Cómo te echo de menos: Torrelavega, volviendo sobre los pasos del éxito

Cómo te echo de menos: Torrelavega, volviendo sobre los pasos del éxito

Lo que hemos vivido realmente es el baloncesto de Torrelavega. Cogíamos el tren e íbamos a verlo allí, porque el Vicente Trueba es el pabellón por antonomasia del baloncesto cántabro”. Javi Peña, director deportivo del Grupo Alega Cantabria, charla con Gigantes desde Santander, el otro polo de una rivalidad que en los últimos años ha traído en jaque al baloncesto de la comunidad autónoma. Desde que en 2002 el Lobos Cantabria bajara de la ACB, ningún equipo cántabro ha vuelto a tocar la elite. Entre medias, algún cambio de sede y proyectos baldíos para recuperar un recuerdo inolvidable, cuyo último giro de guion promete volver a la esencia: el representante autonómico en LEB Plata dejará el próximo curso Santander para jugar en Torrelavega, la auténtica capital del baloncesto montañés.

Fueron cinco temporadas las que la Comarca del Besaya se codeó con los mejores. Habían sido un soplo de aire fresco en el momento más oportuno. Tras el auge económico de los 70 y los 80, cuando Torrelavega fue un importante centro industrial, con los 90 había comenzado un progresivo declive que afectó al ánimo y la calidad de vida de los locales. Fue justo entonces cuando, en 1995, el deporte llegó como una gran tabla de salvación para la moral y se produjo la tormenta perfecta del baloncesto cántabro. En 1975 se había fundado el SAB (Sociedad de Amigos del Baloncesto), convirtiéndose pronto en el gran referente regional. A mitad de la década de los noventa ya era uno de esos equipos que están a las puertas de la ACB, y fue en 1997 cuando llegó su momento, con Quino Salvo al frente. El primer aviso, con la victoria en la Copa Príncipe de Asturias en el Trueba ya dejó claras las intenciones torrelaveguenses. Solo cuatro meses después, en uno de esos inolvidables quintos partidos por el ascenso, el Caja Cantabria tumbaba al Breogán de Lugo y la localidad encontraba, al fin, el gran premio a su eterno idilio con el deporte de la canasta. Todavía hoy cuesta a los que lo vivieron no emocionarse con los triples de Pedro Mateu aquella noche. “Se habría llenado un pabellón de 6.000 personas. Había 4.000 donde entraban 2.500 y además fuera se veía a través de los ventanales a la gente, habría unos 2.000 más. Recuerdo que hubo momentos del partido en los que buscaba a mis padres en la grada preocupado porque no les veía, no les encontraba. Era muy difícil distinguir nada entre tanta gente. Fue impresionante”, recuerda Ricardo González, ala-pívot con ocho años a sus espaldas en ACB, uno de los mayores nombres que ha dado el baloncesto cántabro. Natural de la vecina Villayuso de Cieza, pasó diez temporadas en el SAB tras ser captado en Los Corrales de Buelna. En Torrelavega estuvo desde cadete de segundo año hasta que se marchó al Breogán en el año 2000, y aún le tiembla la voz recordando ese 9 de mayo de 1997.

“La personalidad de Quino Salvo coincidía totalmente con la de Torrelavega. Como buena ciudad industrial, allí se entendía el deporte a través del esfuerzo y el sacrificio. Igual que en la vida, hay que ir a trabajar muy duro para ganar dinero. Y Quino no fue seguro el mejor entrenador que he tenido, pero sí el mayor motivador. Era un tipo entrañable al que tenías que querer, y generó esa personalidad en el equipo, muy escudado por Nacho Cobo, el gerente, que también tenía una personalidad muy fuerte. El contrapunto en el club lo ponía Nilo Merino, alguien muy correcto políticamente, vinculado a la sociedad cultural y que sumaba unos valores al equipo de mucha calma. La sinergia de todos fue clave”, asegura González. Aquella estructura y toda la sociedad lograron lo que no era nada fácil y el sueño se rubricó también en los despachos: “Fue de esas veces que, visto hoy, piensas que algo falla en la sociedad actual. Todo el mundo se volcó durante tres meses: las empresas de construcción ampliaron el pabellón, el club se hizo SAD, las administraciones públicas buscaron ayudas con el papel fundamental del alcalde, Javier López Marcano. La sociedad se entregó para sacarlo adelante y nadie empezó con el famoso ‘¿qué hay de lo mío?’ que hoy está tan de moda”, presume orgulloso el cántabro, actual representante de jugadores.

