Cómo te echo de menos: Llíria, la más pequeña en tocar el cielo

Cómo te echo de menos: Llíria, la más pequeña en tocar el cielo

A veces gente que me conoce por mi vida actual me hace esa típica broma: ‘¡Qué alto eres! ¿Habrás jugado al baloncesto, no?’ Entonces es cuando les digo que sí, que jugaba con el Llíria y que llegamos a la ACB. Muchos no se lo creen. Realmente, creo que es algo increíble”.

Entre la estupefacción y la emoción, pero con la férrea seguridad que da haber sido protagonista de los hechos, cuenta Carlos García a Kia en Zona cómo una vez la capital del Campo de Turia se convirtió en la localidad más pequeña que nunca haya jugado en la ACB. Dicen de Llíria, ciudad musical por excelencia, que es la auténtica cuna del baloncesto valenciano. La pelota naranja, que bota allí desde 1946, viste de negro y amarillo desde once años después.

Otro de los nombres propios del baloncesto edetano es Vicente Faubel. Es una de esas personas que han sido casi de todo en el deporte local: jugador, aficionado y directivo -desde secretario a tesorero y ahora, presidente del Club Esportiu Bàsquet Llíria, heredero actual del club que tocara la gloria a primeros de los noventa-. “Mis recuerdos son desde los doce años jugando al baloncesto, todavía por supuesto en el pabellón viejo. Era una forma de vida para nosotros, la manera en la que pasábamos el tiempo libre. Todo lo que queríamos era jugar”, evoca tras una vida ligada a la canasta.

Pero si hubo un acontecimiento que cambió la vida de los edetanos para siempre fue una visita muy especial. La llegada de los Marines de la 6ª Flota de los Estados Unidos a Llíria a finales de la década de los 50 descubrió un nuevo mundo: simplemente con sus físicos de otra galaxia o sus impactantes ropas deportivas de marcas desconocidas en la eterna crisis de la España de la posguerra se ganaron el cariño de la gente. Los soldados americanos jugaron dos partidos que supusieron una auténtica revolución que hizo que Llíria fuera desde entonces uno de los grandes centros neurálgicos del baloncesto levantino. Casi tantas veces faltó el dinero como sobró la pasión. “El potencial siempre ha estado en la masa social. Aunque haya habido problemas económicos, mejores o peores generaciones de jugadores, siempre ha habido gente detrás generando ilusión. Un público exigente pero que premia las características con las que jugaba el Llíria: su intensidad, casta y sufrimiento. Una mezcla que, cuando acabas ganando, es la leche”, asegura Faubel.

Quizá no se puede entender la historia del baloncesto edetano sin citar a Isma Cantó. Uno de esos adelantados a su tiempo, capaz de abrir mentalidades y revolucionar el deporte local en los 70. “Fue un visionario que, por ejemplo, hizo que en Llíria se defendiera de una forma que nadie más hacía en esta zona, lo que dio un gran salto al club”, apunta Faubel. Con él se inició un proceso en el que definitivamente el negro y amarillo comenzó a codearse a nivel nacional en diferentes categorías y un apoyo siempre incondicional desde una grada que pedía insistentemente un nuevo pabellón que pudiera poner al club en otra dimensión.

Pla de l’Arc, Smith, Palombizio… y Casadevall

No fue hasta 1985 cuando la presión popular y la evidencia de la necesidad de un nuevo recinto lograron que se terminara de construir el Pla de l’Arc… para quedarse pequeño enseguida. “Aquí llegaba el sábado, comíamos pronto y nos íbamos todos al pabellón para vivir allí el ambiente previo desde horas antes por los alrededores”, cuenta Faubel. Como buen referente, a Llíria llegaron aficionados de muchas otras localidades, incluso desde Valencia. Hasta a ‘Manolo el del Bombo’ se le pudo ver a veces en la grada. “De hecho sigue habiendo gente que lo hace porque se quedó desde aquella época”, presume el directivo.

