Vicios Pequeños: Juanma López Iturriaga

Iturriaga

Jugador de baloncesto, columnista, comentarista, conferenciante, presentador de televisión, tertuliano radiofónico,periodista,escritor…La polivalencia se quedó pequeña ante el impulso comunicador de Juama López Iturriaga (1959, Bilbao). Subcampeón olímpico y europeo con la Selección y referente del Real Madrid durante 12 temporadas, el Palomero abrazó la gloria con la plata olímpica de Los Ángeles’84 y lleva 40 años subido al podio de la popularidad.

Gigantes: Una vez dijo: “Ser deportista es como ser presidente. Nunca dejas de serlo”, ¿Qué ventajas y exigencias tiene el cargo?
Juanma Iturriaga. El deporte te inocula valores y hábitos. Es una forma de vida. Te enseña a compartir, a superar frustraciones. Te enseña el valor del esfuerzo y el concepto de equipo… Eso te aporta un bagaje. En lo que he cambiado con los años es en pensar que todos esos valores del deporte profesional son buenos para la vida civil. Hay cosas que conviene dejar con la retirada, como la competitividad. Porque si no lo haces te encuentras a veteranos que, con 50 años, se enfadan y patalean por perder al parchís.

G. ¿En esa cronología alterada de los deportistas, es más grande ese bagaje o el abismo de la retirada?
J. I. Lo hagas como lo hagas, el momento de la retirada es muy bestia siempre, porque te enfrentas a la incertidumbre máxima. Eso pesa mucho, pero, una vez asimilado, el valor de los años de deportista tiene una importancia y un peso mayor.

G. ¿Cuál es la fórmula para convertir la plata en oro y llevar 40 años subido al podio de la popularidad?
J. I. Esa plata lució como si fuera un oro. Llegó en un momento en el que España no ganaba ni a las canicas. El país estaba empezando a florecer, el futbol atravesaba una época triste y nuestra plata brilló por la mística que tuvo. Por cómo, dónde y contra quién la logramos. 40 años después la gente que lo vio se acuerda de todos los detalles de aquel día. Tuvo un impacto tremendo. Por eso tantos años después se sigue recordando con emoción. Son como esos recuerdos de juventud que se quedan pegados al cuerpo. Fue un oro. Y luego, unos cuantos, supimos sacarle rendimiento. No es un recuerdo de abuelo cebolleta, es un recuerdo muy vivo en el imaginario colectivo. Mira que España ha ganado cosas después, pero a los del 84 nunca nos taparon en la foto.

G. ¿Cómo definiría aquel vestuario de la selección del 84 y del Real Madrid de la década de los 80?
J. I. No éramos un grupo fácil, sobre todo el de la selección. El Madrid era pura jerarquía y tradición, mandaba la edad por encima del rendimiento, y el factor humano era fundamental. Hasta el fichaje de Petrovic, el carácter y la personalidad se tenían muy en cuenta para llegar al club. En la selección de Los Ángeles todos teníamos los roles muy definidos, dentro y fuera de la pista. Era un puzzle en el que todo encajaba porque éramos diferentes pero complementarios, en el juego y en la convivencia. Eso te arma como como grupo y como equipo.

G. Su generación, la del 59, salió buena: Magic, McEnroe, Ancelotti, Epi…
J. I. Ostrás, yo a Ancelotti le veo más mayor que yo (risas). Con el que hace más ilusión compartir quinta es con Magic. Mi generación jugó contra EE UU cuando teníamos 16 o 17 años y allí estaba Magic. Quien se iba a pensar lo que fue después… Igual que con Jordan. Una cosa es ver que iba a ser muy bueno y otra, convertirse en el mejor jugador de la historia del baloncesto.

G. Años después, tuvo dos encuentros muy dispares con Magic y con Jordan
J. I. A Magic le saludé en un viaje con amigos a Boston con motivo de la primera final de Pau [Gasol] en la NBA en 2008. Coincidimos con él en un restaurante y estuvo encantador conmigo. Siempre con su fantástica sonrisa. Se acordaba de aquel partido en el torneo junior en Manheim… Charlé un poco con él y antes de irse pasó de nuevo por nuestra mesa, nos volvió a saludar a todos y nos dejó prendados. Por tipos como Magic los Lakers tienen esa mística.
Con Jordan, en cambio, viví una de mis miserias periodísticas, en una visita que hizo a España en los 90. La idea era entrevistarle para un reportaje en El País Semanal. Preparé una amplia lista de preguntas, 30 o 40, que iban más allá de lo deportivo y buscaban descubrir un poco más al personaje, pero pasó de mí olímpicamente. Y eso que le solté eso de ‘yo jugué contra ti en el 84’, para crear un mínimo vínculo, pero me respondió con monosílabos, me ventiló rápidamente y aquello no lo pude salvar ni para la sección de deportes del periódico. No quería hablar de nada… luego me enteré de que se había acostado a las 6 de la mañana. Pero la culpa del fracaso fue mía. Porque no tenía experiencia.

