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La historia de Chet Holmgren, el otro unicornio: Su ascenso, lesión y rivalidad con Victor Wembanyama

La historia de Chet Holmgren, el otro unicornio: Su ascenso, lesión y rivalidad con Victor Wembanyama

Aquel niño tenía 9 años, vestía unos pantalones cortos, un polo y parecía que su madre fuese su peluquera habitual. En su primer contacto con la bola nada parecía llamar la atención en él. Sin mucha técnica individual, sin lanzamiento y sin apenas carácter. De hecho, lo único que destacaba de ese chaval era lo alto y delgado que era para su edad. Mientras la acción se desarrollaba en el gimnasio, su padre hablaba con el entrenador a cargo de la sesión. A Dave Holmgren le habían hablado de un tal Brian Sandifer, famoso en la zona de Minnesota por su trabajo con jóvenes que prometían, pero con los que pocos contaban. La realidad es que a su hijo, Chet, apenas le llegaba para pasar el corte del equipo de AAU, pero había algo en él que hacía creer que la apuesta merecería la pena. Los primeros días en esa dinámica fueron realmente duros para el pequeño Chet Holmgren.

El chico lloró tras cada una de las sesiones de entrenamiento. Esa nueva realidad le estaba superando. El nivel estaba demasiado lejos de lo que había conocido y no parecía merecer la pena aquel disgusto por un sueño muy lejano en el tiempo.

Por su aspecto nadie habría prestado un mínimo de atención en él, más cuando sobre la cancha de aquel diminuto gimnasio al sur de Minneapolis estaba ya una de las promesas del high school estadounidense, Jalen Suggs. Al fondo del banquillo, donde la principal función de todo jugador ahí no es otra que aplaudir y dar ánimos a sus compañeros se encontraba Holmgren.

Las dudas con respecto a Chet eran generalizadas. Parecía un lapicero, largo, frágil y delgado, como describió Sandifer tiempo atrás. Además, las lesiones, en una época muy temprana de su desarrollo, eran habituales, sobre todo aquellas relacionadas con el desmesurado tamaño del que hacía gala para su edad. Las reservas con respecto a él desaparecían al ver la interminable presencia de su padre, Dave, cuya estatura alcanzaba los 7 pies. Durante mucho tiempo su carta de presentación fue esa. Una apuesta, una promesa en ciernes, un diamante en bruto, un unicornio.

Pero por entonces solo era eso, un niño muy alto.

El tiempo, el trabajo y, sobre todo, la paciencia son el mejor compañero de viaje con perfiles como el de Chet Holmgren. Alcanzar una coordinación plena entre cuerpo, técnica y transferencia requiere un largo proceso, especialmente en una etapa vital donde se producen demasiados cambios. En el caso del actual jugador de los Thunder el punto de inflexión ocurrió cuando tenía 15 años. Hasta entonces había sufrido para adaptarse al frenético crecimiento que le había sometido su cuerpo, incluyendo dolorosos períodos de crecimiento de 25 centímetros en unos meses que le forzaban a quedarse apartado del juego.

“Viene desde lo más abajo que se pueda imaginar”, reconoció Jalen Suggs en 2020. “Ni siquiera sabía de qué iba este deporte y ha conseguido llegar a ser uno de los mejores jugadores del país. Es, verdaderamente, un magnífico testimonio de trabajo duro”.

En aquel 2017 Holmgren pudo imponerse definitivamente a los designios de su físico, convirtiéndose en una sensación estatal y, junto a Suggs, liderando a los Redhawks de Minnehaha al título en la segunda división de instituto, un hito que marcaría un antes y un después en sus respectivas carreras. Sus nombres atravesaron de punta a punta la geografía estadounidense y todo el mundo comenzó a ponerles cara. Iniciaban una nueva etapa, cada uno por separado, pero difícilmente podría uno aventurar que ese interminable gigante espigado se convertiría en uno de los mejores jugadores de su generación.

El asalto a los cielos de Holmgren

Chet Holmgren

Holmgren en su etapa de instituto [Getty Images]

Para Chet Holmgren todo vino de golpe. Invitaciones con los mejores equipos del circuito AAU, eventos, becas deportivas de las universidades más prestigiosas, eventos… Pero hubo uno en especial que le marcó. En agosto de 2019, sin su futuro todavía definido, Holmgren recibió una llamada para acudir al SC30 Select Camp, un campus patrocinado por la marca de zapatillas Under Armour como parte de su acuerdo con Stephen Curry. Estos lugares acostumbran a ser más un escaparate individual que un espacio de entrenamiento, una gran concentración donde las marcas puedan establecer contactos con futuras estrellas.

