Entrevista a Anna Cruz: “Celebrábamos cada victoria como algo grande porque nunca nos creíamos por encima de nadie”
El repaso a una trayectoria única. De su timidez inicial al anillo WNBA: de sus aventuras en Rusia a todo lo vivido con la Selección Española. El testimonio de una leyenda con mucho que contar.
*Entrevista publicada en la revista Gigantes 1.558, julio de 2025
Gigantes: ¿Cómo son de largos los días desde tu retirada?
Anna Cruz: Hay un poco de todo. Hay días que voy a tope y otros que me levanto y pienso: “Hoy no tengo mucha cosa que hacer”. No tengo una rutina establecida. De momento estoy como si estuviera de vacaciones, como si fuera una postemporada más. Pero a veces me viene a la cabeza que ya no hay un agosto ni una fecha concreta en la que tenga que volver a ponerme a tope en el gimnasio. Estoy transitando por muchas emociones.
G: Todavía no eres del todo consciente de que ya no juegas.
AC: No del todo. Creo que lo asumiré completamente cuando vea que todo el mundo está en pretemporada y yo no. Lo tengo asumido, pero mi cabeza aún no ha hecho ese clic final de que ya no voy a volver.
G: ¿De qué manera se fue gestando esta decisión?
AC: La verdad es que llevo diciendo que me retiro desde los 30 años, sobre todo por el tema de la rodilla. Cada vez las temporadas se me hacían más largas. Por eso, en los últimos años prefería esperar al final para decidir. Acababa la temporada, descansaba un mes, la rodilla mejoraba y se me olvidaba el dolor. Entonces decía: “Venga, va, un año más”. Y así seguía fichando. El verano pasado, después de una temporada dura con el Barça, pensé que quizás ya era el momento. Durante esa temporada ya me fui mentalizando. Pero vino la Penya, me ilusioné con el proyecto y decidí seguir un año más.
G: ¿Llevabas bien la convivencia con el dolor?
AC: Esta última temporada estuve bastante bien. Con los años aprendí a tolerar y reconocer “mi dolor”, ese que ya no me preocupaba porque sabía cómo gestionarlo. Conocí mi cuerpo, supe cómo paliar las molestias. Y con el médico, el preparador físico y el equipo, encontramos un equilibrio entre cargas y tratamientos.
“Cuando me cambian y ya sabía que no iba a volver a jugar… Fue una mezcla de emociones muy intensa”
G: Desde que anuncias tu retirada hasta que juegas el último partido pasan varios encuentros fuera de casa en los que recibes varios homenajes.
AC: No me lo esperaba para nada, sobre todo en sitios donde nunca jugué. Supongo que son muchos años, también en la selección, y eso hace que la gente te tenga cariño. Lo de Lugo y Valencia fue muy especial. También en el Wizink. Yo quería esperar a final de temporada, pero se estaba hablando mucho y a mí me gusta atajar. No me gusta que la gente especule, no me gusta ser el foco. En Valencia no pude contener las lágrimas. Sabía que era el último partido y, además, físicamente no estaba bien, tenía la rodilla delicada. Cuando me cambian a pocos segundos del final y saber que no iba a volver a jugar… Fue una mezcla de emociones: pena, alegría, agradecimiento. Muy intenso.

G: En Badalona, en tu último partido, se dio una despedida muy simbólica. Hasta hace unos años no había ni equipo femenino en tu ciudad. ¿Alguna vez imaginaste un adiós de esta manera?
AC: Para nada. Siempre tuve claro que quería retirarme jugando en la Liga Femenina Endesa y sintiéndome jugadora, sumando. El año anterior con el Barça fue duro, pero me sentí importante y estaba en paz conmigo misma. Luego vino la Penya, me ilusioné con el proyecto, y fue todo muy bonito. Acabar donde empecé, en mi ciudad, con mi gente… fue un cierre perfecto.
G: Volviendo al inicio en el Barça, con 15 años ya estabas con el primer equipo. ¿Qué recuerdas de esos momentos?
AC: Iba con miedo. Subía a entrenar con jugadoras a las que admiraba, como Laia Palau. Pero pronto me di cuenta de que eran personas normales y que muchas me ayudaban a soltarme. Siempre he tenido suerte con las veteranas, tanto en clubes como en la selección, donde Cindy Lima me integró en el grupo. Yo era una persona tímida, me costaba soltarme. Al principio me intimidaban, pero con el tiempo maduras. No te queda otra.
