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Pistol Pete Maravich, genio incomprendido y leyenda póstuma

Pistol Pete Maravich, genio incomprendido y leyenda póstuma

Pocos jugadores tienen un halo de leyenda tan grande como el de Pistol Pete Maravich, a quien se señaló en vida y se veneró tras dejarnos

No pocos jugadores a lo largo de la historia han visto como su nombre iba frecuentemente acompañado de la frase «ha cambiado el baloncesto». Algunos producto de la época, otros por tener un talento especial. Algunos lo merecían y otros no. Pistol Pete Maravich era de los primeros. El base de Pensilvania, hijo de inmigrantes serbios nacido en 1947 rompió los cánones del deporte de la canasta de principio a fin. Fue, simple y llanamente, un genio, un prestidigitador del balón y, sobre todo, alguien obsesionado con la perfección. El «se divertía y divertía» se le quedaba corto. Pistol fue uno de los mayores innovadores que han pisado una cancha. Un visionario que sentó las bases del baloncesto que años y años después maravilló a fans que alucinaban (alucinan) con sus contemporáneos desconociendo las raíces. Cuando falleció en 1988, a los 40 años, nos dejó mucho más que un adelantado a su tiempo. Nos dejó alguien que entendía este deporte como muy pocos… como ninguno.

La leyenda de Pete Maravich se empezó a escribir en sus años universitarios. Para muchos expertos y aficionados, Pistol fue el mejor jugador de college de la historia. Sus números en su primer año en la NCAA fueron un auténtico escándalo, promediando 43.6 puntos por partido en LSU. Unas cifras que se quedaron incluso cortas en su último curso antes de dejar el baloncesto amateur, cuando firmó 44.5 puntos, 5.3 rebotes y 6.2 asistencias. Todo esto poniendo su sello a varios de los records NCAA más importantes de todos los tiempos y obligando a que se fuese extendiendo la alfombra roja por la que entraría a la NBA.

Llegó para cambiar la NBA…

Los Atlanta Hawks le eligieron en el Draft de 1970 en el puesto número 3. El conjunto de Georgia se llevaba al máximo anotador de la historia de la NCAA y al dos veces Jugador del Año en el baloncesto universitario. Un anotador incansable y, sobre todo, espectáculo puro con el balón en sus manos. Pete Maravich daba pases que nunca antes se habían visto, hacía crossovers que ni se imaginaban y dejaba pasmados a sus defensores como si los hubiera hipnotizado. Era el jugador perfecto para dar un nuevo toque y juventud a una plantilla que necesitaba un soplo de aire fresco. Todo parecía perfecto, a excepción de los primeros atisbos de un problema que marcaría la carrera de Pistol y que empezaba a aflorar por aquella época: el alcohol. Una adicción que le perseguiría durante toda su edad adulta y que le servía para refugiarse (y autodestruirse) cada vez que se consideraba un incomprendido por su estilo de juego.

…y se ahogó en su propia autodestrucción

Debido a dicho asterisco, las lesiones y a una tendencia a pensar que Pete Maravich se excedía en agasajo del balón y los movimientos innecesarios, el jugador fue traspasado a los New Orleans Jazz después de cuatro temporadas en los Hawks. En NOLA brilló por encima de lo mucho que ya lo hizo en Atlanta, llegando a firmar la media anotadora más alta de toda su carrera, con 31.1 puntos por partido en la temporada 1976-77. Sin embargo, a partir de aquella campaña, Pistol fue hacia abajo, estadística y personalmente. Se mudó con los Jazz a Utah para la temporada 1979-80, en la que las lesiones y un problema crónico de rodilla sólo le permitieron disputar 43 partidos. Jugó 17 de ellos en Utah antes de ser colocado en la lita de waivers y acabar en los Boston Celtics para vestirse de corto en otros 26, antes de colgar las botas con sólo 32 años.

El destino fue más caprichoso que nunca con Pistol Pete. Durante sus años como jugador profesional, Maravich declaró en una entrevista «no quiero jugar al baloncesto hasta los 40 años y morirme de un ataque al corazón». Edad a la que precisamente perdió la vida durante una partido entre amigos, cuando su corazón dijo basta, nueve meses después que su amado padre y catorce años después del suicidio de su madre. Nos dejaba, de un plumazo, el jugador que fue relativamente incomprendido y al que se reconoció después de muerto que personificó él solo el concepto showtime antes de que los Lakers liderados por Magic Johnson lo expandiesen a lo largo y ancho del Globo. El anotador compulsivo que quemó las redes de las canastas de la NBA ante de que Michael Jordan y compañía se portasen la etiqueta de anotadores letales. El mago que sentó las bases del juego con el que Jason Williams maravilló a una generación huérfana de estrellas. Nos dejaba un jugador irrepetible. Copiable, pero absolutamente irrepetible.

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