Tim Duncan: La larga era del hombre tranquilo, por Antoni Daimiel

Tim Duncan: La larga era del hombre tranquilo, por Antoni Daimiel

Artículo originalmente publicado el 17 de junio de 2014

Ante la pregunta doble de qué hubiera sido de Duncan sin Popovich y de Popovich sin Duncan decido escribir esta semana sobre el pívot caribeño. La mayoría de biografías sobre Tim Duncan arrancan a finales de abril de 1976 cuando la partida de nacimiento marca la llegada al mundo del mejor cuatro en la historia del baloncesto. Sin embargo, justo 59 años antes ocurre un hecho decisivo para que su carrera circulara por la autopista que le ha convertido en casi un mito viviente. Fue un 17 de enero de 1917, el día en el que Estados Unidos compró el territorio de las Indias Occidentales Danesas por unos 25 millones de dólares. Nada más adquirir este conjunto de islas, apenas pocas semanas después, el Departamento de Comercio encarga un exhaustivo informe sobre el nuevo archipiélago que acababan de comprar. Eugene F. Hartley, un estadístico del gobierno, fue el encargado de redactar un informe, que gracias a la digitalización de documentos se puede consultar íntegro en internet. Hartley cuenta las vicisitudes de la administración estadounidense para hacerse con las islas, algo que ya pretendía Abraham Lincoln justo unos meses antes de su magnicidio en 1865.

450686146Con los años, Duncan ha cumplido el mantra, que su madre Ione le repetía cada vez que lo acompañaba a competir: “Primero bueno, luego mejor y finalmente el mejor. Nunca pares hasta que de bueno pases a ser mejor y de mejor al mejor”. Escuchaba ese proverbio maternal antes de sumergirse a nadar en la piscina olímpica de la isla de St. Croix. Allí soñó con imitar a su hermana Tricia, que llegaría a ser olímpica en Seúl 1988. Tim se puso como objetivo poder participar como nadador en los Juegos Olímpicos de Barcelona. Que juguetón hubiese sido el destino si hubiese juntado en la misma ciudad al mejor equipo de baloncesto de la historia, con un nadador que sin duda, conociendo hoy su bagaje, hubiera tenido un sitio entre esos 12 magníficos. Pero se dieron circunstancias para aquello no se produjera: un huracán (Hugo), que destruyó la piscina en la que entrenaba, su miedo a los tiburones (los entrenamientos se trasladaron al mar abierto) y la muerte de su madre por un cáncer de mama. De las pocas cosas que Hugo no arrasó fue la casa de la familia Duncan. El patriarca, William, era un experto albañil que se preocupó de construir una a prueba de huracanes. Entre el mobiliario que sobrevivió a los vientos huracanados se encontraba una canasta de baloncesto, enviada por su hermana un año antes.
Allí, junto con el marido de su hermana, ex jugador universitario, descubrió su nueva pasión. Ello coincidió con un estirón a los 15 años que transformó su físico de deportista acuático a terrestre. Todo estaba ya en su sitio para iniciar el camino hacia el trono. De pueblo en pueblo comenzó a escucharse la historia de un chaval que jugaba al baloncesto como los ángeles, luego de isla en isla para atracar finalmente en Estados Unidos. En su búsqueda de un interior para acompañar a Randolph Childress y Rodney Rogers, el entrenador de Wake Forest, Dave Odom, tuvo noticias de lo que estaba pasando en la isla de St.Croix. Bueno en realidad no fue del todo así. Una selección de jugadores estadounidenses hizo una gira de exhibición por el Caribe y uno de los participantes, el ex Wake Forest Chris King, que la temporada anterior había jugado en el C.B. Málaga, le habló a Odom a cerca de un pívot que le jugó de tú a tú a Alonzo Mourning:

Coach, había un chico de unos 2.05 m y unos 85 kg, muy joven.
¿Edad?
No sé.
¿Su nombre?
No me acuerdo.
¿En qué isla?
Ni idea.

Unas semanas después Duncan llegó al campus de Wake Forest.