G. Esa fue la peor, y ¿la mejor experiencia como periodista?
J. I. He tenido la suerte de entrevistar a Jordan, Maradona, Messi, Cruyff, Pau Gasol… me quedo con todas esas experiencias, con las historias que hubo detrás de cada entrevista. Pero mi momento cumbre fue cuando fui a EE UU en 1994 para hacer reportajes de color del Mundial de fútbol. Me mandaron a Los Ángeles y justo el día que llegué fue la famosa persecución de OJ Simpson tras el asesinato de su mujer. Ejercí de corresponsal del periódico en la cobertura de la noticia. Y, en ese mismo viaje, fue cuando saltó el caso del positivo de Maradona en el Mundial y, con aquella noticia, fue la primera vez que firmé en la portada del periódico. Me encontré con dos acontecimientos históricos.

G. ¿En cuál de todas sus facetas se reconoce más?
J. I. Nunca me planteé qué quería ser en la vida. Si acaso, de pequeño cuando quería ser futbolista del Athletic. Todo fue saliendo de forma exitosa y me dejé llevar. Luego me ha quedado la sensación de haber hecho muchas cosas bien, pero sin petarlo en ninguna de las facetas de mi vida. Fui un gran jugador de baloncesto, pero estaría en el segundo vagón de ilustres. He hecho mucha tele, pero nunca he reventado las audiencias. He escrito y se me ha reconocido mi valía, pero no soy una firma de referencia. Hacemos Colgados del Aro, que es un programa fantástico, pero aún no nos han dado el Ondas… Me siento afortunado de haber hecho tantas cosas, pero tengo la espinita de no haber alcanzado la excelencia en ninguna de ellas. Siempre me he quedado a un paso de la gloria.

G. ¿Si fuera una película, de qué genero sería?
J. I. De aventuras, sin duda. Una peli en la que haya muchos cambios de guion. Jo, ¡qué noche!, de Scorsese. Cita a ciegas, la de Kim Basinger y Bruce Willis. Thelma y Louise… Cualquiera que refleje estos cambios locos. Mi vida me ha sorprendido mucho. Nunca tuve en la cabeza este viaje. Después el camino del humor con el que he encarado la vida, me ha perjudicado en el recuerdo que ha quedado de mi etapa deportiva. Fui un jugador importante en un momento muy importante del deporte español. Aunque el humor haya rebajado la importancia y el valor de mi carrera. Pero he disfrutado tanto de ese papel que no lo cambiaría.

G. Un sueño cumplido y uno por cumplir
J. I. Uno muy reciente ha sido volver a ver la Gabarra en Bilbao con la conquista de la Copa del Athletic. Pero no he sido mucho de soñar. Igual me llegaban los sueños antes de soñarlos. Los sueños que recuerdo son pre-baloncesto. Soñé muchas veces con jugar en San Mamés. Luego cuando me metí o me metieron en el baloncesto todo fue tan rápido que no me dio tiempo a soñar. Solo estaba preocupado por hacer y conseguir.

G. ¿Cuándo perdió la inocencia?
J. I. Cuando una chica me engañó por primera vez. Apenas tenía 17 años. Después el mundo se te viene encima cuando recibes los palos de la muerte de familiares cercanos. Y quitando todo eso… el día que Lolo Sainz me dijo que no contaba conmigo y que me tenía que ir del Madrid. Fue un batacazo brutal. Visto en perspectiva, a partir de ahí, me pasaron muchas cosas buenas, pero en el momento, aquel día, fue como si me arrancaran el corazón. Como en la mítica escena de Indiana Jones y el templo maldito. Me costó mucho salir de ese agujero. Pones en duda todo, lo primero a ti mismo. Es un golpe a tu autoestima.

G. ¿Es de gestionar emociones y sentimientos o de contenerlos?
J. I. Durante muchos años fui de vasco que podía con todo. Pero llegando a los 50 me di cuenta de que había cosas que me sobrepasaban y empecé a hacer terapia, para gestionar las emociones. No somos superhéroes y en ocasiones necesitamos ayuda. Porque la vida, que es una cosa fantástica, de vez en cuando se pone cuesta arriba. Si acumulas y acumulas, explotas. Me hubiera gustado tener herramientas psicológicas y de salud mental en mi etapa de jugador. Me habría hecho mejor y habría sufrido menos. Hace muchos años pensé en comprar un local que había cerca de casa y montar un gimnasio mental. La cabeza hay que entrenarla, cuidarla y curarla. La gestión de las emociones es la asignatura más importante de la vida y debería estudiarse en las escuelas.

G. Un ídolo histórico y uno actual
J. I. El histórico Iribar, sin duda. Y un ídolo actual, Berto Romero. Ahora mis ídolos están en el campo del humor. Eso resume mi viaje. Berto tiene una carga intelectual impresionante. Es más filósofo que humorista. Como Ignatius Farray.

G. ¿Dónde tiene la medalla?
J. I. La tuvo mi madre siempre hasta que falleció hace unos años. Luego la recuperé y la tengo en casa, en una estantería secundaria. No la veo todos los días. La nostalgia es muy peligrosa. Procuro vivir en el aquí y ahora.

G. ¿Algún vicio confesable, pequeño o grande?
J. I. Ahora mismo mi vicio es el yoga y el pilates. Me hace sentir bien y estoy enviciado.