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Hemeroteca :: Edición del 22/09/2009 | Salir de la hemeroteca
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Por Paco Torres

Última actualización 22/09/2009@13:06:55 GMT+1
Oro por fin! Ha sido en Katowice (Polonia) donde la selección española, posiblemente con el mejor equipo de todos los tiempos, conquistó la esquiva medalla de oro en un Europeo tras seis intentos fallidos en seis finales, con algunas que escuecen tanto como la de Madrid hace dos años. Deuda que salda este grupo, primero con ellos mismos (ocho jugadores estuvieron en aquella final) y con la historia. Cierra de esta forma un círculo casi perfecto de cuatro años en los que han jugado cuatro finales, han ganado dos, estuvieron a un tiro de Pau Gasol en Madrid de ganar la tercera, y todos recuerdan aún los pasos no pitados a los norteamericanos en la final olímpica de Pekín en la que pudo llegar la cuarta. Sólo las grandes selecciones históricas de la URSS y Yugoslavia (USA sólo aparecía en grande en los Juegos Olímpicos) han conseguido dominar la escena baloncestística mundial como lo ha hecho la española. Es una gozada disponer de unos jugadores así, capaces además de reinventarse cuando es necesario. Porque este equipo se reinventó en la madrugada del sábado 12 al domingo 13 en la ciudad de Lodz, cuando, tras una intensa reunión entre jugadores y cuerpo técnico se produjo al catarsis deseada en esta misma columna la semana pasada, horas después de la derrota en Turquía. Porque hasta ese momento la selección nos había hecho dudar. A mí, en particular, mucho.

También dudaron ellos, el colectivo. Dudaron de sí mismos –no podían estar contentos de cómo habían jugado los cuatro primeros partidos del Eurobasket– y fueron auto críticos hasta el punto de provocar esa reunión catártica que parió a otra España completamente diferente. ¿Qué había pasado hasta entonces? A saber y al oído de lo que han ido diciendo los propios protagonistas: autocomplacencia en la preparación y en los partidos disputados en España, problemas físicos en varios jugadores, ninguno gravísimo, pero sí fastidioso, no tener claro los roles de cada uno ni en las rotaciones ni en los momentos decisivos, no defender con intensidad y atacar al paso. No eran chicos ni pocos los problemas, no. ¿Qué es lo que tiene de bueno este grupo? Que puede hablarse a la cara y que tiene capacidad para de un plumazo volver a mostrar su verdadera cara, que es la del compromiso con el talento individual que conduce inexorablemente a la calidad colectiva.

Yo dudé. Y mucho. Y me alegré tanto de que ellos también lo hicieran como de que encontraran el camino. El camino del oro. Los partidos a cara de perro ante Lituania y Polonia (había que ganar para no descender a los infiernos) sirvieron para recuperar autoestima, lesionados y estilos de juego. Sea por lo que sea, el caso es que no volvimos a ver ninguna de las defensas en zona que tantas facilidades dieron a los primeros rivales; tampoco el indolente marcaje de los dos contra dos en los que el hombre alto llegaba hasta el aro sin ningún obstáculo, y también dejó de ser la zona una autopista para el jugador exterior con balón que atacaba la canasta desde la cabecera. Fueron esos dos partidos, además de importantes en sí mismos, bancos de pruebas perfectos de cara a los cuartos de final. El equipo de Sergio Scariolo, ya funcionaba.

Francia, invicta hasta ese momento, comprobó con estupefacción que España ya había recobrado todas las virtudes que la adornan. También lo haría 48 horas después Grecia en las semifinales. La DE-FEN-SA ha sido de nuevo la clave de todo. La base sobre la que sustentar todo lo demás. Si se defiende y este equipo lo ha hecho a la perfección, se puede correr; y si se corre se meten puntos fáciles y si se hace esto, se gana con solvencia. La línea exterior, con Ricky abrumando a Parker para no dejarle recibir, y Cabezas hartando a Spanoulis fueron claves para empezar a apretar las clavijas atrás. La defensa de las líneas de pase hicieron estragos. Arriba, bien la rapidez, bien la solvencia deslumbrante de Gasol, o bien los tiros que entraron –¡por fin!– de los aleros, o las tres cosas a la vez, troncharon a los rivales hasta el punto de cerrar los partidos mucho antes del pitido final.

Serbia para empezar y Serbia para acabar. Y dos Españas frente a un mismo equipo joven y desinhibido, entrenado por el veterano y sabio Dusan Ivkovic, que ha ganado dos oros en dos anteriores Europeos (con Yugoslavoia en el 89 y en el 91) y que casi arruina el primero de la selección española desde la misma jornada inaugural. Pero a la final ya llegó la España dominante, la España pletórica, la que tenía una deuda con la historia. Y la saldó de la forma que mejor se saborea: con mucho esfuerzo; cuesta arriba. Así se disfruta mucho más desde el último escalón del podio.
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