‘El patio del Facu’. Crónica del Unicaja-Real Madrid, final de Copa

‘El patio del Facu’. Crónica del Unicaja-Real Madrid, final de Copa

Que las apariencias engañan lo puede confirmar bien Facundo Campazzo. A la vista, una hormiga en un deporte para gigantes. En realidad, el jugador más decisivo en un equipo dominante. El genio argentino lideró al Real Madrid en la final de la Copa del Rey, para vencer al anfitrión Unicaja (68-95) en un duelo que se jugó, casi siempre, al ritmo que él quiso y que derivó en el sexto título copero del equipo de Laso en los últimos nueve años.

Campazzo (13 puntos, 13 asistencias y 29 de valoración, con un +38 con él en cancha) fue elegido MVP de la Copa, al igual que lo fue en la última Liga Endesa y en la última Supercopa, todas ellas ganadas por el Real Madrid, un hito (esos tres galardones de forma consecutiva) que nadie había logrado en la historia de la ACB. Es decir los tres últimos grandes torneos del baloncesto español han quedado marcados por el dominio del, a menudo, jugador de menor altura en cancha. En su caso, eso nunca fue un problema.

Campazzo es el faro que nunca se apaga, alimentando compañeros con precisión y timing tanto para el triple (10/18 el Real Madrid en la primera parte) como en cortes al aro. En toda la Copa repartió 31 asistencias perdiendo solo 3 balones. Es el cuchillo que raja sistemas defensivos desde su bote bajo y el que trabajó tanto su tiro como para ajusticiarlos también a distancia. Es un tormento defensivo, por sus manos rápidas, lectura y anticipación defensivas. Y, por encima de todo, es un líder cuya presencia tranquiliza y da confianza al resto. El bloque de Laso es de hormigón, con suficientes recursos como para ir variando, según se necesite, de protagonista. Pero desde hace un tiempo este Madrid es, sobre todo, el Madrid del Facu.

Al Real Madrid le importó poco mandar a su gigante Tavares al banco apenas habiendo transcurrido un minuto y medio de partido, con una falta cometida y por temor a cargarse con más rápidamente. No importó porque Campazzo estaba en cancha. Él lideró el 10-21 que puso desde bien pronto en problemas al Unicaja, donde Jaime Fernández fue todo corazón pero uno sin el físico -disputó toda la Copa con molestias- acompañando.

El base argentino después sirvió a Rudy dos balones que el balear, letal desde la línea de tres, transformó en seis puntos en menos de dos minutos de segundo cuarto, para hacer ya severa la hemorragia (13-32, min.12). Se notó su descanso hasta el punto de que Darío Brizuela, indomable y de enorme catálogo ofensivo, hizo al Carpena creer en la remontada aprovechando esos escasos minutos de respiro. El equipo de Luis Casimiro lanzó un 12-0 de parcial, con diez puntos del escolta vasco, que devolvió la competitividad al duelo (26-35). Pero los locales no lograron sostenerla demasiado.

El regreso del argentino al duelo elevó nuevamente la renta al descanso (28-43), con el Unicaja viviendo del rebote ofensivo  (9 en ese tramo) en un partido en el que no encontraba oxígeno exterior (1/10 triples en la primera parte, 4/20 al final) ni espacios para correr. Un duelo de difícil digestión ante un rival demasiado armado. Enfrente el Real Madrid acumulaba 10 triples (en 18 intentos) en veinte minutos (17 en 30 al final del encuentro), con ejecutores apareciendo para resolver (Jaycee Carroll estuvo brillante, con 20 puntos) y un impoluto orden defensivo, incluso sin su mástil atrás.

Los malagueños cargaron la zona, como solución, en el tercer cuarto. Pero el ritmo descendió, el triple nunca llegó a ofrecer alternativa y el rebote de ataque fue apagándose, por lo que acabaron encerrados en un partido en el que la desventaja era excesiva (32-54, min.25), con la primera unidad del Madrid dominando… y los argumentos para levantarla escasos y frágiles. Brizuela (22 puntos) no dejó de intentarlo, pero le faltaron apoyos. Era una misión imposible y en cuanto la mente malagueña lo descubrió el partido quedó sepultado.

El Unicaja, que tuvo tramos de excelencia en semifinales, no pudo ser él mismo. No apareció. El Real Madrid no lo permitió. Un conjunto tan potente y constante como para hacer casi intrascendente un último cuarto de una final. Un equipo soberbio, plagado de enormes talentos que desempeñan a la perfección roles concretos. Y un conjunto liderado por la magia de un argentino que apenas levanta 180 centímetros del suelo pero que, a la vez, sostiene desde su nivel un equipo de época.

Con tres MVP’s consecutivos en Liga, Supercopa y Copa, Campazzo confirma que el deporte pensando para gigantes es, en la práctica, el mismo en el que nadie puede poner la mirada por encima de la suya. El Real Madrid de Laso, el de los 19 títulos en menos de nueve años y las leyendas que dejaron su huella, algún día será recordado también por la magia y plenitud del Facu.

Capaz, incluso, de hacer del escenario más complejo el patio de su recreo.