«En los 90 descorchamos la botella». Entrevista a Jordi Villacampa
Uno de los grandes iconos del baloncesto español de los años 90 fue Jordi Villacampa, el jugador que se convirtió en el referente de un Joventut Badalona que llegó a proclamarse campeón de Europa
Entrevista publicada originalmente en la revista Gigantes 1528 de enero que puedes comprar aquí
Está a punto de cumplir 60 años, pero se mantiene en forma. Habla mucho, critica poco. Mientras paseamos por Badalona, Jordi Villacampa hace balance de una década prodigiosa en la que su estilo de baloncesto fue sinónimo de diversión y se convirtió en una manera de afrontar la vida. Con desparpajo y atrevimiento. Los años 90 no se pueden explicar sin el héroe de una Penya que durante cuatro o cinco temporadas dominó el baloncesto.
Jordi, ¿qué te viene a la cabeza si te pregunto por los años 90?
Fue la época en la que conseguimos descorchar la botella. Ganamos la Korac, un par de ligas y, claro, la Euroliga. Llevábamos un tiempo reprimidos, unos años en los que habíamos llegado a muchas finales, pero no las habíamos ganado. Éramos un equipo joven que iba creciendo. Fue el inicio de una época no demasiado larga en la que el Joventut dominó el baloncesto. Todo empezó con la Korac ante el Scavolini de Sergio Scariolo…
Aquella temporada la empezó Herb Brown.
Sí, pero a media temporada llegó Pedro Martínez. Guardo un buen recuerdo de todos los entrenadores que he tenido. Con la madurez ha aprendido a valorar todo lo que me ayudaron. De todos puedes sacar algo. Herb me ayudó a tener un carácter ganador, a estar todo el día trabajando. Tenía muchos sistemas… 23 de fondo… 24 de banda… No exagero. Siempre llevaba un canutillo en la mano con todas las jugadas. Aprendí a empaparme tácticamente y a estar concentrado siempre. Lo echaron por culpa de una tontería. Después de los entrenamientos hacíamos un concurso de tiro y él nos retaba poniendo billetes sobre el parqué. Quien ganaba se llevaba el dinero. Un día le pidió dinero al gerente, que se negó a dárselo. Hubo un enfrentamiento y al regresar a Badalona lo despidieron. Aquella temporada jugué muy bien.
¿Qué tipo de jugador te considerabas?
Yo tuve una genética muy buena y trabajé mucho mi físico. Físicamente era portentoso y las últimas temporadas en Ausiàs March me sentí muy superior a la mayoría de rivales. Aunque tirando de fuera no era muy top, era muy anotador. Fui evolucionando mi juego con el paso de los años para adaptarme a las exigencias de las defensas y acabé mejorando bastante mi tiro. Para ser buen jugador, tienes que ser capaz de hacer cosas diferentes, no sólo penetrar o sólo tirar. Creo que fui bastante completo, aunque cuando recupero vídeos de aquella época veo que las defensas no eran como las de ahora. El baloncesto actual no es el mismo y la tipología de jugadores también ha evolucionado mucho.
¿Qué recuerdas de aquella Korac?
La Korac tenía mucho nivel porque la Copa de Europa sólo la jugaba el mejor equipo de cada país, no como ahora, que puede haber hasta cuatro conjuntos de la misma liga. Era una competición de mucho prestigio. El Scavoloni tenía un equipazo, pero la final se jugaba a ida y vuelta y nosotros ganamos en su pista. Me acuerdo mucho del ambiente que se vivió en Badalona, donde hubo mucha presión. La gente tenía ganas de lograr un gran título y soltar lastre de la mochila. Es el caso contrario a lo que le pasó al Barça de Epi y Solozabal, que si hubiera ganado una Copa de Europa hubiera ganado luego unas cuantas más.
Luego aterrizó Lolo Sainz.
Sí, el club hizo una apuesta muy fuerte para suplir la marcha de Montero al Barça y fichó a Corny Thompson, Harold Pressley y Ferran Martínez. Lolo no tenía nada que ver con otros entrenadores. Su gran virtud es que sabía llevar el grupo humano muy bien y nos dejaba a los jugadores expresar nuestro talento. Tenía mucho prestigio y eso reforzó nuestra ambición. Nos creímos que podíamos ganar. El equipo era muy bueno, aunque la primera vez que vi a Corny Thompson me asusté un poco. Vi a un jugador gordito y sin cuello, pero luego fue impresionante. La hegemonía de Audie Norris se acabó con él.
