Exilio, renacimiento y presente de las New York Liberty. Una experiencia en Brooklyn, por Luis Vallejo

Liberty Brooklyn

«Ah, ¿vas al Madison Square Garden mañana?», me respondió el dependiente de la tienda de LEGO. Quedaban menos de 24 horas para que las New York Liberty disputaran el partido más importante de la temporada, el encuentro que les daba la oportunidad de empatar una serie que había comenzado con mal pie. Y en pleno centro de Manhattan, ese colosal barrio repleto de cemento, iluminación y vida, un simple comentario había traído a escena todo lo vivido por una franquicia que busca tocar la gloria al mismo tiempo que asienta las bases de su proyecto.

Si los Knicks llevaban una década sin pisar las semifinales del Este en la NBA y los Nets han fracasado recientemente en su megaproyecto, el pasado de las New York Liberty tampoco se diferencia en exceso al del resto de vecinos. La franquicia neoyorquina, una de las tres fundadoras de la WNBA que todavía se mantienen en pie, acumulaba hasta 2023 un total de 21 años sin pisar las Finales WNBA y 8 sin ganar una serie de Playoffs, con un destierro de por medio que terminó de romper casi toda conexión con la ciudad. James Dolan, en pleno proceso de venta de los Knicks, decidió que las Liberty jugarían en el Westchester County Center. A dos horas en transporte público del Madison Square Garden, la que era su casa. Un equipo condenado al exilio.

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La noche del 26 de septiembre me encontraba sentado en la zona de prensa del Barclays Center de Brooklyn. Apenas había pasado un lustro de todo lo relatado, pero el pabellón lucía precioso. La comisionada de la WNBA, Cathy Engelbert, observaba con atención desde la grada. Las luces de los móviles creaban una atmósfera especial en la presentación, Breanna Stewart ofrecía su MVP (el primero en la historia de la organización) a los fans y las celebrities se reunían en primera fila. Hasta la aparición de Alicia Keys, la única voz que retumba por cada esquina de Manhattan, las mayores ovaciones de la serie se las habían llevado dos neoyorquinos como Carmelo Anthony, Sue Bird (vídeo), Mikal Bridges y la bailarina Misty Copeland, aunque el cariño recibido por aquellas que estuvieron en los años más brillantes de la franquicia no fue menor. Principalmente, Cappie Pondexter. La más aclamada, después de que su retirada trajera consigo sufrimiento y más de un susto en su vida personal. Nada que impidiera a la gente reconocer quién les hizo felices en su día.

La presencia de tantas estrellas venía a indicar dos puntos clave. El primero, el hecho de que las New York Liberty habían conseguido algo que llevaba mucho tiempo sin suceder. Todos querían estar presentes en sus partidos. Los jugadores de los Nets, cantantes, productores, artistas, actores, vecinos de Brooklyn, aficionados de todas las franquicias masculinas de la ciudad. La variedad resultaba muy llamativa y reflejaba un cambio muy importante. Hasta hace bien poco, la mayoría tenía en su cabeza lo mismo que aquel dependiente de LEGO: «Las Liberty, el equipo que juega en el Madison Square Garden». Algún valiente se atrevía a dar algún dato extra, no necesariamente acertado. En parte, era lógico. El equipo deambulaba sin pena ni gloria por la clasificación, sin promoción, sin el cariño de sus propios dirigentes. Una realidad que, por suerte, comienza a ser pasado. La ciudad ha reconectado con la franquicia. Los Tsai lo han cambiado todo.

Los actuales propietarios de la organización han dotado a la misma de profesionalidad, estabilidad y brillo. Primero llegó Sabrina Ionescu en 2020, aunque su impacto no se hizo efectivo hasta 2021 después de una desafortunada lesión. Dos años después, la base formada en Oregon está rodeada en el quinteto inicial por Breanna Stewart (x2 MVP), Jonquel Jones (x1 MVP), Courtney Vandersloot (segunda máxima asistente de la historia) y Betnijah Laney (All-Star 2021). Las existencias en la tienda de la camiseta con las 5 estrellas se acabó en el Game 1. La oficina de la franquicia, que comparte instalaciones con los Nets, cuenta ya con casi 20 trabajadores. La mascota más influyente de la liga, la elefante Ellie, anima el pabellón. Entre puestos de comida, uno se encuentra sorteos, DJ’s y merchandising. En los Playoffs, la zona de prensa se ha disparado hasta las casi 70 personas acreditadas. Este mismo verano, la franquicia levantó su primer título: la Commissioner’s Cup. Y si nos vamos al centro de la ciudad, alejados del pabellón, una foto de Breanna Stewart adorna la tienda de PUMA, mientras que la primera planta de Nike está dedicada en exclusiva a la nueva línea de ropa y zapatillas de Sabrina Ionescu. El impacto es patente a todos los niveles.

Aquel día, en la única fila de periodistas del sector 9, presencié como las Liberty igualaban una eliminatoria que han terminado de cerrar en Connecticut. No era el único español del pabellón. Como mínimo, nos juntamos ocho. Marta Xargay disfrutaba en las primeras filas de todo el espectáculo, al mismo tiempo que las jugadoras Habtenesh Calvo, Noa Comesaña, Blau Tor y Mariangel Lobon se encontraban en un palco VIP, invitadas junto a sus compañeras de Columbia. Todos nosotros, en el Barclays Center, fuimos testigos del inicio del fin. La eterna espera se encotraba en su última recta. Más de dos décadas después, la franquicia volverá a pelear por el anillo. Lo hará ante las Aces de Becky Hammon, figura venerada en la organización neoyorquina, en lo que parece ser el inicio de una rivalidad hecha a medida para esta nueva etapa de la WNBA. Una era de superequipos y mejoras en todo lo que rodea al juego, marcada por el regreso de los aficionados a los pabellones tras la crisis de la pasada década. No hay mejor prueba de ello que el fenómeno Liberty en Brooklyn. El barrio que late al ritmo de sus nuevas estrellas.

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