Sin embargo, hay excepciones.

En el segundo día de entrenamientos, en pleno partido y con Curry vestido de corto, Holmgren recibió la bola en un lateral de la cancha. Estrella y adolescente se emparejaron, cuando este último, en una concatenación de movimientos más propia de quien tenía delante, se zafó de él sin mayor problema para culminar con un mate sobre dos defensores que saltaron a la ayuda. No hizo falta más. “Nunca asustado y nunca retrocedas”, recordó tiempo después. En plena era de redes sociales, de vídeos descontextualizados y highlights aquello corrió como la pólvora. Bastó un tweet de Dwyane Wade para que aquello estallase. Un perfil de ese estilo, alto, ágil, habilidoso y rápido, no era en absoluto habitual, de hecho, lo que parecía era la culminación de un veloz proceso iniciado precisamente por Stephen Curry apenas un lustro atrás.

“Me pillaste en esa jugada”, le diría la estrella al término de la sesión. Una manera de elogiar el talento y desparpajo de ese guard en el cuerpo de Pau Gasol.

Holmgren representaba un punto de fuga, una convergencia. En él convivían generaciones de hombres altos a los que se negó su condición aposicional en un momento en el que la altura había perdido parte de su significado y trascendencia en el baloncesto.
«Mucha gente piensa que simplemente soy alto y luego me ven jugar”, afirmó durante el transcurso de aquel campus.

Media NCAA se pegaba por él. North Carolina, Michigan, Ohio State, Texas, USC, Florida State… Los cantos de sirena desde la G League también fueron notables, con su entrenador, Brian Sandifer, sugiriendo la posibilidad de pasar del instituto al Ignite. “Tiene que pasar al mundo profesional”, dijo este a ESPN en 2020. “Va a ser un top 3 [del Draft] pase lo que pase. No hay ningún beneficio en que Chet Holmgren vaya a una universidad”. Sería Gonzaga, después de mucha deliberación y varias visitas a Spokane, el lugar elegido para alcanzar el siguiente nivel, desoyendo la insistencia de su técnico desde los 9 años y cumpliendo a rajatabla la cronología clásica de la estrella de instituto americana. En ese punto su ascenso parecía ya imparable.

Victor Wembanyama, su némesis

Wembanyama Holmgren

Chet Holmgren y Victor Wembanyama en la NBA [Getty Images]

Como en toda gran historia, hacen falta dos personajes antagonistas para que el guion tenga fuerza narrativa.

En el mundo que hasta el verano de 2021 había conocido Holmgren no había nadie ni remotamente cercano que se asemejase a lo que él hacía. A todas luces, Chet Holmgren era único en su especie. Al menos dentro de Estados Unidos. El problema para aquel chico de Minnesota es que al otro lado del charco había “otro” como él, solo que más grande, más alto, más rápido, más coordinado y, quizá, algo mejor. Su nombre, impronunciable, pero con el tiempo todos se acordarían de ese francés: Victor Wembanyama.

La primera vez que ambos se vieron las caras fue en la final del Mundial U19 de 2021, duelo que, contra todo pronóstico, fue extremadamente competido. Holmgren había sido el termómetro del combinado estadounidense, especialmente atrás donde se erigió como el pilar desde el cual todo se hacía posible. Pero en la final tropezó contra su réplica. Wembanyama le superó pese a tener dos años menos que él, firmando su partido más discreto del campeonato, y viendo cómo su compañero Kenneth Lofton le robaba el protagonismo en ambos extremos para liderar al oro a los suyos.

“No le suelo dar crédito a mucha gente, pero quiero hacerlo con este tipo que está aquí”. Con estas palabras Holmgren reconocía el talento del que, en adelante, se convertiría en su gran rival sobre una cancha. “Creía que era solamente alto y que tenía brazos largos, pero sabe llevarlo al siguiente nivel. Se mueve bien, tiene tiro, técnica… Va a ser alguien muy rico algún día. Sé que seguirá trabajando. Ojalá pueda verlo en la NBA y seguir jugando contra él durante mucho tiempo”.

La distancia genera fricciones y la relación entre ambas figuras generacionales sería completamente inexistente en los siguientes años. El ascenso del francés, que vino de la mano de una atención y hype desconocidos en tierras estadounidenses desde LeBron James, no terminaron de sentarle bien a un Holmgren que vio herido su orgullo en cierto modo. Sin haber odio entre los dos, la insistencia mediática terminó por aborrecer a Chet, cansado de ver su nombre unido para siempre al de aquel escuálido extranjero.

