veterano base llegó a mediados de la temporada pasada y revolucionó al grupo. Era el líder. Ya sabían los dirigentes deportivos sevillanos que no tenía las piernas de antaño, pero confiaban en su cabeza, en su carácter. Pero él, competidor nato y autoexigente como pocos, no se vio bien y dejó al equipo en la quinta jornada. Adiós a las tres ‘ces’ que representaba el norteamericano: carácter, corazón y compromiso.
Edney tenía que ser quien aglutinara voluntades, pero se lesionó. El equipo, uno a uno, es bueno. Pero no funciona. ¿Dónde están las tres ‘ces’? Es lo que buscan ahora en Branko Milisavljevic; dicen que es un jugador difícil, pero todo carácter; en su primera aparición, derrota en Málaga y -5 de valoración. Habrá que esperar a que tome el timón y comprobar si puede ser el hombre que Martínez necesita en la cancha y en el vestuario para salir de esta asfixiante situación.
Mucho deberán meditar en Sevilla los directivos a los que los aficionados le piden en cada partido la dimisión. Tanto si se salva el equipo como si no, habrán de pensar que los grupos han de construirse a su tiempo y que a veces hay que apostar por lo que ya tienes (Betts y Kakiouzis, por ejemplo) antes que iniciar otro tipo de ensayos. Es muy posible que si lo de Bennett hubiera salido bien, esto es: 15 o 20 minutos en la cancha y las tres ‘ces’ en cada entrenamiento y en cada partido, las cosas habrían sido muy distintas, pero no fue así y ahora, con todos los equipos metiéndose en zona en el Polideportivo San Pablo para dinamitar el sistema nervioso de un equipo histérico, sólo les queda recurrir a la épica. Eso, o rezar para que el Obradoiro no encuentre el dinero suficiente como para entrar en la ACB, aunque lo mismo eso tampoco es suficiente. De momento, están a dos partidos de la salvación. Según se mire, o nada, o un mundo. En Sevilla, dos mundos.