Hoosiers. La historia de Bobby Plump

Hoosiers. La historia de Bobby Plump

Ayer jueves, a horas poco cinéfilas, laSexta3 emitía la mítica ‘Hoosiers’, posiblemente la mejor película de baloncesto que se ha hecho y se hará. La respuesta de los frikis del basket -que seremos pocos, pero muy pesados- fue llenar Twitter de comentarios, sensaciones y recuerdos. Tanto que ‘Hoosiers’ llegó a ser Trending Topic en España. Un hito pasajero, una anécdota y la demostración del poder que tienen los lugares comunes.

Algo especial hay en ‘Hoosiers’ para que técnicos, jugadores, periodistas y aficionados la vean por enésima vez con los mismos ojos de niño que la primera. Y es que aunque no sea un retrato hiperrealista de nuestro deporte, sí tiene los ingredientes adecuados y una serie de escenas y diálogos memorables. Un entrenador duro, ese primer día de entrenamientos, la formación de una identidad de equipo, la épica, el inevitable duelo ante un rival mejor, la canasta ganadora en el último segundo…

Mucha gente sabe que la película está basada en una historia real, pero no cuánto de fiel a los hechos es. Durante el Mundial de Indianapolis 2002, los enviados especiales de Gigantes José Luis Mateo y Carlos Candel buscaron al verdadero Jimmy Chitwood por la ciudad y lo encontraron no en el Hinkle Fieldhouse, el pabellón de la Universidad de Butler donde discurrió, en la realidad y en la ficción, la mítica final estatal de 1954, sino en el restaurante Plump’s Last Shot, parada obligatoria para aficionados al basket.

Porque Chitwood en verdad se llamaba Bobby Plump, un héroe reconocido en todo el estado de Indiana por llevar al instituto Milan High (no Hickory) al título. “Los cambios de la película no nos molestaron en absoluto. Lo importante sí está perfectamente reflejado”, contaba Plump en un delicioso reportaje que fue publicado en el número 897 de Gigantes. Pero lo cierto es que las diferencias eran notables. Ni su entrenador Marvin Wood era un sargento de hierro (“Vivimos puerta con puerta hasta que falleció en 1998. Era muy religioso, tenía un carisma extraordinario y nunca alzaba la voz”), ni tuvo tantos problemas para conformar un equipo como Gene Hackman. “En su primer año, 58 alumnos [de los aproximadamente 115 que había en el centro] se decantaron por jugar al baloncesto”. El instituto Milan era solo para chicos y el verdadero Plump era mucho más locuaz que el silencioso Chitwood, que no tiene más de diez líneas de diálogo en toda la película.

Todo eso se le perdona a ‘Hoosiers’. Incluso que el balón se les salga del plano en prácticamente todos los tiros o que los jugadores fueran virtualmente infalibles. En uno de esos estudios frikis que pululan por la red, la web deadspin.com (http://deadspin.com/5782785/an-advanced-statistical-analysis-of-jimmy-chitwoods-basketball-performance-in-hoosiers) extrajo la estadística de Jimmy Chitwood durante todo el filme: 20 de 23. Bastante impresionante.

Lo que sí se retrató con bastante fidelidad fue la última e inolvidable canasta. Plump la relataba así. “En el tiempo muerto, cuando Marvin preguntó que quién iba a tirase el último tiro se hizo el silencio. Aquel había sido uno de mis peores encuentros, pero no tuve ninguna duda: Ese balón era para mí”. Y lo fue. Como entonces no había reglas sobre la duración de cada ataque, Chitwood/Plump retuvo el balón el minuto entero que quedaba tras el tiempo, hasta que inicio la acción de tiro a 6 segundos. “Arranqué por la derecha amagando con penetrar a canasta y me levanté en suspensión”. El resto lo tenemos todos en la cabeza. La canasta que todo el que ha jugado alguna vez al baloncesto ha soñado con protagonizar. Quizás ahí reside la magia de ‘Hoosiers’: que nos hace soñar.