Dos líneas secantes destinadas a encontrarse en algún punto, con similitudes pero también con notables diferencias. Todo lo recorrido por Holmgren hasta llegar a lo más alto para terminar encontrando la horma de su zapato en un pabellón semivacío en un país báltico. Aquello le sabía a rayos.

De Chet Holmgren se pueden destacar un sinfín de características, físicas y técnicas, como el último eslabón en el desarrollo del deporte de la canasta. Sin embargo, lo que marca la diferencia con respecto a otros es su personalidad. Frío desde lejos pero tremendamente consciente de su posición en el mundo en todo momento. La influencia de su padre, ex jugador de la Universidad de Minnesota entre 1984 y 1988, así como de su madre, ejecutiva para una editorial científica, fueron cruciales para el correcto desarrollo de su carácter.

Su perfil bajo no es impostado, alejándose de falsas modestias o de un rechazo a la lógica atracción que genera su figura. Paciente y calculador a partes iguales, Holmgren ha sabido en todo momento cuál era su destino. “Yo era un proyecto, pero la gente estaba dispuesta a dedicar tiempo a mí”, contó. “Convirtieron un montón de ladrillos en una casa. En realidad, ni siquiera era un montón de ladrillos; era de aquello con lo que se hacen ladrillos». Su paso por Gonzaga, aunque fugar, dio buena cuenta de que el mundo universitario se le quedaba pequeño, que él había nacido para codearse entre los mejores y ser, además, uno de ellos.

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Fundido a negro: La lesión antes de debutar

Chet Holmgren

Chet Holmgren durante la Summer League [Getty Images]

—No lo digas en voz alta. Puede que sea una lesión para toda la temporada temporada. No lo digas en alto.

Sin haber tocado suelo en la inhóspita Oklahoma, Sarah sabía bien lo que le pasaba a su hijo. O, al menos, a lo que había que atenerse.
Menos de 24 horas antes Holmgren había acudido a la llamada de Jamal Crawford. La ocasión lo merecía, pues en un abarrotado gimnasio de Seattle se iban a dar cita algunos de los nombres más reconocibles del momento, entre los que se encontraba LeBron James. Ubicado a escasos metros del lago que conecta con el océano Pacífico cientos de personas se apiñaban en las gradas del que podía ser, perfectamente, un All-Star Game en pleno periodo estival. Demasiada humedad, tanto que hasta el parqué se había visto afectado. Pero nadie se dio cuenta.

Tan solo un minuto después de dar comienzo el encuentro, en un contraataque comandado por LeBron, Holmgren se dejó llevar por sus ansias competitivas y, quizá, la inexperiencia, aguantando el pulso a la estrella. Quizá fuese por azar o consecuencia de tantos meses sometiendo a su cuerpo a un gran estrés. Daba igual. El resultado era irreversible y el joven tardó poco en darse cuenta de que algo no iba bien.

Mientras cojeaba rumbo a vestuarios por su cabeza no paraban de cruzarse pensamientos intrusivos de todo tipo. “¿Por qué se me ocurre defender en un partido amateur? ¿Acaso la próxima vez que esté en esa situación no debo defender?”. Nada tenía sentido en ese momento para él. Todo parecía derrumbarse justo cuando su sueño estaba a punto de cumplirse.

Era agosto de 2022, quedaba poco más de un mes para el inicio del training camp y Chet Holmgren decía adiós al que iba a ser su año de novato. Una lesión en el pie derecho, concretamente en la articulación de Lisfranc, la cual hizo poner a todo el mundo en alerta por ser una zona especialmente sensible para alguien de su estatura.

Sentado en la consulta del médico junto a Sam Presti, su familia y agente, Holmgren se vino abajo al ser consciente de lo que significaba todo aquello. Chet Holmgren sentía que había decepcionado a todo el mundo. A sus padres, a su entorno, a la organización, incluso a sí mismo. Todo por intentar seguir mejorando. “Solo recuerdo estar sentado allí y desmoronarme. No era como si tuviera que pedir perdón, porque sabía que no tenía nada por qué disculparme, pero estaba enormemente dolido”, aseguró en una entrevista.

El riesgo de perderse por el camino antes siquiera de vislumbrar el final es alto. Son muchos los que cayeron en la oscuridad tras una temprana lesión en su trayectoria. La dureza de la rehabilitación, la sensación de impotencia, las ansias de mostrar al mundo y probarse a uno mismo son un mal compañero de viaje.

Antes de que la sangre llegase al río, los Thunder cortaron por lo sano.