G: ¿Has sido consciente de que tú también te has ido convirtiendo en una referente para las jóvenes?
AC: Creo que esa timidez que tenía al principio desapareció con los años. Y cuando veía a una chica joven entrar al equipo, intentaba hacerle sentir cómoda. Yo he pasado por eso. Detalles como decirle dónde sentarse en el autobús marcan la diferencia. Una no quería quitarle el sitio a nadie. Siempre intenté hacer lo que hicieron conmigo, de forma natural.
G: Pasaste por Burgos, Espanyol, Rivas… ¿Cómo era la Liga Femenina entonces?
AC: Era diferente. Por eso decidí irme fuera, a Rusia. Quería nuevos retos. En ese momento la liga española había bajado el nivel. En cambio, en los últimos años ha mejorado mucho, con jugadoras de gran nivel. El baloncesto también ha cambiado: ahora es más físico, con más contacto. Y eso, conforme una va cumpliendo años, lo nota.
G: 2009 fue un año clave: debutas en Euroliga y bronce en el Eurobasket. ¿Lo sientes como el salto definitivo?
AC: Sí. Ir a Rivas fue importante, jugar Euroliga también. El año anterior estuve cerca de ir a los Juegos Olímpicos de Pekín, pero no fui. Me pesó la timidez, no supe mostrar mi nivel. Jugaba durante la temporada a buen nivel, pero luego llegaba la selección y no era yo misma. Yo lo reconozco, no merecía ir a los JJOO. Pero en 2009 di un paso adelante y empecé a aprovechar mis minutos.
“No clasificarse para los JJOO de 2012 fue un batacazo. Desde ahí, el grupo fue para arriba”
G: España no se clasifica para los Juegos de Londres en 2012.
AC: Fue un batacazo. Inesperado. Todo salió mal en el EuroBasket del año anterior. Ninguna encontró su juego y tuvimos alguna lesión. Pero fue necesario para reaccionar. No íbamos confiadas, aunque parecíamos un equipo totalmente diferente al que veníamos siendo. Desde entonces el grupo fue hacia arriba. No queríamos volver a vivir algo así.
G:Después decides irte a Rusia. Todas las que hicisteis ese trayecto sois una mina de historias y anécdotas.
AC: Estuve seis años y viví de todo. Una vez , con una amiga, pensábamos que no lo contábamos. En mi primer año, en Moscú, le dije a mi amiga de ir a ver la Plaza Roja. Fuimos en taxi, nos cobraron 500 rublos. Algo normal. Hicimos lo mismo a la vuelta y nos dijo que teníamos que pagarle 5.000 rublos. Yo ni papa de ruso, pero le dije que no. Él solo me hablaba y gritaba en ruso. Así que yo le empecé a gritar en español. Llamé a la delegada, pero no estaba en el hotel. Le dije que iba a llamar a la policía, que eso es igual en todos los idiomas, y me empezó a insultar. Eso sí lo entendía. Mi amiga salió, pero a mí me bloqueó la puerta. Al final lo conseguí, le tiré 2.000 rublos y echamos a correr al hotel. Luego se lo explicaba a mis compañeras y me decían que cómo no podía tener una aplicación en la que te ponía el precio antes del trayecto. ¡Cómo la iba a tener si no me lo habían explicado!. Luego aprendí ruso, lo básico, para mi día a día. Un café, un poco de pollo, esas cosas.
G: Coincidiste con algunas de las mejores jugadoras del mundo. ¿Qué compañeras te han dado la sensación esa de superioridad de poder ganar un partido “solas”?
AC: Maya Moore, Diana Taurasi y Breanna Stewart. Jugué con Moore en Minnesota, con Stewart en CSKA y contra Taurasi en Ekaterimburgo. Son jugadoras que marcan la diferencia.
G: En paralelo a tu carrera en Europa, aterrizas en la WNBA con las New York Liberty. No era un camino tan transitado como ahora. ¿Cómo surgió?