Harstad y Jackson

El influjo positivo de la llegada al máximo nivel y el ‘boom’ de la pelota naranja se inyectó a fondo en Torrelavega. El primer triunfo en ACB llegó en la tercera jornada (104-84 ante el Gran Canaria), con 40 puntos de un nombre que ya fue crucial en el ascenso y cuyo legado se guarda en letras de oro entre los recuerdos que pueblan el Vicente Trueba: Bob Harstad. Sobre él, su excompañero Ricardo González se deshace en elogios: “Fue quien le dio el salto al equipo, realmente quien cambió la dimensión del club. Un faro a todos los niveles, con una relación con la comunidad enorme. Recuerdo por ejemplo que era muy católico e iba a misa todos los domingos, o que entrenaba en un gimnasio y trataba con todo el mundo de forma muy llana y sincera, porque además hablaba español perfectamente. Compró la cultura de la ciudad y el país”. En aquella primera temporada, el Caja Cantabria logró evitar el último ‘playoff’ por la permanencia (fue 14º con 12 victorias), justo antes de que la ACB lo eliminara. No le vino mal esa decisión, pues en dos de los tres siguientes cursos la salvación se rubricó en una posición que, anteriormente, habría dado acceso a dicha eliminatoria. Consolidada en la cancha la plaza en la cúspide nacional, la llegada del empresario Ciriaco Díaz Porras pareció suponer un espaldarazo más en el afianzamiento social. Se dio al club una nueva imagen, muy a la americana, pasando a ser ‘Los Lobos’, pero lo cierto es que el mandatario no tenía en su fuero interno ese componente emocional que tanto éxito había dado al club. Lo trataba como una empresa y, a la larga, se iba a notar. Por más que aún quedasen muchas tardes de disfrute en el Trueba.

Fue en los albores de 1999 cuando llegó a Torrelavega otro nombre capaz de cambiar casi por sí mismo el destino de un equipo: Marc Jackson había sido un notable ‘prospect’ en Estados Unidos que cayó hasta el puesto 38 del draft y se estrenó como profesional jugando a gran nivel en el Tofas Bursa turco. Meses después, tras superar una lesión, encontró en Cantabria la perfecta lanzadera a su carrera. “Su ambición clara era llegar a la NBA y en ese momento se juntó su necesidad con la del club. Él buscaba exposición y el equipo alguien que le diera un salto de calidad y personalidad para mantener la categoría. De no ser por esa necesidad nunca habría jugado en Torrelavega. Lo cierto es que cambió muchas cosas y fue el soporte para mantener al equipo en ACB durante dos años. Tenía una gran cultura del entrenamiento, lo primero que hizo fue pedir las llaves del pabellón e iba todos los días. A mí, que iba con él, me hizo crecer mucho. Me enseñó a trabajar más que nadie para conseguir tus retos”. Jackson se convirtió en el héroe del Trueba durante dos cursos en los que alcanzó tres nominaciones de jugador de la semana. 21’3 puntos y 9’3 rebotes en la primera temporada. 18’6 tantos y 8’3 rechaces en la segunda, tras un efímero paso por un Efes Pilsen en el que fue menos feliz que en Cantabria, a la que volvió para volver a erigirse en héroe del Lobos. Sus dos advenimientos se produjeron con el equipo en la zona de descenso, concluyendo el curso con la permanencia firmada, antes de que el de Filadelfia pasara ocho temporadas consecutivas en la NBA.

Para aquel entonces, los problemas económicos y sociales ya formaban parte del día a día de los torrelaveguenses, que llegaron a la línea de salida de la ACB 2000-01 casi sobre la bocina y con un equipo de circunstancias. Tras esquivar la desaparición, el inicio del curso no fue nada halagüeño de lo que estaba por llegar (105-62 ante Unicaja). En el banquillo ya se sentaba Dani García, que había reemplazado a Quino Salvo en febrero del curso previo. La llegada de veteranos como Santi Abad o Dani Pérez, así como del americano Lewis Sims, permitió al Lobos llegar a la última jornada dependiendo de sí mismo para salvarse. Tras vencer al Canarias Telecom, y con apenas 10 triunfos en todo el ejercicio, se certificó la permanencia en la ACB por última vez. La temporada siguiente sería la definitiva en la elite, y ni la llegada del veterano Moncho Monsalve al banquillo ni el gran rendimiento del base Mike Iuzzolino evitaron lo que ya se esperaba, rubricándose la crónica de un descenso casi anunciado desde meses antes.

A partir de la bajada desde la ACB, la inestabilidad se convirtió en seña de identidad de un club que en el verano de 2004 abandonó Torrelavega de camino a la capital, Santander. Se buscaba, amén de jugar en un pabellón más grande, un mayor impacto que atrajera a patrocinadores, pero la apuesta resultó errónea, pues el club había perdido definitivamente su alma. Tras seis temporadas en LEB Oro y una en LEB Bronce con la entidad ya agonizando, lo que quedaba del histórico SAB echó definitivamente abajo la persiana. En esos siete cursos, tan solo en el 2006-07 con Pablo Laso en el banquillo, Cantabria llegó a soñar de verdad con recuperar la ACB. Sin embargo, la lesión de Cuthbert Victor llegó en el peor momento y los santanderinos, tras ser primeros en la liga regular, cayeron en la primera eliminatoria por el ascenso ante el Ciudad de Huelva.