Su entrenador, Mark Daigneault, supo dar en el clavo con el muchacho. Tan pronto como le vio le regaló un libro, extraño compañero de viaje para una estrella. La elección del técnico no fue casual. A sus manos fue a parar El hombre en busca de sentido, una obra existencialista desde la perspectiva de un psicólogo en un campo de concentración nazi, escrito por Viktor Frankl. El subtexto de aquello no era otro que aprender a sobrevivir, a relativizarlo todo, a crecer a través de la adversidad.

Si no podía jugar como había hecho hasta ese momento, entonces debía buscar la manera de seguir progresando en la medida de sus posibilidades. Chet Holmgren se encerró en el gimnasio a trabajar la parte más física de su cuerpo. Desarrolló su técnica de maneras poco ortodoxas, incluyendo sesiones de tiro a una pierna. No se perdía una sola sesión de vídeo del equipo, así como otras centradas ya en su formación individual como jugador. “A menos que seas Steph Curry, siempre puedes mejorar”, llegó a decir.

Pero no todo era bonito. La vida, a una pierna, se tiende a hacer cuesta arriba. Desplazarse, ducharse, relacionarse. Holmgren tuvo que aprender a gestionar sus esfuerzos, a vivir con dolores. “Es como si todas las pequeñas cosas a su alrededor aparecieran. Pero si eres capaz de manejarlo y luego te mantienes alerta, con el tiempo desaparecen”, contó tiempo después de su lesión. El equilibrio sería fundamental en todo ese proceso. “Me gusta mantener la sensatez”, dijo. “Nunca demasiado alto, nunca demasiado bajo. Me gusta quitarle emoción a lo que intento hacer y a las decisiones que tomo. Intento hacer todo basándome en un plan que se ha elaborado y eso es a lo que me he aferrado”.

Mientras, fuera de su pequeña burbuja, el mundo seguía girando. Un mundo que parecía haberse olvidado de él, poniendo toda su atención en el gigante francés que conoció en Letonia, ya convertido en una estrella y un fenómeno mundial. Al tiempo que era espectador pasivo de ese ascenso, él encaraba los últimos meses de rehabilitación con el reto de batirse contra Wembanyama muy presente. Sabedor de que la atención iba a estar en el galo, Holmgren asumió la posición de underdog, como si tuviera una espinita clavada o cuentas pendientes.
Para cuando todos los focos apuntaban a París y San Antonio al mismo tiempo, Holmgren ya llevaba semanas liberado de toda restricción. En maratonianas pero controladas sesiones de cinco por cinco, aquel chico de Minnesota miraba al verano como el escenario perfecto para resarcirse. En circunstancias como estas, donde el riesgo y el miedo a recaer van de la mano, Chet Holmgren no dudó un instante. La meta estaba al alcance de su mano y la iluminación de su particular túnel era cada vez era mayor.

Todas esas horas de trabajo al margen del resto, mientras sus compañeros se duchaban tras un partido fuera de casa, él las utilizaba en su beneficio.

“Juega como si nunca se hubiera lesionado”, llegó a decir Jalen Williams tras compartir cancha con él en la Summer League de 2023.
Solo así se puede comprender la dimensión del impacto que este tuvo en la siempre indescifrable Summer League de Las Vegas. Un escenario que, en el mejor de los casos, sirve para mantenerse en forma y, en el peor, para caer lesionado. Holmgren encaró este torneo de exhibición como una particular puesta en escena. Dos partidos fueron suficientes para que los Thunder cortasen por lo sano. No había que arriesgar, el objetivo estaba cumplido. Y lo mejor, tenían en su poder al secreto peor escondido de la NBA. La pieza que les faltaba.

Llegados a ese punto era imposible contener a Chet. Los meses hasta su estreno oficial se harían eternos para él, más tras haber saboreado las mieles de la competición tras casi un año en blanco. El proceso, para él, no se detuvo en Las Vegas. Siguió por su cuenta bajo la tutela de la franquicia, a la cual no dejaba de sorprender su evolución semana a semana.

“Siento que todo lo que hago es una acumulación del trabajo que he realizado. Sé lo que puedo hacer. Sé en qué necesito trabajar. Y cuando salgo y hago algo son simplemente cosas en las que he estado trabajando toda mi vida. Así que, ¿me sorprende lo que estoy haciendo? No”.

25 de octubre de 2023, viaje a Chicago, todavía con restricción de minutos. Y en la cabeza de Holmgren resuenan las palabras de su amigo Jalen Suggs pronunciadas ya en un pasado remoto. “Sabíamos que sería bueno, pero no tan bueno. Sabíamos que sería alto, pero no tan alto”.

El camino estaba a punto de comenzar. Una vez más. Balón, canasta y a demostrar que con él las apariencias siempre engañan.

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