Álex Abrines: “Mi gran triunfo ha sido retirarme en paz”
Entrevista en profundidad con Álex Abrines repasando su carrera, sus mejores momentos y los más complicados
La carrera de Álex Abrines (Palma de Mallorca, 32 años) ha sido un precoz desafío baloncestístico y una lucha por ser dueño de su destino. Un partido que acabó con la victoria de retirarse feliz y en paz.
Una historia de amor por un deporte que en ocasiones se le volvió hostil; y por su mujer, Carla, que siempre le ha acompañado en todas las vicisitudes de un viaje apasionante. Del patio de La Salle en Palma a Oklahoma City; del Carpena de Málaga, al Palau en Barcelona.
En su palmarés, tres Ligas, tres Copas y una Supercopa con el Barça; y un oro U18, un bronce europeo y un bronce olímpico con la Selección. En su currículum, la medalla de aprender a domar la presión para alcanzar una madurez serena.
Entrevista publicada originalmente en la revista de diciembre de 2025 que puedes conseguir aquí
Gigantes: El 7 de noviembre, antes del clásico de la Euroliga, recibió el homenaje del Barça y la ovación del Palau tras retirarse en julio, ¿qué sintió?
Álex Abrines: Fue un honor y un orgullo. Mi último partido fue en Málaga y no había podido despedirme de la que ha sido mi casa y mi afición durante 10 años. Me vinieron a la mente muchos recuerdos bonitos, de victorias con el Barça y, sobre todo, de los momentos compartidos con grandes compañeros y amigos. Poder hacerme esa foto de despedida con muchos de ellos fue emocionante.
G: Se ha retirado muy joven, antes de cumplir los 32 años.
Á. A.: Desde que tomé la decisión tiré pa’lante con ella. Tuve dudas al principio, pero algo dentro de mí me decía que había llegado el momento. Después de hacerlo oficial no he vuelto a echar de menos ni el juego ni la competición, si acaso a las personas. No echo nada de menos el baloncesto. Fue bonito mientras duró, un sueño cumplido durante 15 años, pero ya es una etapa cerrada.
G: ¿Cómo empezó todo?
Á. A.: La afición por el baloncesto me la inculcó mi padre, que también fue jugador profesional [Gabriel Abrines, que jugó cinco temporadas en la ACB entre 1989 y 1997]. Lo viví desde pequeño en casa. Usaba cualquier cosa para hacerme una canasta y jugar a encestar. Pero luego me costó mucho empezar. No quería ir a entrenar si no me entrenaba mi padre, pero me hicieron dar el paso y en el colegio La Salle en Palma empezó todo… En edad júnior despunté mucho más que el resto de compañeros y comencé a llamar la atención de las canteras de varios equipos. Recibí varias ofertas y nos decantamos por la de Málaga.
G: ¿Cómo fue aquella primera salida de casa con 17 años?
Á. A.: El recuerdo es de mucho miedo. Lo pasé bastante mal. Tuve alguna bronca con mis padres porque eran ellos los que me forzaban a ir a probar. Yo quería acabar el bachillerato y les decía: ‘ya iré el año que viene’. Además, acaba de empezar a salir con la que ahora es mi mujer… Todo lo veía mal y tenía mucho miedo. Luego, una vez que llegué allí, me encontré con Pepe Pozas y Luis Conde, que me acogieron con mucho cariño…
G: ‘Álex Abrines, a comerse el mundo’ (Nº1378 marzo 2012) tituló Gigantes en portada después de esa exhibición en la que anotó 31 puntos ante el Estudiantes en su primera temporada en la ACB. ¿Qué recuerda de esa llegada a la élite?
Á. A.: Fue un salto grande porque pasé muy rápido de competir en el patio del colegio a competir a nivel profesional con Unicaja, que disputaba la Euroliga. Mi ‘hermano mayor’ fue Berni Rodríguez. Él era el capitán del club de su vida y me cuidó mucho. Siempre estaba pendiente de que estuviera involucrado y no me quedara al margen por ser el joven.
G: ¿Y qué pasó cuando llegó la llamada del Barça?
