Nacho Azofra: ¿por qué sigue siendo un mito 20 años después?

Nacho Azofra: ¿por qué sigue siendo un mito 20 años después?

Hablar del mítico Nacho Azofra es hacerlo de todo un emblema estudiantil y una auténtica leyenda e icono del baloncesto español

Permitidme la licencia de empezar con algo personal. Siendo adolescente me formé en la escuela deportiva del Estudiantes y Nacho Azofra era un ídolo para muchos de nosotros. Lo era cuando nos cruzábamos en el Magariños, cuando íbamos a verle al Palacio de los Deportes, cuando leíamos sobre él en la prensa… Era un ídolo, y punto. Décadas después, lo sigue siendo. Hay generaciones enteras que cuando escuchan hablar de Nacho Azofra se le imaginan con chilaba o saludando con traje de luces al son de «¡que salgan los toreros!». Y es normal. Es lo que tiene marcar una época en un club… y no es un tópico.

Nacho-cho colgó las botas en 2007, después de una carrera para el recuerdo. En 1989 debutó con Estudiantes y perteneció al equipo del Ramiro hasta 1993, cuando cambió de aires y se fue al Caja San Fernando durante dos temporadas. Su vuelta al Estu en 1995 fue la vuelta del hijo pródigo. Allí siguió once años y se retiró tras una campaña, la 2006-07, en el por entonces Lagun Aro Bilbao. Dejó el baloncesto en activo con dos Copas del Rey (1992 y 2000) y habiendo disputado una Final Four de la Euroliga (1992) y una final de la liga española (2004). A todo esto hay que sumarle que es el segundo máximo asistente (2.221 asistencias) de la historia de la ACB, sólo por detrás de Pablo Laso. No hay más preguntas, señoría. Y si las hubiese, hable con la Demencia, que le defenderá a capa y espada.

Su estatus de jugador histórico de la ACB es mucho más que merecido. Además de su faceta de pasador, Nacho Azofra es el segundo jugador de la competición española con más partidos disputados (por detrás de Rafa Jofresa) y el estudiantil con más triples convertidos. Pero sobre todo, al margen de números, estadísticas y logros personales o colectivos, el sempiterno número 13 del Estu tenía un carisma especial. Su personalidad encandilaba a propios y extraños y su estilo de juego volvía locos a los fans y a las defensas rivales por partes iguales, aunque por diferentes motivos. Era un base eléctrico, espectacular, tirando a hiperactivo y con una intensidad que los chavales querían imitar y los padres disfrutaban (y envidiaban) cuando le veían sobre la cancha. Durante muchos años, Nacho Azofra era lo primero en lo que se pensaba cuando se escuchaba el nombre de un Estudiantes por el que han pasado muchos jugadores de leyenda: John Pinone, Alfonso Reyes, Carlos Jiménez o incluso Alberto Herreros (dejando a un lado las rencillas colegialmadridistas). Azofra, siempre amable y sonriente, siempre participativo, es y será el emblema del club.