AC: No era un objetivo claro. Cuando jugaba en Rivas, el director deportivo me avisaba cuando venían GM de la WNBA. Siempre era Connecticut. Pero nunca me lo había planteado hasta que en 2013 me lesioné, me quedé fuera de la selección y decidí empezar a mirar otras cosas. En 2014 no coincidían selección y WNBA por calendario, así que ese miedo no estaba. Bill Laimbeer apostó por mí en las Liberty. Yo iba para el training camp, sin expectativas, y cada día iban cortando jugadoras. Era como “Los Juegos del Hambre”. Quedaban dos días para el inicio y todavía éramos 14. Cuando vi que me iba quedando, más ganas me entraron de seguir. Al final pasé los cortes, aunque hasta el último día no lo supe. Yo no he vivido nada igual a aquello. Sin despedirte ni nada. Igual llegabas y la jugadora de tu lado en el vestuario ya no estaba en el equipo.
G: Con semejante competitividad y situación, ¿qué ambiente había en ese equipo durante el training camp?
AC: Yo es que solo recuerdo entrenar. Bueno, entrenar y hacer turismo. Por si no seguía (risas). Dentro de mis posibilidades físicas, claro, ya que acababa reventada. Yo iba sin presión y eso me vino bien. El último descarte fue una de las jugadoras que habían drafteado, una de las que parecían tener un hueco asegurado. Nadie se esperaba que me metiera yo por ahí. Deportivamente no funcionamos. Había muchos egos y no logramos formar un equipo sólido. Pero a nivel organizativo fue increíble, sobre todo por el hecho de que después de varios años en otro pabellón, la franquicia volvió aquella temporada en el Madison. A nivel personal fue bien, creo que superé lo que se esperaba de mí.
G: Luego vas a Minnesota. ¿Recuerdas aquel traspaso?
AC: Las Liberty querían fichar a Epiphanny Prince, pero ella tenía que ir con Rusia y yo con España. Solo podían esperar a una, así que eligieron a Prince. Minnesota se interesó por mí y se hizo el traspaso.
G: Te siguieron ofreciendo contratos año tras año hasta el 2023: ¿qué había detrás de aquello?
AC: Yo soy la fan número 1 de las Minnesota Lynx. Yo creo que las últimas eran ya algo más anecdótico, mantenían mis derechos. Después de Río 2016 yo ya estaba muy mal de la rodilla. Cheryl Reeve me dijo que quería que yo fuera la base titular de las Lynx, pero ya no estaba físicamente bien. Me hubiese gustado seguir, pero no era viable.
G: Maya Moore, Seimone Augustus, Sylvia Fowles, Lindsay Whalen, Rebekkah Brunson… ¿Cómo era el día a día con ellas?
AC: Muy fácil. Era impresionante. Las cinco que has nombrado eran buenísimas, pero además te hacían la vida muy sencilla. Desde el primer momento me acogieron muy bien. Luego se lesionaron Whalen y Augustus, y las suplentes tuvimos que dar un paso adelante. Maya Moore te facilitaba mucho las cosas en pista, pero nunca tuve la sensación de que entre ellas hubiera egos. Todo era muy natural. Cuando llegaron las lesiones, mucha gente daba el equipo por perdido, como si ya no fuéramos a ganar. Y al final, entre todas, lo sacamos adelante.
“La canasta de Maya Moore en las Finales WNBA diría que es lo más grande que he vivido en una pista de baloncesto”
G: En ese título de 2015, la canasta más icónica fue la de Maya Moore en el tercer partido contra Indiana. Pero justo antes tú anotas dos tiros libres claves. ¿Han sido los más tensos de tu carrera?
AC: Ni me acuerdo, sinceramente (risas). Solo recuerdo la canasta de Maya. Diría que es lo más grande que he vivido en una pista de baloncesto. Salté del banquillo, crucé toda la pista con la toalla… Fue brutal. Fueron cuatro partidos muy ajustados. El último, en casa, fue el más fácil. Yo ese día sabía que íbamos a ganar. Tenía esa sensación. A veces tengo presentimientos y no suelo fallar. Cuando es algo malo intento apartarlo, pero cuando es bueno, lo verbalizo. Ese día, en el calentamiento, dije: “Hoy ganamos”.
