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Ben Simmons: situación, contexto e historia para entender qué está ocurriendo

Ben Simmons: situación, contexto e historia para entender qué está ocurriendo

Ben Simmons está fuera. Ni está ni se les espera. Los Philadelphia 76ers están cada vez más frustrados y no encuentran solución. Desde la franquicia se ha intentando ayudar al jugador pero es imposible, de momento, solucionar lo que ocurre. Simmons ha trabajado con profesionales de la salud mental a través de la Asociación Nacional de Jugadores de Baloncesto desde el verano.

Los Sixers multaron a Simmons con casi 2 millones de dólares por no estar con el equipo a inicio de campaña pero desde el pasado 22 de octubre eso ha cambiado: ahora no es sancionado, ya que hay una disposición en el convenio colectivo que protege los salarios de los jugadores por no prestar los servicios «si dicho fallo ha sido causado por no encontrarse mentalmente preparados para ofrecerlo».

¿Cómo se ha llegado a esta situación? En este artículo de Andrés Monje publicado el pasado junio se explica cómo se puede haber llegado a este escenario y la particular personalidad de Simmons, sobre todo en lo relativo a su confianza.

Ben Simmons

Photo by Tim Nwachukwu/Getty Images

Pocas virtudes son tan valiosas como la confianza. Muy, muy pocas. Entiéndase bien, no es que la confianza por sí sola te pueda permitir alcanzar objetivos, menos aún cuando la competencia es salvaje. Pero si no se posee un mínimo de ella, un punto de partida para aplicar el resto de cualidades que uno posea, toda facultad se reduce a cero. La confianza, en el fondo, estira o encoge cualidades con su acción.

El cruel ejemplo de lo último, de encoger hasta el extremo, lo dejó Ben Simmons en el séptimo y definitivo partido de la eliminatoria entre Sixers y Hawks, cuando a 3:30 del final y con su equipo dos puntos abajo en el marcador, el australiano renunció por voluntad propia a una bandeja (o mate). Una jugada casi instintiva para un gigante coordinado como él. Y no es que ahí pasar a su compañero fuese mejor opción, un jugador con el conocimiento del juego de Simmons bien lo sabría, sino que en su cabeza cualquier opción era válida salvo lanzar él mismo. Ahí estaba el problema.

La acción generó estupor, casi incredulidad, entre todos los que la vieron. Resulta a priori imposible de entender. Aquello era la gota final que colmaba el vaso. No del valor global de Simmons como jugador, sino de la evidencia que arrastraba lo que se veía de él en cancha: su confianza había tocado mínimos. Era un fantasma sobre la cancha, uno que deambulaba de un lado a otro sin saber/poder dejarse notar. Con la necesidad que tenía su equipo de él, en esa situación límite, tal hecho era una tragedia.

Al término del encuentro, ante los medios, Joel Embiid trató de realizar un ejercicio de equilibrismo entre su sinceridad sobre aquello y el mensaje que le transmitió a sus compañeros ver a Simmons. “Seré honesto, el punto clave fue cuando, y no sé cómo decirlo, renunciamos a un tiro abierto y en su lugar solo metimos un tiro libre. Luego ellos anotaron…”.

El camerunés hacía referencia a cómo Matisse Thybulle anotaba un tiro libre de su tanda, tras el pase de Simmons, mientras que posteriormente Trae Young (con un alley-oop sobre Capela previo a un triple espectacular) estiraba la renta hasta los seis puntos (87-93), con dos minutos y medio por jugar. Philadephia llegó a colocarse a un punto, hasta que un 0-5 de parcial dejó a los de Doc Rivers en la lona y sin opción a réplica, consumando la debacle: la tercera derrota en casa durante la serie acabó con su andadura en Playoffs.

Volviendo a Ben Simmons, ¿cómo es posible que un jugador de 2.08 de altura, con unas capacidades atléticas muy por encima de la media, renuncie a esa bandeja fácil en un momento tan importante? ¿Cómo se entiende que un All-Star como él no lanzase a canasta ni una sola vez durante los últimos cuartos de los cuatro últimos encuentros de la serie? ¿Cómo se llega a anotar un 34% de tiros libres y fallando un total de 38 en dos rondas de Playoffs cuando, hace no tanto durante tu primera fase final, pasaba del 70% en un volumen similar de intentos?

Todo está en su cabeza. Y lo que resultaba a priori imposible de entender, la renuncia voluntaria a una canasta, era en realidad la muestra más inequívoca de que aquel Simmons había sido engullido por sus propias dudas, sus propias sombras, hasta el punto de dejar de ser él.

El origen de la duda en Ben Simmons

Con apenas cinco años, Ben Simmons ya disfrutaba con el balón en las manos. En su Australia natal, jugaba con niños dos y hasta tres años mayores, más desarrollados físicamente, luciendo con facilidad. Se le daba bien botar y correr con la pelota. Todo hasta que la cosa se ponía seria, eso sí.

