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Aquí estamos, vendiendo el muñeco. No queda otra que vender el muñeco, Paco». A mi saludo en cualquier lugar en que nos encontráramos, esa era invariablemente, desde que nos conocemos, la respuesta de Andrés Montes, el hombre que mejor vendió ‘el muñeco’, que era como el llamaba a contar las cosas que ocurrían en una cancha de baloncesto. Y lo vendió mejor que nadie porque lo adornó con un lenguaje rompedor dentro de una manera desenfadada de hablar que creó escuela. Andrés Montes inventó, a mediados de los años 90, una nueva manera de contarnos el baloncesto, y eso le confiere una aureola que va más allá de cualquier otra disquisición. A los innovadores les acompañará siempre la gloria que les otorgan aquellos a los que su lenguaje les ayudaba a mejorar lo que las imágenes de televisión le ofrecían. Y Andrés Montes fue la persona que más y mejor posibilitaba que el aficionado al basket, sobre todo el más joven, echara a volar su imaginación cuando llamaba a los jugadores conocidísimos por motes que arrancaban la sonrisa, cuando no la carcajada. Un partido –por muy poco emocionante que fuera– nunca era aburrido escuchando a Montes contarlo. Un tiro malísimo era mucho menos descorazonador para el seguidor del equipo del jugador que había fallado si Montes soltaba algo así como «Pero Itu, ¿qué ha sido eso?». O un sonoro «Agua Daimiel, ni tú los tiras así!».
Andrés Montes, al que el gran público ha conocido cuando comenzó a narrar partidos de fútbol por La Sexta, ha sido fundamentalmente un hombre del baloncesto y en este deporte le conocí hace ya más de 25 años –él y yo teníamos pelo– a pie de pista metiendo su micrófono de Antena 3 Radio entre un entramado de inmensas espaldas para que los oyentes pudieran escuchar la voz de Díaz Miguel, Lolo Sáinz o Aíto García Reneses en los tiempos muertos, en aquellas épocas en que a los periodistas radiofónicos les dejaban estar tras los banquillos. Tiempos de información apresurada con larguísimos viajes que le permitieron conocer lugares y gentes, que posibilitaron que ampliara su inmensa colección de vinilos y cds, pero sobre todo nos valió al resto de la expedición para que conociéramos más a Andrés.
Luego, pasados ya unos cuantos años y unos cuantos sinsabores Andrés encontró su lugar en el mundo en la madrugada comentando con Antoni Daimiel –¡qué pareja más extraña y perfecta!– el baloncesto más desmedido que pudiera contemplarse: el de la NBA. Y ahí rompió aguas y moldes el nuevo alumbramiento para el periodismo hablado: el Andrés Montes de las pajaritas de lunares sobre camisas de rayas –o viceversa–. El gozoso espectáculo de la palabra para enfatizar el sin par espectáculo del baloncesto. Contrapesándose, apoyándose, Montes y Daimiel crearon un estilo inigualable. Andrés encontró en el basket de la NBA el marco ideal para sus motes y exclamaciones, para su manera de ver y contar las cosas. Luego vino el baloncesto de la selección en un campeonato del Mundo y dos de Europa, y vino también el fútbol y el descubrimiento global del ‘fenómeno Montes’. Porque fue un fenómeno impactante su aparición en el planeta del fútbol y todos se hacían eco de sus coletillas y de sus ingeniosas frases, esas que ya nos sabíamos de memoria los que le habíamos seguido en el más pequeño y familiar mundo del basket. Porque su mundo era éste, el del parquet y los aros. El espacio y el lugar donde podíamos llamarle ‘El negro’ –el mote estoy seguro que se lo puso él mismo– y él devolverte una sonrisa o un «Qué pasa, chico»?
Tras un barniz de escepticismo se escondía un hombre al que le interesaba todo, absolutamente todo. Un hombre al que las videotecas van a permitirle vivir eternamente. Porque gracias a ellas mantendrán la llama su legión de fans –firmaba en las canchas tantos autógrafos como los jugadores–, le descubrirán –y alucinarán– las generaciones venideras, y le recordaremos aunque no hará falta tirar de vídeo para que eso ocurra– aquellos que supimos que, estando a su lado, la vida podía ser, efectivamente, maravillosa.