Á. A.: Pues lo viví otra vez con vértigo. Era la llamada de un gran club. En ese momento estaban disputando la final del triple de Marcelinho. Apostaron mucho por mí. Me ofrecieron un contrato de cuatro años y eso me dio confianza, más allá del dinero y de un proyecto ganador. En Málaga veía más pegas que otra cosa. Así que decidí dar el salto a Barcelona, a seguir creciendo como jugador. Allí estaban Navarro, Marcelinho, Saras, Tomic, Lorbek… Pero haber vivido esa primera experiencia en Málaga me sirvió para superar antes el miedo.
G: ¿Es distinta la presión en un club como el Barça?
Á. A.: Al principio no te das mucha cuenta, porque si ganas todo va bien. Pero cuando pierdes uno o dos partidos, aunque no sean seguidos, empieza el runrún, la exigencia de tener que ganar cada día… Siempre he intentado ser un jugador sólido, cometer los menos errores posibles y, después, si tienes el día meterás 20 puntos y si no lo tienes, pues harás un 0 de 8 en triples. Pero lo que puedes controlar es la defensa, no equivocarte en las jugadas, no fallar en lo básico. A los jóvenes les daría ese consejo. No puedes controlar el acierto, eso no lo hacen ni los anotadores. Pero si cumples en todo lo básico, todos los entrenadores te van a dar oportunidades.
G: ¿Cómo es la sensación de ganar?
Á. A.: Cuando pasan los años, las victorias son más alivio que felicidad por la presión que te quitas de todo el año… El trayecto es fundamental, pero muchas veces los resultados no hacen justicia al juego y al recorrido. Aun así, hay que confiar en el proceso y en el trabajo, porque eso te suele llevar a competir y a ganar. Luego esto va por ciclos y mantener un bloque de jugadores que ganen durante mucho tiempo, como hizo aquel Barça o después el Madrid, es muy difícil. Al propio Xavi le pasó, en 2015 no ganamos nada y en 2016 solo la Supercopa… En los años posteriores siempre hubo muchos cambios y así es difícil asentar un núcleo competitivo.
G: En 2016 acaba ese ciclo de Xavi Pascual en el Barça y comienza su aventura en la NBA.
Á. A.: Fue una oportunidad que tuve que coger por obligación, porque a nivel de contrato me daba una tranquilidad de por vida, para mí y para mi familia… y también por el hecho de poder competir con los mejores del mundo… con LeBron Jemes, con Stephen Curry; y de jugar con Russell Westbrook y Paul George, Carmelo Anthony… Oklahoma llevaba un par de años detrás de mí, les había dicho que no, porque consideraba que necesitaba seguir creciendo como jugador con más minutos en Barcelona, pero ese 2016 Kevin Durant se fue a los Warriors… Y me decidí porque me ofrecieron un proyecto en el que sentí que encajaba y podía tener minutos.
G: ¿Llegó a disfrutar la experiencia?
Á. A.: Lo disfrutas más después, al recordarlo. El ritmo de viajes y partidos es frenético y casi no te da tiempo a pensar. Vas muy cansado… piensas en el All Star Break, en que vas reventado, en tener vacaciones… Juegas tres partidos por semana y no disfrutas tanto…
G: “Muchas veces he pensado en tirar la toalla, pero me he armado de valor para acabar con esta pesadilla”, dijo en 2019 tras aquel parón que le llevó a rescindir su contrato con Oklahoma. ¿Qué pasó en esos meses?
Á. A.: Me encontré con un muro que no vi. Por entonces todavía era tabú hablar de depresión. Parece que todo tiene que ser bueno… estás en la NBA, jugando con los mejores, ganando un pastizal… pero te empiezas a encontrar mal, no encuentras exactamente el porqué, intentas pelearlo, pero se te va haciendo bola. Y llegó un partido en Houston en el que mi cuerpo y mi mente se bloquearon. No podía ni salir del vestuario. Ahí decidí parar para ver qué me pasaba. Pasé un mes intentando mejorar, trabajando por mi cuenta para reintegrarme en el equipo, para volver a sentirme con fuerzas… Y, aunque no me veía del todo recuperado, volví. Nos tocaban tres partidos fuera de casa. Logré salvar los dos primeros más o menos, pero volví a notar que algo no iba bien y el tercer partido ya no lo pude jugar. Le dije a la franquicia que no estaba bien, que necesitaba tomarme un tiempo para mí y desde el primer momento lo entendieron. Quisieron mantenerme el contrato, pero decidí renunciar a todo el dinero que me quedaba, que no era poco, y centrarme solamente en recuperarme, en olvidarme del baloncesto. No quería verlo ni en pintura. Solo quería huir.