G: Aquella serie contra Indiana…
AC: Mucha tensión. Recuerdo que cuando ganamos fue como quitarme un peso de encima. Soñaba con ese último partido, con ganarlo. Fueron dos semanas muy intensas, con muchos nervios, y había que saber controlarlos. Recuerdo llamar a casa y decirles a mis padres que no vieran el partido, que siempre que lo hacían jugaba mal o perdíamos. Les prohibí ver el último partido, incluso les dije que iba a cambiar la contraseña para que no pudieran ponerlo. Me hicieron caso… al principio. Luego se lo pusieron en mitad de la noche. Pero sí, mucha tensión. La temporada había sido durísima, todas teníamos el mismo objetivo y cuando llegó la final, lo vivimos con muchas ganas. Indiana fue un rival muy duro.
G: Hace poco se retiró la camiseta de Sylvia Fowles y se reunió prácticamente todo ese equipo. Cheryl Reeve os mencionó tanto a ti como a Montgomery como piezas clave de aquel anillo. ¿Has mantenido el contacto con alguien de aquel grupo?
AC: No, la verdad es que no. Algún mensaje puntual con Cheryl cuando ha pasado algo importante, pero poco más. Es inevitable: cada una ha seguido su camino y al final nos separan muchos kilómetros y mucha diferencia horaria también.
“Celebrábamos cada victoria como algo grande porque nunca nos creíamos por encima de nadie”
G: En 2016 llegan los Juegos de Río, tras una década donde estabais siempre en la pelea por las medallas. ¿Se llega a naturalizar el éxito y ese nivel altísimo dentro de la selección?
AC: No. Creo que coincidimos un grupo de jugadoras que también habíamos vivido muchas cosas malas y habíamos tenido que sudar mucho para estar donde estábamos. Nadie nos regaló nada. Éramos talentosas, pero también muy trabajadoras y bastante humildes. Nunca nos creíamos por encima de nadie. Por eso celebrábamos cada victoria como algo grande. Conseguir medalla año tras año es muy complicado. Va entrando gente nueva, hay cambios de roles… Lo más difícil no es llegar, sino mantenerse y ser constante ahí, y creo que como grupo lo conseguimos.
G: Anotaste la canasta ganadora ante Turquía. ¿Esa jugada la recuerdas más que, por ejemplo, los tiros libres previos a la canasta de Moore?
AC: Sí, esa sí la recuerdo más. Fue un partido muy pastoso, no nos salía nada. Turquía nos conocía mucho. Fue un partido malo por nuestra parte, con baja anotación. Parecía que lo teníamos controlado y hubo un error tonto. Quedaban pocos segundos, y no tuve otra opción que coger el balón, correr y tirar. No había alternativa.
G: Ya el año anterior, en el Eurobasket de 2015, tú también decides el partido contra Montenegro. ¿Te gustaba pedir el balón en esos momentos?
AC: Me gustaba, me gustaba. La de Montenegro, por ejemplo, no era una jugada diseñada para mí. A veces, si lo piensas demasiado, lo haces mal. En esos momentos solía ser bastante decisiva. No me temblaba la mano porque, ¿qué puede pasar? ¿Que falles? Pues hay que tirarla igual. Prefiero tirar y fallar que quedarme con el balón por no atreverme.
G: Lo único que os faltó fue superar a Estados Unidos. Os cruzasteis con ellas en semis en 2010, finales en 2014 y 2016… ¿Cómo gestionabais ese reto tan difícil?
AC: Nosotras teníamos muy buen equipo, pero cuando veías el roster de Estados Unidos… Es que ellas llevaban a las dos mejores de cada una de las grandes potencias. Físico, talento, dirección… Era muy difícil. Para ganarles, necesitaban tener un mal día y nosotras uno perfecto.
“No quería volver a vivir ciertas situaciones que no merecía”
G: Sin embargo, cerraste tu carrera en la selección con una renuncia por los problemas con Lucas Mondelo.
AC: Me hubiera gustado acabar de otra manera, pero las cosas son como son y no me veía con fuerzas para seguir allí en esas condiciones. Decidí que lo mejor para mí era no volver mientras todo siguiera igual. Antepuse mi bienestar. No quería volver a vivir ciertas situaciones que no merecía. Fue cuestión de una persona con la que yo no quería compartir ciertas cosas. El problema no eran mis compañeras ni la federación, estaba claro quién era el problema. Y decidí no someterme más a eso.