Cuando comenzó a jugar de forma más organizada y los partidos cobraban cierta importancia, cuando se creaban contextos en los que había árbitros, competencia oficial, en el fondo cierta presión, por inocente que a esas edades resultase, aquel niño se refugiaba junto a su madre y no quería jugar. Sentía rechazo a aquel escenario.

Tenía que ser Julie, su madre, la que le animase e incluso ofreciese algún regalo a cambio de jugar con el resto de niños y ‘competir’. Aún así, pocas eran las veces que incluso conseguir algo a cambio le llevaba a afrontar aquella situación, para él un tormento.

Simmons creció con un marcado carácter introvertido que hacía que, incluso cuando en pista ya como adolescente resultaba abrumadoramente diferencial en Australia, tuviese cierto recelo hacia la máxima exposición en pista, la desnudez absoluta de un talento que bien podría tomar ese camino. El cambio a Estados Unidos tampoco alteró aquel encierro propio y voluntario del joven.

Ya en Montverde (Florida), academia a la que llegó con 16 años, era evidente que Simmons era, sobre todo, un chico nada proactivo y totalmente reactivo. Nada lo explicó mejor que un episodio, de entre unos cuantos totales, vivido junto a su técnico allí, Kevin Boyle.

En la víspera del día de Navidad del año 2014, teniendo ya Simmons 18 años, su equipo disputaba un encuentro dentro del torneo City of Palms. Aquel conjunto llegaba a la cita con 25 triunfos seguidos pero al descanso de aquel duelo, ante el instituto Marietta de Georgia, en el que sobresalía un joven talento llamado Jaylen Brown, la desventaja era sonrojante. Estaban 25 abajo.

En el vestuario, durante aquel tiempo de descanso, las voces de Boyle retumbaron las paredes. “’¡Esto es tu culpa! ¿Cuándo vas a decidirte a jugar?”, le lanzaba el técnico a Simmons, estando este sentado en el banco, inalterable, con los ojos apuntando al suelo.  “Ni se inmutó”, recordaba Tahj Malone, el mejor amigo de Simmons entonces y compañero suyo en el equipo. “El entrenador le puso en evidencia y no reaccionó de mala forma, al contrario entendió que aquel toque de atención era justo lo que necesitaba”, contaba, recordando que tuvo que ser aquello lo que le hiciese abrir los ojos.

Aquella falta de respuesta explica muy bien el carácter competitivo del propio Simmons. El que ha exhibido siempre. El de un jugador de condiciones fabulosas al que le cuesta un mundo agarrar los partidos de forma frontal, más aún dominante. Ben Simmons renuncia a la expresión pública como cauce de expresión. Más de una vez reconoció el motivo. “No me gusta expresarme delante del resto porque te expone, hace saber cómo te sientes y eso puede ser aprovechado en tu contra».

Estigmas y modos de afrontarlos

En su familia siempre han existido preocupaciones sobre cómo la incontrolable crítica pública ha afectado a Ben Simmons. No tanto por la exigencia en sí como por el hecho de que la burla o la ausencia de filtro pueda dañar aún más la capacidad de Simmons de responder a esos estímulos negativos, inevitables en el mundo actual y sobre todo en una posición como la suya. Simmons tiene problemas para bloquear todo ese ruido externo, que llega motivado por las líneas rojas de su juego (el lanzamiento) y se ve potenciado por su reputación como profesional (firmó una extensión de contrato por 177 millones en 5 años durante el verano de 2019). Está expuesto precisamente a todas las situaciones que marcaron siempre su forma de afrontar el juego.

revistaEl australiano es, según su propia familia, una persona a la que domina el orden y la responsabilidad de no errar. “Le encanta ser eficiente, no tener fallo alguno”, revelaba su hermano Sean. “Y eso se convierte en un obstáculo a veces, porque del error también se aprende. Él necesita relativizar sus errores, pero solo aprenderá cuando pase por momentos complicados”, explicaba, aludiendo a que Ben no concibe el error como algo natural sino, de hecho, como algo a erradicar. De ahí que si algo puede inducir al fallo, la repulsa es total.

El hermetismo de Simmons se encuentra ligado, por tanto, a cómo lejos de desarrollar su juego en torno a sus numerosas virtudes lo que hace es tratar de reducir las menos lagunas.Suelo necesitar que alguien me responsabilice para reaccionar y sé que lo tengo que hacer es dar yo el primer paso, pero me resulta difícil hacerlo”, reconoció hace años el australiano.

La ausencia de resultados en el lanzamiento en suspensión, en un contexto de jugador que llegó hace ya cinco años a la NBA (aunque debutase uno después), revela esa lucha interior que le atormenta y marca. Si bien ha trabajado el tiro, jamás ha llegado a usarlo asiduamente en escenarios reales, fuera de partidillos de verano o sesiones de trabajo. Replicando, en cierto modo, su comportamiento en la niñez.