G: ¿Cómo salió de ese agujero?
Á. A.: Aproveché para pasar tiempo con mi mujer, para hacer algún viaje y desconectar. Y, poco a poco, me empecé a reencontrar y a pensar en el balón. Recuerdo que estábamos un día en la casa de Oklahoma y mi mujer y yo decidimos jugar un KO. Era la primera vez que cogía el balón en dos o tres meses y, a partir de ese día, fui recuperando las ganas de jugar. Fui con pies de plomo y decidí que, si volvía a jugar, tenía que ser en un lugar en el que me sintiera cómodo, con compañeros que no fueran solo compañeros de trabajo, sino amigos. Y decidí volver a probar en Barcelona. Ellos estaban encantados de que volviera y me hicieron hueco sin problema. Ahí empecé mi segunda carrera.
G: Han pasado apenas seis años y testimonios como el suyo o los de Kevin Love, DeMar DeRozan o Ricky Rubio en su día han servido para naturalizar la expresión de la vulnerabilidad.
Á. A.: Fuimos de los primeros en hablar de la depresión. Para ayudar intenté expresarlo en un video contando mi regreso cuando vi que salía del bache. Quería que llegara al mayor número de gente posible para que, si alguien se sentía identificado, supiera que no estaba solo, que es algo normal. Todas las personas pueden pasar por algo así. La repercusión que tuvo aquel vídeo fue increíble y también fue increíble todo el cariño que recibí de la gente. Ese apoyo me ayudó a dar el último paso para salir del agujero. En el equipo teníamos una psicóloga, pero la NBA se empezó a ocupar como organización del tema de la salud mental. Para inculcar a los jóvenes el famoso lema de Ricky: ‘Never too high, never too low’. La filosofía de saber estar en los malos momentos y de pensar que de todo se sale.
G: Y, con esa perspectiva, ¿qué cambió en esa segunda etapa de su carrera, en esa segunda vida?
Á. A.: Me lo tomé con la intención de disfrutar. Era una persona a la que no se le podía hablar después de una derrota, me llevaba la frustración a casa. Y, en esa segunda etapa, desde el primer momento, no dejé que eso me pasara. Lo dejaba todo en el pabellón, tanto en las victorias como en las derrotas. Esa era mi filosofía, disfrutar del baloncesto, competir y darlo todo… Así empecé mi etapa con Pesic y he intentado mantenerla cada día hasta el día que me retiré. Cuando encadenas partidos o temporadas que no son buenas es más difícil mantener el propósito, pero hablaba con mi psicóloga e intentaba soltarlo todo, que no me repercutiese en mi vida fuera del baloncesto.
G: Ha utilizado expresiones como ‘me obligaron, me forzaron’…
Á. A.: Siempre me he sentido presionado a la hora de dar el paso y tomar todas las decisiones importantes de mi carrera, por el agente, por la familia… Incluso cuando volví tras la depresión. Mucho antes de que yo decidiera volver, ya me estaban presionando para que lo hiciera. Pero ahí tomé las riendas. La decisión de cuándo volver y la decisión de cuándo retirarme son las dos únicas decisiones que han sido cien por cien mías, en las que he conseguido que nadie externo me presionara. Esa ha sido la diferencia que me ha hecho ser más feliz en esta segunda etapa que en la primera: ser dueño de mis decisiones y de mi destino. Si me hubiera tomado las cosas con esta filosofía desde el principio habría disfrutado mucho más y quizá no me habría pasado lo que me pasó. Pero mi gran triunfo ha sido retirarme en paz.
