La última entrevista a Brad Branson en Gigantes
Con motivo de su fallecimiento, recuperamos la última entrevista a Brad Branson en Gigantes. Publicada en enero de 2013, fue una conversación con nuestro compañero Javier Ortiz que terminó siendo este reportaje que replicamos a continuación
¿Está Brad Branson en Cuba, disfrutando de la vida, huyendo de las deudas, olvidando una sólida carrera en la ACB? ¿Toma el sol en La Habana tras una intensa vida personal que le dejó una familia española e incluso el pasaporte comunitario cuando todavía no los sorteaban en una tómbola? Pues no. Está en Tampa, Florida, levántandose a las siete de la mañana para ejercer como comercial en la emisora local de radio dependiente de la CBS.
“Yo también he oído muchas historias sobre por qué me fui de España. No he tenido una vida perfecta, pero tampoco soy tan malo”, se queja, en un español prácticamente perfecto, aunque con un evidente acento latinoamericano. Ocho años vistiendo de blanco (dos en el Real Madrid –de 1986 a 1988– y otros seis en el Pamesa Valencia, hasta 1994), un matrimonio ya roto que le dio una hija valenciana, Natalia, y muchos recuerdos que no le importa compartir con Gigantes del Basket mientras gestiona alguna campaña de cuñas para su radio.
No, Branson no ha tenido una vida perfecta, sobre todo después del baloncesto, tras retirarse, pero mantiene un fino humor y un contagioso optimismo respecto al futuro. Eso sí, se muestra algo cansado de haber sido afectado también por las ‘leyendas negras’ de los americanos a los que se les pierde la pista en España. “Eh, estoy bien, aunque los años (él tiene 54) no le perdonan a nadie. No he ganado peso, y tengo más o menos el mismo pelo, aunque como soy tan alto (2,08) tampoco podrían ver si me quedo calvo”, advierte.
Ya se sabe que por el hecho de haber jugado bien al baloncesto no tienes por qué acertar en los negocios. Abrió un par de restaurantes llamados Chicago’s –uno en Madrid y otro en Valencia— y no le fue nada bien. Hubo que cerrarlos. Y en 1998 regresó a Estados Unidos, donde ha alternado dos actividades: la venta de coches y la publicidad, casi siempre en un ámbito hispano, en estados muy del sur como Texas, Tennessee y ahora Florida. “He tenido puestos importantes y nunca he dejado de trabajar mucho. Saber español me ha servido mucho. Es un mercado muy grande que hay que saber aprovechar”, agrega.
Pero algo misterioso pasaba alrededor suyo. No se ha publicado una sola línea sobre él en España en los últimos diez o doce años. Raro si se tiene en cuenta que fue uno de los extranjeros más rentables de la competición. “He ido algunas veces a ver a Natalia, que vive con su madre en Valencia. Y hace poco me invitaron a una fiesta por el aniversario del Pamesa, pero no pude ir porque tenía trabajo importante. No es fácil. Pero también digo una cosa: en el 2014 voy a ir seguro porque mi hija va a ser fallera mayor”, señala Branson. En su voz se denota un orgullo indisimulado por ella, claro.
Para quien no le viese jugar, era un tío duro debajo de los tableros, con un tiro aceptable a media distancia. Y a veces irrumpía, sorprendente, corriendo el contragolpe. En el Madrid ganó una Copa Korac en 1988 ante la Cibona de Drazen Petrovic, aunque en casa tuvo que soportar el cambio de ciclo a favor del Barcelona y la ausencia durante un año de Fernando Martín, cuando se fue a la NBA. “Fernando era grande. Un ganador. Me encantó jugar con él”, recuerda.
Todavía no ha olvidado la Copa del Rey que perdió ante el Barcelona en Valladolid con un triple de Nacho Solozábal en el último segundo. “Aquello fue increíble. Qué cara se nos quedó a todos, porque lo habíamos merecido. Lo metió desde medio campo”. No tan lejos, Brad, no tan lejos… “Siempre intenté hacer mi trabajo. Muchas veces lo más importante era que yo no luciera para que otros sí lo hiciesen. Y, eh, no lo tuve que hacer tan mal. Cuando me retiré, el año siguiente el Pamesa descendió. Ahora esto parece increíble que pase, ¿verdad?. Es un club fuerte”.
Como tantos en su caso, denuncia no haber sido bien asesorado. Gente que se aprovecha del deportista que desconoce el mundo de la empresa, que abusa de su confianza. “No me fueron bien algunos negocios. Y algunos me hicieron trampas. Pero el dinero a veces se gana y a veces se pierde, va y viene. Cuando he vuelto a España otras veces nadie me ha parado en el aeropuerto pidiéndome de nada. No tengo nada que esconder”, asegura. ¿Y aquello de Cuba, que sonó con tanta insistencia? Todo tiene una explicación. “A la gente le gusta mucho hablar. Tengo tres hijos más con una mujer cubana y alguna vez fui allí de vacaciones, pero ya está. Nunca he vivido allí”.
“Me fastidia que se hable de todo esto cuando he hecho mucho trabajo con los discapacitados y en la Asociación de Deportistas contra la Droga, siempre sin pedir nada a cambio. Una vez hicimos un campus con mil chavales. ¿Por qué la gente no habla de esto cuando me recuerda?”, se pregunta. No hay que olvidar que está hablando de España, que al fin y al cabo es su país: hace poco estuvo renovando su pasaporte.
España siempre en el radar. De vez en cuando habla con Larry Micheaux, con Wallace Bryant… americanos míticos de los 80 con los que ha vuelto a coincidir. También le impactó ver a Sergio Scariolo dirigiendo a España en los Juegos Olímpicos: era el entrenador ayudante del Brescia, en el que también jugó a mediados de los 80. “Estoy muy contento de ver a la selección jugando tan bien, compitiendo con los americanos”, añade. Y es que, Brad, la vida no es perfecta, pero da muchas vueltas…