Preguntado hace unos años por ese asunto del tiro, su extécnico Boyle, uno de los que mejor le conocen, fue tajante con la solución que tomaría. “Si estuviera al mando le diría que tiene que intentar al menos una suspensión tras bote y un triple en cada parte de partido que juegue. Le diría que no me importan sus porcentajes pero si no lo hiciese, le dejaría sin jugar”, explicaba.

Ben Simmons llegó a tratar con especialistas de la psicología el asunto del lanzamiento, bañado ya con una enorme presión pública. Su propia familia colaboró en un proceso que los Sixers también apoyaron. El temor al error resulta, no obstante, demasiado difícil de digerir. Al menos a la vista de los resultados.

El talento ahogado

El pasado año, una columna de Grant Hughes reflexionaba sobre cómo el gran lunar de Simmons condicionaba la visión pública que recibía. “No podemos ignorar que la mayoría del discurso a su alrededor se ha centrado, durante años, mucho más en lo que no puede hacer que en lo que sí. Es más sencillo centrarse en las dos cosas que pueda hacer mal que catalogar la enorme lista de cosas que sí hace bien”, afirmaba con motivos, aludiendo a cómo su incapacidad de lanzar condiciona su imagen.

Ben Simmons, un perfil excepcional que conjuga un despliegue físico y creativo de reducidísimo precedentes históricos, el base –de facto– más alto de la historia, es uno de los mejores y más versátiles defensores del planeta. Un excepcional pasador y un jugador que, además de resultar imparable en transición, es capaz de aportar en cada faceta oscura del juego que se valore. Son esos los avales que le valieron, sin ir más lejos, presencias en el Tercer Quinteto NBA y el Primero Defensivo la pasada temporada. Muestras evidentes de su reconocimiento como parte importante de la élite de la Liga.

Sin embargo y de forma paradójica, el propio jugador ha acabado convenciéndose a sí mismo de que lo que tanto le apuntan, la incapacidad para ser proactivo y atreverse a desarrollar su lanzamiento a la vista pública, pese mucho más que todas sus virtudes. Ha acabado asumiendo el escenario antinatural, hablando de un deportista de élite y éxito: que sus carencias dominen a sus virtudes hasta el punto último de invisibilizar estas últimas.

Las –desafortunadas, para el que escribe- declaraciones de Doc Rivers al término de la serie entre Sixers y Hawks, apuntando que no sabe si Ben Simmons puede ser el base de un equipo campeón, en realidad poniendo a su jugador aún más en el abismo en una situación que solo demanda protección pública y tratamiento privado, no hacen más que fortalecer el posible siguiente paso del proyecto en Philadelphia: la salida a corto plazo de Simmons en, eso sí, un contexto complejo para la franquicia: su valor de mercado es más bajo que nunca. Y, de paso, una oportunidad para cualquier otra franquicia interesada en el ‘rescate’ del australiano. A simple vista, franquicias en circunstancias de cambio como Portland (con McCollum por medio) o Chicago (con LaVine saliendo al mercado en 2022 y dudas sobre su renovación) podrían ser opciones a considerar.

Desde un punto de vista de Philadelphia, poco importa que las antaño dudas existentes de si el australiano era compatible con Embiid, que ponían en duda la coexistencia de ambos en un mismo candidato, difícilmente se sostengan ya atendiendo a los datos. Sobre todo a una vez se dotó por fin a la estructura colectiva de especialistas en el tiro. Embiid y Simmons han producido un +15.5 de net rating (diferencial entre puntos a favor y puntos en contra por cien posesiones) estando juntos en cancha durante la fase regular y un +18.8 en Playoffs.

Para los Sixers lo más urgente es sacar al jugador de las sombras. De las dudas ajenas que terminaron por comerse su confianza primero y sus numerosas virtudes después. Si  la franquicia no lo hace o cree que no puede hacerlo, su salida es cuestión de tiempo. Un jugador de su calibre no puede permitirse decidir, por voluntad propia, permanecer al margen de un momento clave para el que realmente está preparado. Quizás, en su caso, lo más difícil sea precisamente recordar que lo está. Aceptar sus errores, depurarlos y proyectar, sin temor, las maravillosas condiciones que le hacen un jugador de enormes posibilidades.

Con sus aciertos y fallos, en un juego precisamente nutrido de ambos elementos. Simmons afrontará, estos meses, un parón necesario en su carrera NBA sin conocer, de paso, cuál será su próxima parada. Sea cual sea, debe asegurarse de que en ese retorno ha logrado liberarse de la pesadísima carga que ahora mismo arrastra.

Solo así podrá emerger de nuevo.

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