De exterior desconocido a interior de vanguardia: la historia de Anthony Davis

De exterior desconocido a interior de vanguardia: la historia de Anthony Davis

Al sur de Chicago, urbe de impresión, las luces se vuelven tenues y las calles suenan distinto. En Englewood, una de las áreas con mayor índice de criminalidad de la ciudad, incluso pasear puede resultar atrevido. Sus poco más de ocho kilómetros cuadrados, germen de narcotráfico y delincuencia, han visto reducirse a un tercio la población en apenas cinco décadas. En sus calles, hace quince años, creció la leyenda de Derrick Rose. Las pistas de Murray Park, al oeste de Englewood, fueron testigo del desarrollo de su crossover, del inicio del asombro del que más tarde sería reconocido como el MVP más joven de la historia de la NBA. Sin embargo a muchos niños ni siquiera les permitían ir allí. Uno de ellos era Anthony Davis.

A seis manzanas de Murray Park, en un hogar humilde, vivían Anthony Sr. y Erainer con su familia. Lesha, la hija mayor, y Antoinette y Anthony Jr, mellizos. El padre improvisó una pista de baloncesto en el patio trasero de casa para que su hijo, que como su hermana mayor adoraba el baloncesto, no tuviera la tentación de alejarse demasiado. Cuando el frío azotaba la ciudad, el chico acudía a un gimnasio cercano, en Saint Columbanus School, donde practicaba con su tío y sus primos.

A los quince años Anthony Davis medía 1.83 metros y era un palillo. Era un chico modesto y no ya bajo el radar sino a kilómetros de él. Había sido entrenado como un jugador de perímetro más, abonado a los fundamentos de pase, bote y tiro, en un área de enorme tradición y salvaje competencia com0 Chicago. Su instituto era tan desconocido que por no tener ni tenía ni gimnasio propio, los jóvenes entrenaban en las instalaciones de una parroquia cercana. Eso cuando lo hacían, porque a aquel nivel de competitividad lo realmente importante no era tanto el baloncesto como lo académico.

Davis adoraba jugar. Pero su carrera, con tan poco tamaño y frágil apariencia, no parecía invitar a nada serio. Entre los 15 y los 16, pegó un estirón, se puso en 1.90 metros. Pero el escenario era el mismo: todo lo que sabía en cuanto a formación, a los registros que manejaba, eran recursos perimetrales, porque era uno más ahí. Siempre lo había sido.

De hecho él mismo reconocía -años después- que en aquella época pasaba totalmente desapercibido, por condiciones y por el lugar donde las practicaba, casi secreto dentro de la urbe. “Yo había escuchado que los ojeadores prestan atención sobre todo a partir del tercer año de instituto, pero yo había llegado a él y en mí no se me fijaba nadie”, contaba.

Un pequeño en el cuerpo de un grande

Todo cambiaría en los siguientes doce meses, Davis creció 16 centímetros más. La situación llegó a ser incómoda en casa, porque su madre recordaba comprarle ropa y le duraba un mes, se le quedaba todo pequeño. El escenario pasó a ser más que sugerente: Davis había sido un exterior toda su vida, especialista defensivo y en ataque con roles limitados, pero creativos y de ejecución. Pero en tiempo récord pasó a ser un factor físico, a nivel de tamaño y longitud, como muy pocos en el país.

Hablamos de un tipo que, antes del radar universitario, era ya larguísimo, casi arácnido, muy coordinado pese a su bajísimo peso y sobre todo instruido en conceptos de perímetro, con un instinto de juego muy desarrollado. Como si fuera una mente dentro de un cuerpo que no le correspondía. El caso es que de golpe el Perspectives Charter School, que era un instituto de poco más de 200 estudiantes entonces, aquel tan humilde que no tenía ni gimnasio propio, pasó a ser un lugar importante en el mapa. Y el motivo era él.

Su ascensión fue brutal. Y sobre todo asombrosa porque estaba en un equipo tan limitado que debía seguir ejerciendo como creador, muchas veces subía incluso el balón. Aquella circunstancia hacía salivar por completo, porque se daba una situación hipnótica: un tipo muy grande haciendo todo el tiempo cosas de pequeños. Era el futuro dentro del presente. Cuando comenzó a moverse el boca a boca, el radar universitario, Davis dejaría de ser un secreto. Pasaría a convertirse en el gran deseado.