Su peor partido en la universidad fue el primero, quizá uno de los pocos en toda su carrera en el que no consiguió anotar, a partir de ahí llegó una progresión exponencial que llevó a Rick Pitino a ordenar un tres contra uno el día en que Kentucky evitó que Duncan viviera una Final Four universitaria. De aquella época data también un noviazgo que sobrevivió a las tentaciones que se le presentan a un flamante número uno del draft. Amy decidió poner tierra de por medio y testar las intenciones de su prometido en esos primeros meses. El peaje del ya 21 de los Spurs fueron cuatro o cinco llamadas al día: antes y después de los entrenamientos, nada más llegar a una ciudad para jugar… En aquellos días su agente Lon Babby decía: “Son un verdadero matrimonio, estarán junto 30 años”. Su olfato como consultor sentimental no funcionó. Ahora, es Vanessa Macias la que le acompaña, en una demostración más de que los polos opuestos acaban colisionando. Una chica extrovertida, con querencia a las cámaras y con un punto de gladiadora cuando alguien osa discutir el legado de su chico. Todo lo que Duncan calla, Vanessa lo expresa.

Duncan llegó a la NBA, a San Antonio, a unos Spurs que habían perdido 62 partidos la temporada anterior y que con él como novato alcanzaron las 52 victorias. Pocas veces ha ocurrido una transformación tan instantánea en la historia de la liga: de don nadie a aspirante al título en unos cuantos meses. Todavía faltaba algo: maridar esa sencillez con el liderazgo. El primero que inició el proceso fue Gregg Popovich. Huérfano de galones en la pista por las lesiones de David Robinson y Avery Johnson, hizo de la desgracia oportunidad. Trilló un surco que parecía baldío para sembrar carácter de líder en una tierra que parecía poco propicia para ello. “Soy un buen mezclador, pero no un líder”, proclamaba Duncan. A pesar de la incredulidad del principal involucrado, Popovich insistió porque entendió que era la única manera de que su equipo creciera.

450688374Todo ese proceso estuvo a punto de quedarse a medias en el verano de 2000. Después de tres temporadas en la NBA, tres All Stars y un anillo, Tim Duncan se convirtió en el agente libre más codiciado y Orlando Magic le puso el caramelo en la boca. Consiguió margen salarial después de la salida del equipo de Bo Outlaw, Corey Magette, Matt Harpring, Ben Wallace, Chauncey Billups y Darrell Armstrong en busca del sueño de juntar en Florida a Grant Hill y Duncan (que compartían agente). John Gabriel, el general manager de los Magic, ofreció a Duncan 67.5 millones de dólares por seis años. Invitó a Tim y a Amy a una visita a Orlando, les recibió en el aeropuerto con una pancarta del tamaño de medio campo de fútbol y asistieron a una gran sesión de fuegos artificiales que finalizaron con una frase trazada a surcos multicolores en el cielo: “Concédenos el deseo, Tim”. Los Magic involucraron hasta a Tiger Woods en el afán de reclutar a Duncan. Tim parecía convencido pero se cuenta que fue Amy quien desestimó la opción de cambiar de aires, parece ser que por la negativa del entonces entrenador del conjunto de Orlando, Doc Rivers, a que las mujeres de los jugadores viajaran en el charter del equipo. Duncan finalmente renovó en San Antonio, donde 14 años después presume de cuatro anillos más de campeón.

Esta es, a vuela pluma, la historia del ala-pívot que, como decía Andrés Montes, ya pertenecía al siglo XXI cuando aún no había acabado el XX. Se trata, por tanto, de una biografía llena de esplendor, pero que a casi nadie que ha seguido su trayectoria desde su aterrizaje en la NBA le ha pillado por sorpresa. La grandeza a la que estaba destinado Duncan era bastante evidente desde muy pronto. Un hombre que parecía adelantado a su tiempo, pero con un baloncesto académico y ortodoxo. De tiro a tablero, reverso y gancho: viejos modos para un tiempo nuevo. Comenzaba la era del hombre tranquilo, de Mister Fundamento. “Todo lo que hago es básico y eso no vende”, dijo una vez.

Ese título tan rimbombante de mejor cuatro de la historia hay que llenarlo de razones: cinco títulos de campeón de la NBA, tres MVP de las finales, dos MVP de la temporada, quince presencias en el All Star Game, con un MVP, diez presencias en el mejor quinteto de la temporada, ocho en el mejor cinco defensivo y rookie del año en 1998. Una catarata de argumentos que ahoga cualquier posibilidad de que otro jugador en su posición (Kevin Garnett, Barkley o Karl Malone) le discuta su supremacía.