Había alicientes de sobra que justificaban el desplazamiento. Fue en 1986 cuando el Valencia Club de Fútbol abandonó sus secciones polideportivas y surgió el actual Valencia Basket, una época en la que Llíria se codeó sin ambages con la capital y probablemente se convirtió en el foco del baloncesto valenciano. Desde los inolvidables 30 puntos por partido de Quino Salvo como ‘groc i negre’ en la temporada 1983-84 de la durísima 1ª B hasta aquella extraordinaria pareja de americanos que formaron Vernon Smith y Dan Palombizio entre 1986 y 1988 -allí estaba también un jovencísimo Quique Andreu- y que, para muchos, forma parte del mejor recuerdo del que goza el basket edetano: “Esos dos tíos eran la leche y disfrutamos mucho con ellos, tanto en la cancha como fuera de ella”, reconoce Carlos García. “Cuando venía un americano nuevo, casi era fiesta en el pueblo. Íbamos todos a verlo y de Palombizio lo primero que nos sorprendió es que era blanco. Llegué a la pista con más gente y apareció él con unos vaqueros muy ceñidos. Le dieron un balón y metió diez triples del tirón. Nos quedamos alucinados”, narra Faubel de su primer recuerdo del jugador llegado desde la Universidad de Ball State, que dejó un hondo poso en sus dos años en el Campo de Turia. “Encajó con la filosofía, porque aunque no era muy fino técnicamente, era un auténtico guerrero. Y luego era muy listo para saber cómo jugar, si meter de fuera, porque tenía muy buena mano, o pegarse más cerca del aro, que también era capaz. Su tándem con Vernon Smith es inolvidable”, cuenta el directivo.

Fue con la llegada de los años noventa cuando el Llíria empezó a llamar realmente a la puerta de la ACB. Bajo el patrocinio de Choleck se quedó a las puertas del ascenso en 1990, tras eliminar por sorpresa al favorito Caja Madrid pero no poder posteriormente con el Elosúa León de Gustavo Aranzana. El curso siguiente, pese a que las cosas no empezaron nada bien en lo económico ni en lo deportivo -y a que el objetivo inicial no iba mucho más allá de la permanencia- se iba a culminar una gesta para la historia. Con los valencianos colistas, el técnico Lluís Andes renunció al cargo, llegando en su lugar un joven de 28 años llamado Andreu Casadevall capaz de llevar a cabo una descomunal catarsis que cambió radicalmente la cara del equipo. “Fue totalmente decisiva su llegada. Estábamos tocados, los fichajes no habían funcionado como deberían. Cuando llegó nos miró a todos por igual y le sacó el 200% de sus posibilidades al equipo. Yo por ejemplo siempre tuve fama de problemático, pero realmente lo que soy es un inconformista que cuando ve algo que no le gusta, no se calla. Por eso para los entrenadores era un poco un grano en el culo. Pero con Casadevall pasé de jugar unos 15 minutos por partido a casi los 40”, explica Carlos García. Lo cierto es que los levantinos se rehicieron con creces y alcanzaron el playoff de ascenso, donde primero se deshicieron de nuevo del Caja Madrid antes de enfrentar, sin factor cancha, la eliminatoria decisiva ante el Prohaci Mallorca. La espectacular dinámica se prolongó y los edetanos –con jugadores como el base Paco Aurioles o Chus Bueno, actual Vicepresidente de NBA Europa- ganaron los dos primeros partidos en las Baleares.

Sufrir la elite

Llegamos así al 25 de mayo de 1991, el día en el que cuentan las crónicas que nadie durmió en Llíria. El 92-84 ante el Prohaci sentenció la eliminatoria y trajo una gloria improbable. “Fue la culminación de un sueño y el momento de recordar todo el sacrificio de años atrás, la cantidad de tiempo que había pasado, de gente que había aportado y ya no estaba… La fiesta y las lágrimas fueron inolvidables porque logramos algo impensable para un equipo de pueblo. Habíamos conseguido estar muy por encima de las posibilidades económicas reales del club”, recuerda emocionado Vicente Faubel. Con apenas 24 años, Carlos García logró tocar el cielo tras casi una década en el primer equipo de su ciudad, en el que debutó en una fase de ascenso en Melilla con solo 15. “Estuve desde abajo hasta la ACB, y probablemente cuando estás dentro no eres consciente de la magnitud de los pasos dados. Simplemente salíamos y jugábamos. Pero claro, de pronto un día enfrente tenías al Barça, al Madrid y al Joventut y es cuando te parabas a pensar ‘¡Coño, esto qué es!’ Ahora todo es distinto, a veces veo fotos y me doy cuenta de lo difícil que fue. Si no hubiera imágenes, sería difícil de creer”, ratifica.

Y eso que no fue nada fácil dar el salto definitivo. El del 91 fue un verano intenso, con muchas dudas desde la propia ACB sobre la capacidad levantina de cumplir sus requisitos. Tanto que no pocos protagonistas de la historia creen hoy que el paso por la elite, pese a ser motivo de orgullo eterno (“aquello era una fiesta cada fin de semana”, admite Faubel), fue más un sufrimiento que otra cosa y se quedan con los años previos al ascenso. La imperativa remodelación de Pla de l’Arc obligó a una situación impropia de un equipo profesional: “Con el ascenso empezó un calvario. Nos sacaron de Llíria, y lo mismo entrenábamos en Manises, que en Ribarroja, que en Valencia. Fue todo realmente complejo”, analiza García. Quizá la única buena noticia en esas fechas fue el patrocinio de la marca de ropa interior Ferrys, que supuso un notable espaldarazo para el primer curso en ACB, en el que los edetanos debutaron ante el Barça en su destierro en La Fonteta de la capital del Turia. Era aquella una ACB de 24 equipos en la que los de Casadevall –con un joven Nacho Rodilla estrenándose en el primer equipo- acabaron vigésimos y salvaron la categoría en el quinto partido de la primera eliminatoria del ‘playout’ por la permanencia ante el Gran Canaria. “Un logro tras todas las vicisitudes que pasamos”, subraya el jugador.

