Gigantes 35 años. ¡Qué noche la de aquel día! Del bocadillo de anchoas al olor a tinta, por Paco Torres

Gigantes 35 años. ¡Qué noche la de aquel día! Del bocadillo de anchoas al olor a tinta, por Paco Torres

El origen de Gigantes del Basket. Este artículo que van a leer fue escrito por Paco Torres en el 30 aniversario de la revista.  Ahora, en nuestro 35 aniversario… ¿Cómo surgió la revista? ¿El inicio del todo? Esta es la gran historia que esconde nuestra revista:

Tal como éramos. Soñadores. Lanzados. La jerga en la que hablábamos es ininteligible treinta años después. ‘¿Quién ha visto el tipómetro?’ ‘¿Cuántos cíceros por línea?’ ‘¿Han llegado las galeradas?’ ‘¿Ya están calientes los caldos del revelado?’ ‘Pásame el letraset y el pantone’. ‘Hay que enviar estas páginas a fotomecánica’. ‘Pegad bien las diapos en las maquetas’. ‘¿Llegaron los fotolitos a montaje?’ ‘¿A qué hora se ven ferros?’

Éstas y otras muchas frases que hoy pertenecen a la “antigüedad periodística” (aconsejo buscar los términos que suenen raro en el Diccionario de la Lengua Española o en su defecto en Google) se escuchaban de continuo, en un tono más alto que bajo, durante la semana que unía los meses de octubre y noviembre de 1985 en la redacción-piso, de la calle Arzobispo Morcillo 24, en la que la editorial Hobby Press había alojado a los redactores (tres: Manolo Vega, director, Sixto Miguel Serrano y quien escribe), fotógrafos (uno: Fernando Laura) y diseñadores (dos: Olegario Torralba y Fernando Tejero), que componíamos la primera nómina de trabajadores fijos de Gigantes del Basket.

Aunque si echan un vistazo al primer número de la revista y ven que la fecha de portada es el 11 de noviembre de 1985, el día real de salida fue el 4 de noviembre, en Madrid, y un día después en el resto de España. En aquella época era la costumbre poner como fecha de los semanarios el último día de venta. Que se saliera en Madrid el mismo lunes era posible porque los partidos ACB se disputaban los sábados excepto el que se televisaba por la segunda cadena de TVE (entonces UHF) el domingo.

Así que el sábado 2 fue un día de locos en la redacción, con los corresponsales llamando al único número que teníamos, cantando a voz en grito las estadísticas, que después tecleábamos en aquellas Hispano Olivetti que ya forman parte de la mitología del periodismo. Ni rastro de fax (no entró en la redacción hasta 1987) y tampoco de una fotocopiadora que tenía que haber llegado a principios de semana, y lo hizo… el lunes de la siguiente. Y ese aparato era absolutamente fundamental porque las maquetas que se elaboraban había que fotocopiarlas para enviar el original a Fotocomposición (texto) y la fotocopia a Fotomecánica (imágenes)… Así que allí andaba Olegario maquetando y Fernando copiando… con desigual fortuna porque ni estaba previsto en el guión, ni los nervios y las prisas eran los mejores aliados para hacerlas exactas.

En ruta: Carabanchel, Ventas, carretera de Barcelona

Los desajustes, que los hubo, me mantuvieron más de doce horas del domingo con una tijera (en forma de boli, así que en vez de cortar, taché, pero tanto da) donde se componían los textos, en Carabanchel, hasta que ya cercano el lunes, con los plásticos bajo el brazo, me fui hasta la fotomecánica, en el barrio de Ventas, donde las horas se estiraban tan veloces –la imprenta esperaba con impaciencia– como lentos nos parecía que iban los operarios encargados de hacer los fotolitos.

La espera la maté –y también el hambre– junto Manolo Vega y Salvador, el dueño de la Fotomecánica, en el único bar que estaba abierto a esas horas (una o dos de la madrugada) comiendo el último bocadillo de anchoas que recuerdo haber tomado en mi vida. Y de allí a la imprenta, en la carretera de Barcelona, en donde, ya clareando el día y entre un penetrante olor a tinta, se fue haciendo visible y palpable algo que hasta ese momento sólo había sido un sueño. Y también un empeño.

En medio de un ruido ensordecedor, las bobinas escupían los primeros pliegos que durante 35 años, semana a semana, y luego otros 3, mes a mes, se han ido reproduciendo con métodos muy distintos según las épocas. Con otras editoriales, con otras redacciones, con otras herramientas, con otros procesos, pero con un denominador común: el baloncesto y el amor por él de todos aquellos que, de una manera u otra, han pasado por Gigantes.

De aquella noche aún tengo fresca la desbordante emoción que me produjo tener en mis manos el primer ejemplar de Gigantes del Basket. Era privilegio de quien asiste a un arranque de máquinas quedarse con el primer ejemplar. Guardo como oro en paño tres: el primero plegado, aún sin cortar; el primero plegado y cortado; y el primero plegado, cortado y grapado, listo ya para salir a los quioscos.

Durante la tensa e intensa espera maldije el bocadillo de anchoas; habría dado cualquier cosa por un vaso de agua. Luego, con unos cuantos ejemplares de Gigantes del Basket y camino de la redacción para llevar la revista a mis compañeros, no me volví a acordar de la sed. A duras penas me pasaba la saliva por la garganta. Y tan feliz.