¿El sumun fue el Open McDonalds de París contra los Lakers?
Acabábamos de ganar la liga contra el Barça y nos fuimos a París. Primero teníamos que jugar las semifinales contra la Jugoplastika, que estaba dominado el baloncesto europeo. El partido contra los Lakers de Magic Johnson fue una experiencia cojonuda en un escenario único, el París-Bercy. Todos queríamos hacernos la foto con ellos, pero en cuanto empezó el partido queríamos ganar. Jugamos a tope. Los tuvimos contra las cuerdas y estuvimos a punto de ganar.
Aquella temporada fue la de la final de la Copa de Europa perdida en Estambul.
La cagamos. Ése es el sentimiento que todavía hoy tengo. Para ganar, hace falta tener experiencia. Pocas veces un equipo que no ha jugado nunca un torneo se acaba llevando el título. Es muy raro. Tienes que ir, entender las situaciones, controlar la presión y volver para ganar. Nosotros éramos favoritos y jugábamos contra un equipo semidesconocido. Luego aquellos jugadores acabaron teniendo una carrera extraordinaria, pero no supimos jugar contra ellos. Yo, personalmente, no hice una buena final. Me defendió Dragutinovic, no lo olvidaré nunca. Perdimos con el famoso triple de Djordjevic, pero aquella experiencia nos sirvió para madurar. Nos comprometimos entre todos para seguir trabajando duro y luchar por tener una segunda oportunidad.
¿Quién era el líder de aquel Joventut?
Tú no puedes levantar la mano y autoproclamarte el líder. Hay líderes diferentes. Algunos no juegan mucho, pero tienen una gran voz en el vestuario. Un líder aglutina, agrupa, da ejemplo, entrena como el que más… Otros son líderes en la pista, donde se ganan la confianza del grupo. Nosotros teníamos dos o tres líderes. Corny, Rafa Jofresa, yo… La clave fue que todos teníamos el mismo interés; el éxito colectivo. Cuando has estado en diferentes vestuarios, sabes que eso no siempre es fácil. Estuvimos muy juntos.
Y entonces aterrizó Zeljko Obradovic.
Aquel año no fue sencillo. Era muy exigente. Los gritos no eran lo importante, el cambio sustancial era que necesitábamos adaptarnos a su manera de jugar a basket. Zeljko quería jugar de manera opuesta a Lolo y eso a mí me mataba. Pasamos de jugar al contraataque a controlar cada posesión. Sus entrenos eran interminables y eso nos ayudó a ser más fuertes mentalmente. Entendimos que nos iba a hacer ganar y, por tanto, le dimos lo que nos pedía. No quería que perdiéramos ni una pelota. La final fue un ejemplo de su estilo, con un partido a pocos puntos.
Todo el mundo habla del triple de Corny, pero la clave estuvo en que desconcentraste a Paspalj cuando iba a tirar los tiros libre decisivos…
Nos habían vacilado mucho. Ellos se consideraban los favoritos y su entrenador hizo unas declaraciones en las que nos daba por muertos. Aquello nos motivó mucho. Pasé al lado de Paspalj y le dije que si quería ser campeón era el momento de meter los tiros libres. Los falló. No creo que fuera por mis palabras porque era un mal lanzador, pero yo se lo dije por si acaso. El final es el que recuerda todo el mundo, con el triple de Corny, el cronómetro que no corría, el médico por la pista…
Se desató el éxtasis.
Allí nos liberamos por completo. Era lo máximo a lo que podíamos aspirar. Es la sensación más bestia que he tenido. Otras veces nos habíamos merecido ganar partidos en los que habíamos jugado mejor, pero el baloncesto es así. No fue el mejor partido de nuestras vidas, pero sí el título más importante.
En Badalona el baloncesto era una religión.
Era tremendo. El final de los años 80 y el principio de los 90 fue un boom muy bestia. La repercusión mediática era muy importante. La Penya pasó de jugar en Ausiàs March a hacerlo en el Palau Olímpic. Badalona es una ciudad de basket y la gente lo vivía mucho. Cuando las cosas iban mal, la presión era muy grande porque la gente entiende mucho.