Sin embargo cabe recordar que hasta ese gran estirón, el entonces director del centro, Vinay Mullick, decía que era impactante la inocencia del chico, de aquel Davis. Y recordaba cómo él mismo le confirma que si no sabía si el baloncesto iba a ser para él, no sabía si captaría la atención suficiente como para poder aspirar a vivir de ello en el futuro. Vaya si lo logró.

Érase un potencial con piernas

No sería, no obstante, hasta la primavera de 2010 cuando su nombre comenzaría a sonar de verdad. Los ojeadores recibían lo que parecían ser leyendas urbanas sobre un chico en Chicago que crecía literalmente a diario. Fueron 26 centímetros en un tiempo tan escaso que su cuerpo, en el fondo, no asimiló el despegue. El estirón fue tan pronunciado que generó desequilibrios biomecánicos en su cuerpo, es decir había ganado en agilidad y longitud pero tenía tramos musculares que carecían de la suficiente fuerza como para explotar del todo ese cuerpo. Era un jugador débil, un cuerpo por madurar. El potencial, eso sí, apuntaba al infinito.

Con John Calipari, ya en Kentucky, solo vería el aro. El tamaño le había hecho, de golpe, un interior más. Aunque en el fondo no lo fuese. Otro pequeño crecimiento dejó su altura en 208 centímetros, su mente y capacidades técnicas seguían siendo las de un jugador perimetral. Era como tener un base o escolta de mucho talento, con instinto, en un cuerpo de un pívot, reconocía Calipari, su técnico en Kentucky, a la que Davis hizo campeona de la NCAA en su único curso allí. Incluso siendo un embrión, comenzando a aprender toda formación de poste bajo y disciplina interior a los 18 años, Davis era una bomba.

A Calipari le asombraba la magnitud de sus zancadas. “Sube y baja la pista más rápido que algunos de nuestros bases. Puede tirar de tres, driblar y conducir un contraataque”. Sin embargo el técnico potenció al extremo su capacidad defensiva porque era lo mejor para Kentucky. Davis era muy grande y se movía como un pequeño, entendiendo el juego muy por encima de la media. La mezcla era imponente.

«Atacad vosotros, en defensa yo les pararé»

Una de las anécdotas que mejor revela qué tipo de jugador fue siempre Davis sucedió precisamente en la final universitaria, que midió a Kentucky con Kansas. El partido soñado, el escenario ideal y de máxima audiencia ante el que todos los chicos querrían meter 30 puntos. Pero Davis no era un tipo normal.

Contaba Brett Dawson, un periodista que le siguió ya en la época de Kentucky, que en aquel equipo universitario entró con un perfil muy bajo. Había hasta cuatro jugadores que lanzaban más a canasta que él, aunque su cartel fuese el mejor de entre todos ellos. Calipari, de hecho, tiraría su ejemplo en los años posteriores como el de paradigma de paciencia a la hora de explotar. Porque no lo haría individualmente hasta el tramo clave. Pero en cualquier caso lo que sí le obsesionaba ya era ganar.

En aquella final del torneo, ante Kansas, Davis estuvo muy incómodo en ataque, firmando un 1/10 en tiros. Ante el escenario, no dudó en decirle a sus compañeros algo que les impactó. «Atacad vosotros, en defensa yo les pararé«. Hacía ver a sus compañeros que si focalizaban sus energías en producir en un lado de la pista, su ofensiva, él solo se encargaría de cubrir sus espaldas atrás, en defensa. Que el monstruo llegaría a todos lados para ganar el partido en defensa.

No fueron palabras vacías. Acabó aquel duelo con 16 rebotes, 6 tapones y 3 recuperaciones. Además de 5 asistencias, en ataque. Tenía claro que si tenía que sacrificar su brillo por el triunfo lo iba a hacer. En el mejor escaparate posible no se obsesionó con sus puntos o su falta de acierto, se centró en ayudar a su equipo a ganar de la forma que fuera. Y eso le definió entonces.

Eso es lo que le ha definido siempre. Hoy Anthony Davis está cerca de ser campeón de la NBA, sabiendo brillar cuando toca, en el apartado ofensivo, pero sobre todo dotando a los Lakers de una autoridad defensiva que, traducida en consistencia, ha derivado en un poder mayúsculo. Los Lakers de LeBron James y Anthony Davis, dos superestrellas, han sido sobre todo un sensacional colectivo. Comprometido y solidario, donde muchas partes han sumado.

Y ahí Anthony Davis, uno de los interiores que mejor representa la vanguardia del juego, por su perfil físico, técnico y aposicional sobre la pista, con prácticamente todas las funciones del juego bajo su control, ha vuelto a ser un ejemplo.