G: ¿Qué recuerdos tiene de la selección?
Á. A.: La selección ha sido un ejemplo del éxito de mantener un bloque. Yo entré en una familia que ya había cosechado muchos títulos, iba todo rodado, Sergio [Scariolo] siempre lograba hacernos competitivos y ganar medallas… Cuando habías tenido una mala temporada y llegabas allí a disfrutar con tus amigos era un alivio, porque recuperabas la chispa de la felicidad y casi todos los veranos te llevabas premio. Va a ser difícil repetirlo. Haber disfrutado tantos años con ellos ha sido un honor. Es algo que nunca podía haber imaginado y que me llevo hasta el día que me muera. Mi mejor recuerdo es el bronce de Río. Ganar una medalla olímpica siempre lo puse por encima de todo.
G: ¿Y su mejor recuerdo con el Barça?
Á. A.: Con el Barça el mejor recuerdo es 2104. Fue un año complicadísimo. Había mucho ruido en torno al equipo, tragamos mucha mierda a lo largo de la temporada, el Madrid estaba en un momento increíble, eran los favoritos para ganar la Liga y les superamos en la final en cuatro partidos. Ese año fue muy duro a nivel mental, porque no conseguíamos dar con la tecla y lo fuimos perdiendo todo hasta llegar a esa final y poder ganar el título en el Palau es increíble. Creo que es el único título que he celebrado en casa y fue un éxtasis.
G: ¿Qué entrenador le ha marcado más?
Á. A.: Xavi [Pascual] y Saras [Jasikevicius]. Los pongo al mismo nivel, aunque me quedaría con Xavi, porque fue con el que medí si me podía dedicar a esto o no. Y, pese a que no me dio muchos minutos al principio, aproveché las oportunidades y crecí y me formé como jugador. A prendí muchísimo. Y a nivel de títulos me quedo con Saras, porque en menos tiempo ganamos más.
G: Elija su mejor quinteto de compañeros y otro de amigos
Á. A.: De compañeros: Westbrook, Navarro, Paul George, Carmelo o Mirotic y, al cinco, Tomic. Y de amigos: tengo muchos amigos bases: Marcelinho, Sada, Pepe Pozas, Ricky; al 2-3 pondría Sergi Martínez o Paulí; al cuatro Víctor Claver; y al cinco Steven Adams seguro, que es un tío excepcional. Pero, sin duda, el que más me ha marcado es Navarro. Tenía un talento increíble y en lo físico era excepcional a su manera porque nunca se cansaba. Recuerdo perseguirle cada día en los entrenamientos, estar pegado a él, a milímetros, en los carretones y te la metía en la cara, cada vez. Era frustrante y admirable a la vez porque lo hacía una finura y una elegancia que no tenía ningún otro jugador.
G: Cuando mira hacia atrás, ¿cómo valora su carrera?
Á. A.: Podía haber ganado algún título más, pero siempre estuve por encima de lo soñado. Nunca imaginé llegar donde he llegado y fui quemando etapas muy rápido. Solo me ha faltado ganar la Euroliga, pero no me puedo quejar. Hay quien dice que me lo tenía que haber creído más, que podía haber sido mucho mejor jugador… Yo creo que he sido el mejor jugador que he podido. He cumplido y he llegado hasta donde mi cuerpo y mi cabeza me han dejado. Si estuviera jugando ahora estaría tirándome de los pelos. Pero me escuché a mí mismo y nunca he estado tan feliz.
Ahora quiero disfrutar, con mis dos hijas —la pequeña es un trasto y la mayor ha empezado con cinco años a jugar al baloncesto en La Salle— y con mi mujer. Empezamos a salir en octubre de 2009, antes de marcharme de Mallorca a Málaga, hemos estado siempre juntos, en los buenos momentos y, sobre todo, en los malos, pasó toda la depresión conmigo, lo pasó mal porque no sabía cómo ayudarme… Si no la hubiera tenido a mi lado no habría conseguido ni la mitad de lo que he conseguido. Nos casamos en 2018 y aquí seguimos para vivir todo lo que quede.
Fotografía: Getty Images