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«Hablando con Dios». Sixto Miguel Serrano y sus entrevistas con Michael Jordan (Parte 6)

«Hablando con Dios». Sixto Miguel Serrano y sus entrevistas con Michael Jordan (Parte 6)

Artículo originalmente publicado en la revista Gigantes del Basket

– «Hablando con Dios», Parte 1
– «Hablando con Dios», Parte 2
– «Hablando con Dios», Parte 3
– «Hablando con Dios», Parte 4
– «Hablando con Dios», Parte 5

Otra vez pasé (1 de noviembre) mi cumpleaños, el 30 esta vez, en Estados Unidos, gran lugar para celebrarlo, porque amo profundamente ese país que siempre me trató tan bien. Trabajaba en el diario El Sol y me pareció buena idea repetir lo que Fernando Laura y yo habíamos hecho en las revistas: cubrir el inicio de la temporada.

Mi primera parada de la gira fue Chicago. Mis entrañables Albeck vinieron desde Peoria, donde Stan seguía entrenando a Bradley. Con ellos fui al Chicago Stadium a ver el debut de los Bulls. Era ante Philadelphia, así que Albeck se encontró con Hersey Hawkins, escolta de los Sixers al que había dirigido en Bradley, y con Michael Jordan, al que tuvo en los Bulls.

Yo también aproveché el tiempo. Hice la crónica, ganaron los Sixers, y entrevisté a Charles Barkley (37 puntos, 10 rebotes, 5 asistencias). Él no se acordaba de mí, pero yo sí de él. Cinco años antes, en la liga de verano de los Nets de Martín, Barkley acudió a Princeton a ver algunos partidos y le pedí un autógrafo para mi hermano Sebas, que me firmó con mucha amabilidad. La misma con la que me trató en Chicago.

Stan le dijo a Jordan que yo estaba en la ciudad. “Me gustará mucho encontrarme con Sixto, hace tiempo que no le veo por aquí”, le contestó. “Esperadme en la cancha después del partido”. Tras entrevistar a Barkley, me reuní con Stan y Phillys y aguardamos a Jordan. Venía con su esposa, Juanita, embarazada del segundo hijo, Marcus, nació en diciembre, y con el mayor, Jeffrey, de dos años, que sonreía todo el rato.

Michael me presentó a Juanita, que me pareció muy simpática. Estuvimos hablando los cinco en una esquina del parquet del Chicago Stadium. Phyllis había traído una cámara y le pidió a Michael que nos hiciera una foto a Stan, a ella y a mí, quería ese recuerdo. Es la que ilustra este texto. No se me ocurrió hacerme una con él y ahora la echo de menos, pero, como me dice Laura, respetábamos tanto a todos estos jugadores que tan bien se portaron con nosotros, que nunca les pedimos una foto que no fuera profesional, “sólo nos preocupábamos por hacer nuestro trabajo lo mejor posible, por eso ellos también nos trataron con tanta amabilidad siempre”.

Me quedé un par de días más en Chicago, esperando que los Bulls regresaran de Washington, donde perdieron ante los Bullets, para entrevistar una vez más a Jordan. Y en esa entrevista me adelantó que Chicago ganaría el anillo esa temporada.

Volví a ver a Michael en los partidos de la final de la NBA ante los Lakers. Los Bulls perdieron el primero, en Chicago, pero ganaron el siguiente, antes de volar a Los Ángeles (formato 2-3-2). Chicago también ganó el tercero y el cuarto. Un día antes del quinto, hablé con Jordan y me dio otra primicia: “Creo que la serie acabará en Los Ángeles”. Los Bulls ganaron, lo había anticipado su estrella, ese quinto partido y Michael Jordan ganaba su primer anillo de campeón (le esperaban cinco más, para completar seis, como artículos ha tenido este serial dedicado a él).

Tras la rueda de prensa, lo saludé brevemente en el vestuario, le felicité y nos dimos un abrazo de despedida. Su primer anillo fue mi último trabajo en la NBA, mi vida profesional tomó otros derroteros.

Por eso no pude visitar su primer restaurante, que abrió en 1993 en Chicago. De haberlo hecho, habría sentido una gran emoción ver en una vitrina en lugar prominente la entrevista que Fernando y yo le hicimos en aquel lejano octubre de 1985, la primera de las cuatro que tuve la suerte de hacerle y, como él nos dijo, “la primera que me hacen periodistas extranjeros”. Tanto cariño le tuvo y tanto respetó nuestro trabajo, que la expuso en su restaurante. Me lo contaron compañeros que sí cenaron allí y la vieron, como Nuria Pombo (El Independiente), Miguel Ángel Barbero (ABC) y José Manuel Fernández (El Mundo Deportivo). Ese tremendo honor que Jordan nos concedió a Fernando, tampoco pisó nunca el restaurante, y a mí es el premio más grande que nunca nos dieron.

No he vuelto a ver a Jordan, pero nunca olvidaré su educación, respeto, simpatía, amabilidad, cordialidad y elegancia. Siempre le agradeceré el tremendo cariño con el que me trató en todo momento. Michael Jeffrey Jordan es el mejor deportista de la historia. Yo, que tuve la inmensa suerte de tratarle mucho durante siete años, puedo decir que, como persona, es todavía más grande.

Cuando César Nanclares, mi ex compañero en Canal Plus en muchas madrugadas de NBA, fue nombrado director de esta revista, me hizo una propuesta. “Me gustaría mucho que escribieras esas historias que contabas en los partidos o me contabas a mí cenando antes de empezar las retransmisiones. Las escribes como te dé la gana, en primera persona, reflejando las anécdotas que viviste con las grandes estrellas de la NBA de los ochenta”. Confieso que no me sedujo la idea, me daba pereza volver a escribir después de tantos años y estuve a punto de negarme. Pero pensé que utilizaría mis textos para agradecer a tantos personajes míticos del baloncesto (NBA y Europa) de aquellos tiempos el extraordinario trato que me dispensaron y que nunca olvidaré.

Le dije a Nanclares que las de Michael Jordan las dejaría para el final. Quería que el más grande pusiera el colofón a mis recuerdos de otro tiempo. Y que, como me habían ocurrido tantas cosas buenas con él, no podría condensarlas en un único artículo. “Necesitaré varias entregas para contar mis aventuras con Jordan, las haré en plan serial”, le concreté. “Mejor, cuantas más mejor. Un serial titulado Hablando con Dios, ¿no?”, me contestó. La verdad es que me gustó el título, pero mentalmente lo rechacé de inmediato, muy a mi pesar. Yo soy creyente cristiano y no utilizo Su Nombre en vano. Pero fue pasando el tiempo y llegó el momento de escribir mis aventuras con Michael, esas que finalizan, como mis colaboraciones con Gigantes, hoy. Y después de pensarlo, decidí utilizar el título divino. Sé que Él estará contento y me agradecerá desde Sus Alturas que le haya relacionado con el más grande. De hecho, una noche se dio el capricho de disfrazarse con el uniforme rojo de Chicago Bulls, número 23. Fue en el Boston Garden y Larry Bird le descubrió. Dios también es seguidor de Michael Jordan.

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