Se llegaba así a un segundo curso en la máxima categoría nacional en el que, sin embargo, todo iría a peor. Comenzar sorprendiendo al CAI en Zaragoza fue un espejismo para un Ferrys sin acierto con los fichajes extranjeros y sumido en enormes problemas económico que llegó a enlazar 17 derrotas consecutivas justo antes del que probablemente es el resultado más espectacular de su prolija historia. El 27 de diciembre de 1992 el Fútbol Club Barcelona visitó Pla de l’Arc ante un Llíria metido en su peor racha de siempre, pero capaz de invertir a partir de ese momento su devenir en la competición. La descollante exhibición del canterano culé Jordi Soler, autor de 32 puntos, hizo que los catalanes hincaran la rodilla (96-89) en un día inolvidable en el Campo de Turia. “Ganó el partido él solito”, reconoce entre risas Carlos García, que entiende que “llevábamos una racha muy mala y el Barça vino confiado, pero nosotros salimos con muchas ganas y pasó lo que pasó”. Ciertamente, a partir de ahí la dinámica valenciana cambió –un hecho para el que influyó también la posterior llegada del bosnio Nenad Markovic, otro de los nombres grabados en los libros de oro del club- y los de Casadevall sumaron nueve victorias en sus trece últimos partidos, lo que les permitió afrontar el ‘playout’ con factor cancha ante el Cáceres, algo casi inimaginable antes del icónico partido frente al Barça. Sin embargo, y pese a salvar una situación agónica ganando el cuarto encuentro en tierras extremeñas, la derrota en el quinto (62-68) ante los de Manel Comas hizo que la ACB acabara para siempre en Llíria.

Cantera, legado popular… Y Plata en el horizonte

Veintisiete años después de aquella infausta tarde de abril, el baloncesto sigue siendo relevante en Pla de l’Arc. Pese a haber dado demasiados tumbos, con dos clubes heredando al original, el Club Esportiú Basquet Lliria es el único equipo levantino en EBA que cobra entrada en todos sus partidos. Y tiene motivos para mantenerlo, pues no es raro ver un millar de personas en las gradas en un recinto que ha llegado a estar prácticamente lleno -4.500 espectadores- en sectores junior o fases de ascenso de 1ª Nacional. “En el pueblo hay dos grandes aficiones: la música y el baloncesto. Los mayores van porque no quieren perder la esencia de lo vivido y los jóvenes porque les han dicho que eso fue la leche. Por eso hay una gran afición”, cuenta Carlos García. La ACB nunca ha vuelto a estar ni cerca –una breve experiencia en LEB-2 entre 2006 y 2008 es el mayor nivel recuperado- pero el ‘groc i negre’ sigue siendo motivo para presumir en la ciudad.

“Tenemos separada la escuela, hasta infantiles, del club, a partir de cadetes. Para nosotros es muy importante la cantera. Por ejemplo en 1ª Nacional teníamos nueve o diez jugadores de Llíria, y ahora en EBA seguimos teniendo cinco”, explica un Vicente Faubel que admite que “la EBA es la realidad económica actual del club” pero que, sin embargo, no oculta que le gustaría crecer. “Los resultados son los que nos tienen que obligar a dar el paso cuando llegue el momento. Si ascendiéramos, haríamos el esfuerzo”, asegura. De hecho, desvela que “de cara a esta temporada por un momento nos planteamos la opción de jugar en Plata, porque Valencia Basket renunció a su plaza y había opción para los que íbamos detrás, aunque finalmente fue Jairis el que ascendió”.

Trasciende pues la intención de que, tras muchos años entre Nacional y EBA, el baloncesto edetano pueda dar algún pasito más en el medio plazo. De momento, su gran orgullo sigue siendo su gente. “Mantenemos en cierto modo esa filosofía en la que todo el mundo ayuda al club, participando en actividades, campañas, loterías… Ahora todo es más complicado, porque además entre Llíria y Valencia hay un club en cada pueblo, cuando antes solo estábamos nosotros”, explica el presidente, mientras observa en la sede del club las fotos que recuerdan que, aunque parezca mentira con la óptica de los tiempos actuales, su pueblo fue un día la gran capital del baloncesto valenciano.

Artículo publicado el 04/09/2020.

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