Volver. Crónica del España-Argentina, por Andrés Monje

Volver. Crónica del España-Argentina, por Andrés Monje

Volver, cantaba Gardel. Bien podría haber sido a España.

Porque España siempre vuelve.

España es ese equipo que siempre parece ir tarde pero que siempre llega. Que parece desvanecerse pero a continuación siempre emerge. Y cuando lo logra se hace notar. Es el ciclo vital de un equipo acostumbrado a nadar entre tiburones, a la necesidad de máxima adrenalina para responder de verdad. Como ante Argentina sólo valía ganar, se ganó. Con la perturbadora naturalidad de siempre.

Tras ofrecer su lado más exuberante con el atracón ante Lituania (109-59), sonoro mensaje para el torneo, España mostró su otro perfil, el puramente competitivo, para deshacerse de Argentina (92-73) y salvar su enésima aventura sobre el funámbulo, su escenario favorito.

El conjunto de Scariolo jugará los cuartos de final del torneo olímpico ante Francia, todavía con el recuerdo de lo que sucedió en un rectángulo de Lille hace once meses, con Pau Gasol vestido de inmortalidad para liderar uno de los más bellos capítulos de la historia del baloncesto español. Pero el miércoles, a buen seguro, será otra la historia. Y pensar más allá (hipotética semifinal ante Estados Unidos) sería, aparte de inútil, directamente demasiado pensar.

Antes España tuvo que sufrir. Croacia y Brasil destaparon dudas, agigantadas en buena parte por Nigeria, el rival de menor nivel del grupo. Pero justo ahí, en el momento más bajo de la estancia en Río, renació la vieja España para destrozar a Lituania y someter a Argentina. Lo primero con diamantes y lo segundo sobre el barro. Porque ambas cosas son necesarias para alcanzar la gloria.

La albiceleste ya estaba clasificada pero una derrota, unida a una victoria de Croacia ante Lituania (como así sucedió) le ponía en el horizonte de Estados Unidos en cuartos de final. No era por tanto un encuentro vacío para la ‘Generación Dorada’. Que trató de competir hasta donde llegó lo racional.

Sergio Hernández guardó a Campazzo y Nocioni de inicio. Era su plan. Los dos protagonistas ante Brasil saldrían desde el banco, quizás buscando revitalizar una carencia marcada de su estructura: la segunda unidad. Pero la apuesta saldría mal, aunque en el arranque más inmediato no lo pareciese.

No lo hizo porque Manu Ginobili (16 puntos en 19 minutos de acción) frotó la lámpara de inicio. La suya, la que no conoce fin, para lanzar un 0-8 de salida (con dos triples suyos de por medio) en apenas minuto y medio de partido. Pero la respuesta posterior directamente marcó el duelo. Porque lejos de ponerse nerviosa, España tomó aire y soltó un temporal que asoló la pista.

Un 22-3 de parcial en cinco minutos y medio reventó un encuentro que acababa de empezar. Lo lideró el mejor Rudy Fernández del torneo (23 puntos), no sólo por su siempre valioso (y oscuro) trabajo defensivo, especialmente en líneas de pase, sino porque además se desató en el costado ofensivo (8/10 en tiros de campo, con 4/5 triples). A él se le unió Nikola Mirotic. Entre ambos firmaron 18 puntos en ese tramo y pusieron a Argentina cara de Lituania.

Por entonces Argentina ya era sólo Ginobili, incluso cuando el ‘Oveja’ puso en pista a sus dos armas guardadas. A su equipo le costaba un mundo hilar dos pases en cada ataque y la lucha en las zonas resultaba tremendamente desigual. Ricky Rubio y el citado Rudy construirían lo primero, con nuevamente la estructura de primera línea sensacional nublando pases y por extensión la fluidez del rival. El tamaño y talento de Pau Gasol (19 puntos y 13 rebotes) se encargaría por sí solo de lo segundo. Por el camino un 25-15, con cinco triples, para abrir la contienda.

