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Hemeroteca :: Edición del 15/09/2009 | Salir de la hemeroteca
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Última actualización 15/09/2009@11:34:57 GMT+1
Lloramos con él. Viéndole subir al estrado en el Symphony Hall de Springfield, tras disfrutar con un emotivo video de sus eternas jugadas, sentimos que el momento quedaba grabado a fuego en la historia del baloncesto. Fue al subir al estrado cuando Michael se vino abajo. Elegante, de impecable traje, y con dos enormes lágrimas recorriendo sus mejillas. Dios lloró… Y entró en el Salón de la Fama. En el cielo.
[Por David Carro
Fotos: Getty Images]
Ha sido el mejor incluso para esto. Tuvieron que cambiar el recinto de la ceremonia porque el usual, el del Hall of Fame, no daba abasto. Entre los 2,600 invitados estaban Scottie Pippen, la primera persona a la que mencionó entre lágrimas, Dennis Rodman, su mítico técnico en North Carolina, Dean Smith… Y David Thompson, elegido por Jordan para que estuviera a su lado introduciéndole en el Olimpo de nuestro deporte. «Él me inspiró cuando, con 11 años, le vi ganar el título para North Carolina State», explicaba MJ sobre aquél al que en sus tiempos llamaban ‘Skywalker’. El hombre que voló para él antes de que Mike volase para nosotros. El espíritu de la ceremonia lo resumió a la perfección el siempre preciso John Stockton, también parte de la promoción junto a David Robinson (que aseguró, con mucha gracia, haber rezado muchos años por la llegada de alguien como Tim Duncan, presente en la sala), Jerry Sloan y la entrenadora Vivian Stringer. «Doy las gracias a mi familia y a todos los amigos que han venido de muy lejos para apoyarme… Aunque en realidad creo que están aquí por Michael». Carcajada general y Mike aplaudiendo entre risas. Una nueva asistencia del que más ha repartido en la historia de la NBA.

Emociones desatadas
Ni nosotros ni ‘Air Jordan’ estamos listos para homenajes así. Mike lo dijo en la rueda de prensa previa a la ceremonia: aún se resiste a que termine ‘su era’. «El juego del baloncesto lo ha sido todo para mí. No veo esto como un final, sino la continuación de algo que empecé hace mucho tiempo». Sí, hasta llevarlo a la máxima expresión conocida. Su humildad al recibir un honor tan grande cautivó a todos. Ver al icono de este deporte romper a llorar ante el momento culminante de su inigualable carrera fue como madurar de un plumazo. Muchos de los que hoy vivimos en el mundo del baloncesto empezamos por él, de su mano. Y una vez más, como tantas otras, como siempre, estuvo perfecto en su entrada en el olimpo de las canastas. Su discurso resultó ejemplar, repleto de gusto, clase y agradecimientos, sobretodo a aquellos que llevaron su motivación al más allá.

Gracias, enemigos
«Quiero que entiendas que cometiste un error, amigo», dijo sobre el entrenador que no le fichó para el primer equipo del instituto, mientras que a Isiah Thomas, organizador de un complot contra él en su primer All Star (intentando que brillase lo menos posible) le recordó que el ganador, después de todo, es el de siempre. «Quería demostraros a ti, a Magic, Larry Bird, George Gervin y todos los demás que merecía estar allí tanto como cualquier otro. Espero haberlo logrado a lo largo de mi carrera y que no haya duda de ello». Ninguna, Michael, ninguna. «Tuve que escuchar a la prensa diciendo que no era un ganador como Magic o Larry, y aquello añadió tanta leña al fuego que me mantuvo cada día intentando ser un mejor jugador de baloncesto», aseguró, sin olvidarse de Jeff Van Gundy, que le acusó de intentar parecer ‘amiguete’ de los jóvenes jugadores en pista para mientras tanto, destriparles. «Siempre he sido una persona que me he llevado bien con todo el mundo, amigable. Pero cuando las luces se encendían era tan competitivo como cualquiera». Simplemente como el más grande entre los grandes, adjetivo que él intenta evitar. «Es embarazoso que me llamen el mejor de la historia porque nunca pude jugar contra otras leyendas como Wilt Chamberlain, Jerry West o Elgin Baylor. Me hubiese gustado, pero es imposible. Yo simplemente estoy contento con mis logros y con lo que la gente quiera decir». Pues tranquilo, adorado genio, que ya lo decimos nosotros… Y el resto del mundo. Tras las lágrimas, nos dejó una frase que no olvidaremos jamás: «Los límites, como el miedo, muy a menudo son sólo una ilusión». Así entendía Michael Jordan el baloncesto que amamos, y así lo interpretó. Nunca nadie mereció más que él entrar en el olimpo de los dioses. Gracias de nuevo Michael. Por los recuerdos, los momentos, la belleza, la pasión… El éxtasis. Por ser el mejor de la historia.
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