En busca de la identidad perdida

En 2020, el máximo exponente del baloncesto cántabro es el CD Estela, fundado en Santander en 1999 y que, con la próxima, cumplirá su tercera campaña en LEB Plata bajo el patrocinio de Grupo Alega. Lo hará, paradójicamente, recorriendo el camino inverso al que hizo el Lobos en su día. Ante la dificultad de tener una masa social consistente en la capital de La Montaña, el club acaba de rubricar su traslado a la capital del Besaya, buscando en cierto modo recuperar el legado de los años dorados del baloncesto local. De la obligación de jugar en el Vicente Trueba un partido ante Basket Navarra por estar ocupado el palacio santaderino durante el Carnaval surgió la oportunidad: “Estábamos acostumbrados a jugar con 300 aficionados en la grada, y tuvimos que disputar ese partido en Torrelavega. De pronto, había 1.200 personas. Por ello decidimos jugar también la fase de ascenso a Oro en el Trueba, y en el único partido que pudimos disputar antes de la pandemia, frente al Barça B, hubo 1.500. Así que lo vimos claro. Queremos jugar en el mejor campo que hay en Cantabria para el baloncesto y recuperar a la afición que empujó al SAB hasta la ACB, porque queremos que de nuevo un equipo de Torrelavega sea el máximo exponente autonómico”, valora Javi Peña.

Ricardo González, que sigue hoy muy vinculado al baloncesto cántabro, también está a favor de la decisión: “Si un día el baloncesto puede crecer en Cantabria, tiene que ser en Torrelavega. El liderazgo ha estado descabezado y se necesita aunarlo de nuevo, como pasó en los 90. Allí nadie se planteaba quién era el líder. Si se logra eso, no sé si se volverá a la ACB, pero sí a un proyecto sano desde la emoción para conseguir la identidad. La gente tiene ganas, pero hay que mostrarle esa identidad”, matiza el exjugador.

Por el momento, y pese a los tiempos que corren, la apuesta torrelaveguense parece total por su nuevo equipo. Baste un ejemplo que cuenta Javi Peña para ilustrarlo: “Cuando jugamos contra el Barça había un reloj de 24” estropeado. Mandaron a dos operarios del ayuntamiento a Valencia a por uno nuevo y lo montaron a las 5:00 de la mañana justo antes del partido, que era domingo a mediodía”, presume el directivo, quien asegura estar encantado con “el apoyo que estamos recibiendo” desde la ciudad. “Estaban como locos por traer de nuevo el baloncesto de nivel”, subraya.

No faltan guiños al pasado, pues el alcalde actual, Javier López Estrada, es hijo del que lo fuera en los años de vino y rosas del SAB, Javier López Marcano. En esa línea, el club también ha remodelado su imagen recientemente, con un nuevo logo diseñado por su community manager, Hugo Gómez, que recoge a la perfección la esencia de la vuelta a los orígenes. “Buscábamos hacer un guiño a la antigua afición, al equipo que le robaron, y la foto más emblemática es la del ascenso a la ACB, con Miguel Ángel Cabral aupado por varios aficionados. Una imagen que fue incluso la portada de un libro sobre aquel hito que es la parte central del logo, y luego hay dos guiños más, uno con las rayas verdes y rojas, los colores de Torrelavega, y otro con el blanco arriba y el rojo abajo, como la bandera de la comunidad”, explica el director deportivo.

Son tiempos de esperanza para el baloncesto en Cantabria, con un Estela cuyo discurso es ambicioso. “Hemos estado interesados en una plaza en LEB Oro para esta misma temporada, pero dada la situación hemos preferido esperar tras perder algún patrocinador”, explica Peña, quien no oculta que “el objetivo es ganar el máximo de partidos e intentar subir a Oro. Para dar ese paso necesitaríamos algún apoyo más, pero no mucho más. La ACB ya son palabras mayores, pero por qué no soñar, a medio plazo sí lo veo. Queremos estar cuanto más arriba mejor, pero necesitamos esos apoyos que en su día tuvo el SAB”. Ricardo González, por su parte, se suma a ese carro de los soñadores: “Hay que volver a vivir ese viernes noche o sábado tarde en los que el baloncesto era el evento deportivo que generaba movimiento”, expone. El ciezano es miembro de una asociación de veteranos que guarda el legado de la canasta torrelaveguense, con nombres como Manu Gómez, Chus Cruz o Luis Merino, entre otros. “Son gente relevante en el baloncesto regional de la que sería bueno que este nuevo proyecto tirara, porque tienen muchos contactos. En el confinamiento se tardaron dos días en conseguir 10.000 euros para comprar alimentos para las familias necesitadas, porque son gente que vive la ciudad a diario”, explica el ala-pívot. Un guante que recoge Peña desde su posición en el club, descubriendo además un deseo oculto: “Estamos en contacto y encantados de contar con ellos. Muchos vinieron al partido contra el Barça. Lo que a mí me gustaría es, antes de un partido, organizar uno de ellos contra los veteranos del Madrid o algo así”. Desde luego, pocos gestos podrían recordar mejor a aquellos cinco años en los que en el Trueba un equipo orgulloso defendió a Torrelavega entre lo más granado del baloncesto patrio.

Texto publicado el 21/08/2020.

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