La segunda unidad de España, puesta otra vez con cinco recambios, mantendría la renta pero ya en un escenario diferente. Ya no habría ritmo sino descontrol y no habría orden sino caos en un contexto plenamente embarrado, sin espacio alguno para el brillo. Argentina no podía sugerir otro escenario porque sus carencias de físico interior y las faltas personales le irían mermando -Scola primero y Campazzo después tendrían problemas-. Y a los de Scariolo simplemente no les importaba en exceso no volver a volar si conservaban un relativo control, aunque fuese en un encuentro más árido. Sergio Rodríguez no encontró su ritmo pero España sí halló a Juan Carlos Navarro en la creación, dirigiendo el pick&roll y alimentando a los interiores sobre el bote.

El recurso bastó.

Argentina, que subió un punto su agresividad atrás con el reseñado coste de las faltas, evitaría la fuga ante un rival que le doblaba en rebotes (24-12) y tenía a todo su banquillo en positivo en pista, padeciendo además al Scola gris, el Nocioni sin peso y un Campazzo ansioso. Con tal panorama los trece puntos abajo que se llevaban a la media parte (48-35) ni siquiera parecían tan horribles.

Barro en abundancia y un ajuste imposible

Hernández no titubeó con su quinteto de inicio en el tercer cuarto, salvo reservar a Scola por las faltas. Puso en pista junto a Ginobili a sus dos bases, buscando reanimar su inexistente circulación. Pero se encontró un 7-0 de inicio tras un triple frontal de Pau Gasol que elevaba la diferencia a 20 puntos (55-35) y ponía a la albiceleste en la lona.

España voló otros dos minutos, encontrando facilidades en su perímetro (especialmente Llull) para atacar a Campazzo y Laprovittola… y después planeó sin alarmas. Lo hizo pese a sufrir en exceso con el cuidado del balón (17 pérdidas de España y 15 de Argentina), en parte por el desacierto y en parte por el irrespirable clima del duelo, con mucha más tensión que fluidez. Pero sin duda un punto a corregir.

La expulsión de Navarro por dos técnicas casi consecutivas, ambas por protestar, puso cima a tal descontrol, segundos antes de que los colegiados castigasen con otra a Campazzo por tratar de forzar una falta en ataque. Por entonces el partido se había instalado en distancias muy elevadas para España, por encima de los quince puntos, sobre todo gracias a la abismal diferencia de ejecución en zonas.

Argentina tenía baloncesto, sobre todo en su perímetro, pero no formas de traducirlo en plenitud. Con Scola absorbido por la pintura española, ni un solo grande finalizaba dentro, ni generaba de espaldas en un lado de la pista, pero tampoco protegía el aro ni reboteaba en el otro. Entre Scola, Nocioni, Delia, Acuña y Mainoldi, toda la rotación interior, acabaron capturando 14 rebotes, sólo uno más de los que recogió en solitario Pau Gasol. Tal hándicap convierte a España en un ajuste descorazonador para Argentina. Imposible de aguantar en las zonas. Por inercia así es.

Con Ginobili sentado en el banco los últimos quince minutos del duelo (descansando para el cruce), sólo una ráfaga de corazón, el que nunca falta en la albiceleste, amagó con dar vida al encuentro y puso el partido en once puntos (75-64, min.33). Fue un espejismo. La subcampeona olímpica lo esfumó de inmediato y con suficiencia. Argentina acabó impotente y España cerró su billete para los cruces.

Otra vez contra el crono, otra vez viviendo al límite las horas previas. Pero con el recuerdo ya más reciente de lo que ha sido y aún admite ser. Un equipo capaz de devastar cuando existe lucidez (como ante Lituania) pero también de someter cuando no la encuentra (venció los cuatro parciales ante Argentina). Un equipo con mayúsculas que vuelve a aparecer en la lucha por las medallas.

No parece importar cómo de complejo sea el laberinto, España siempre parece ser capaz de encontrar la salida. Para volver, sentir y vivir, que cantaba Gardel.

“Vivir
con el alma aferrada
a un dulce recuerdo
que lloro otra vez”

Es ese recuerdo, el de su grandeza, el que mantiene a esta España en pie. El mismo que seguro hace a Francia torcer el gesto al verla de nuevo aparecer en su camino.