Pero llegó la crisis…
Tras los Juegos Olímpicos, la crisis económica fue muy grande. Los patrocinadores desaparecieron y los clubes bajaron mucho el presupuesto. Tras el título del 94, la mayoría de gente se marchó del Joventut. Juanan Morales, Mike Smith, Corny Thompson, Rafa Jofresa… El club fue incapaz de mantener a la gente. Regresó Pedro Martínez, que acabó dimitiendo.
GIGANTES DEL BASKET te dedicó una portada muy dura.
Sí, la recuerdo. Me acusaba de su dimisión y de la salida de algún jugador. Fue una época muy dura. No guardo ningún rencor. Con el tiempo aprendes a gestionar les críticas. Cuando tienes 20 años no te lo tomas igual, algunos ataques me molestaban. Yo siempre he intentado ser honesto, pero la gente es libre de opinar lo que quiera. Es imposible gustarle a todo el mundo. Eso sí, sin redes sociales era más fácil aislarte del ruido.
Tú pudiste irte al Barça.
Sí. Después de ganar la Copa de Europa, quedé libre por primera vez en muchos años. Siempre me había movido con contratos largos. Con 31 años, tuve la oferta del Barça, que no acabó cuajando, pero me quedé en la Penya muy contento. Me retiré con 34 años porque no me veía jugando en un sitio que no fuera el Joventut y quería ser honesto conmigo mismo. Si no podía estar al 100%, prefería retirarme. No estuve bien en mi última temporada. La gente también se cansa de ver siempre lo mismo y cuando sabes que no le puedas dar lo mismo que le has dado… Hubiera podido seguir jugando dos o tres años más, pero no al mismo nivel. Cuando tomé la decisión estaba preparado mentalmente. Me apetecía jugar, pero no tanto entrenar, el pre-partido o los viajes. Ya no me lo pasaba tan bien. Cuando te retiras, te das cuenta de que has vivido en una nube, que eres mortal, pero aprendes a hacerte a la idea.
¿Tenías claro que acabarías presidiendo el club?
Qué va. Me fui a hacer de analista en Catalunya Ràdio y ayudé a la Penya a explotar el pabellón con conciertos. Genís Llamas me convenció para entrar en la junta y ayudar un poco, pero de un día para otro se fue de manera inesperada. Me propusieron a mí pasar a ser presidente y cometí la imprudencia de aceptar sin mirar los números, sin hacer una auditoria. Me encontré un club arruinado, sin espónsor y deportivamente muy debilitado.
La gente sigue idolatrando las Kelme Villacampa.
Son de finales de los años 80. Epi tenía sus Adidas y Kelme, que venía del mundo del ciclismo, apostó por mí. Fue un éxito. Todavía guardo un par en un almacén en el que conservo las cosas más especiales, pero acabé regalando muchas cosas.
¿Cómo fue tu relación con Epi?
Muy buena, de vez en cuando todavía quedamos para comer. En la pista nos pegábamos mucho, pero fuera nos llevábamos muy bien. Compartíamos habitación en la selección. Otros de los grandes rivales nacionales de mi época fueron Biriukov y Herreros.
¿Qué memorias tienes de la selección española?
Supongo que habrá que empezar hablando de la decepción del 84, cuando me quedé fuera de la lista de los Juegos Olímpicos de Los Angeles. Yo venía de trabajar con Manel Comas y Aíto, que son dos entrenadores que me marcaron mucho y que tenían una metodología diferente. Uno era más expresivo y el otro más sibilino, pero los dos eran excepcionales. Cuando llegué a la selección, Antonio Díaz Miguel tenía un prestigio muy grande, pero me llevé una decepción. Lo había idealizado mucho… No ir a Los Angeles fue un palo grande.
Los 90 no dejaron muchas medallas.
Yo me lo pasé bien con la selección española, pero los resultados no fueron buenos. Mi generación, y yo me incluyo el primero, no era excepcional. Veníamos de una muy buena y pasamos a una mejor, la de la Generación del 80. A mí me tocó vivir un valle, con la gran decepción de los Juegos Olímpicos de Barcelona 92. Cuando el rival no tiene nada que perder y tú vas justo, te puede sorprender. El bronce del Eurobasket de Roma 1991 es uno de los pocos recuerdos exitosos. Ganó Yugoslavia, pero la guerra había estallado y ya no subieron al podio todos los jugadores.
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