G: Estuviste muchos años en la Selección, ¿dónde empieza toda esta situación?
AC: Yo estaba bien en la selección hasta que empecé a recibir una serie de tratos hacia mí que no compartía. Y veía que nadie me defendía. No podía luchar contra eso porque él tenía el poder. Ahí es cuando necesité ayuda psicológica. Yo no podía decidir cómo me trataban. Planteé la situación y no encontré ninguna solución, no podía ni rendir ni jugar bien de esa forma. Así que decidí irme. En ese momento solo intentas sobrevivir. No fue por el baloncesto ni por estar quemada. Me dio mucha pena cerrar esa etapa así a las puertas de unos JJOO, pero luego pensándolo friamente tampoco los habría disfrutado. Para vivirlos así, mejor no vivirlos.
G: Tus últimos meses con la selección se solapan con los primeros jugando en España tras muchos años fuera.
AC: Ya estaba un poco cansada de estar fuera. Fueron seis años en Rusia, también Estados Unidos, Turquía… Siempre lejos. Tenía ganas de volver. Ficho por Araski y justo coincidió con todo lo que estaba pasando con la selección. No estaba bien, ni deportivamente ni mentalmente. Venía también de una operación de rodilla en 2020, el año del COVID, y no acababa de fluir. No me encontraba a gusto. Reconozco que yo no estaba en mi mejor momento. Soy humana, y todo te influye.
G: ¿Dónde te terminaste de encontrar de nuevo?
AC: Lo fui intentando. Llegué a Zaragoza y el equipo también tenía mucha guerra interna, y yo no estaba para vivir más guerras. No volví a ser yo como jugadora hasta que no se solucionó todo el tema del juicio. Era un lastre constante, una preocupación. Me dolía no poder defenderme, depender de terceros para hacerlo. Puse una coraza para protegerme. Hasta que todo se resolvió, no volví a respirar tranquila ni a jugar siendo yo misma. No sé si se solucionó todo en mi último año en Zaragoza o ya en el verano antes del Barça. Pero necesitaba entrar en un equipo con buena dinámica, con ilusión. En mi último año en Zaragoza empecé a encontrarlo, y el primer año en el Barça fue el remate. Volví a sentirme plenamente. Estar en Barcelona, rodeada de familia y amigos, también sumaba. Poco a poco fui saliendo de ese pozo y encontrando la salida.
“No cambiaría nada. Este es mi libro”
G: Han sido más de 20 años de carrera.
AC: He conseguido cosas que ni siquiera soñaba. Nunca me lo había planteado. Y reconozco que cuando las conseguía, no tenía tiempo para asimilarlas. Iba de una cosa a otra sin parar. Ahora que ha terminado, me doy cuenta de toda la trayectoria y todo lo vivido. Los momentos duros no quedan como una anécdota, pero sí como aprendizajes. No cambiaría nada. Estoy tranquila con cómo he hecho las cosas y cómo he tomado decisiones según lo que sentía. Este es mi libro. Me han pasado muchas cosas, hasta un juicio por jugar al baloncesto, y lo he vivido a mi manera.
G: ¿Hay algún momento que se te haya quedado grabado por encima del resto?
AC: Ganar el anillo fue brutal. No se puede describir. Pero también me vienen muchas anécdotas que no son de juego. En Rusia, por ejemplo: taxis, noches raras… La primera vez que llegué a Orenburg, durante una semana alguien picaba a la puerta a las dos de la mañana. Estaba muerta de miedo. O en Río, cuando una señora de la limpieza se comía nuestro chocolate y nos acusábamos entre nosotras. Son recuerdos que me hacen sonreír.
G: ¿Y ahora qué?
AC: Me gustaría seguir vinculada al baloncesto porque es lo que he hecho toda la vida. Eso no significa que se me vaya a dar bien, ni que vaya a ser entrenadora, ni nada concreto. Pero no quiero separarme del baloncesto, sería como castigarme a mí misma. No sé ni cómo, ni dónde, ni cuándo. Ahora estoy en un momento de bajada, de aterrizar, de ver por dónde tirar. Pero sí, me gustaría estar ligada de alguna forma.
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