Chris Paul como semilla, por Andrés Monje

Chris Paul como semilla, por Andrés Monje

El instinto más profundo no entiende de contextos. Acude puntual, ni pronto ni tarde, cuando se le invoca. Solo así se entiende que mientras jugaba en el sótano de la casa familiar, en una improvisada cancha que su padre había creado con cinta adhesiva en el suelo y estaba coronada por dos canastas de juguete, el pequeño Chris entrase en combustión contra su propio hermano. Ni los genes lo evitarían.

Sucedió en Carolina del Norte, a finales de los ochenta. Chris, de tres años, jugaba con Charles, de cinco, en ese reducido rectángulo que servía como salón de juegos. Todo transcurría con normalidad hasta que Charles, de mayor tamaño, realizó un mate que hizo caer al menor de espaldas. Casi humillado.

Chris duraría en el suelo un pestañeo. Sus pequeños ojos, inyectados en sangre, hicieron a aquel minúsculo cuerpo levantarse a toda velocidad y perseguir a su hermano para, una vez a su altura, soltarle un puñetazo en la cara que pilló desprevenido al primogénito. No quedaría ahí.

Al salir Charles del sótano, subiendo las escaleras hacia la estancia principal para alertar a su padre de lo sucedido, recibiría la puntilla. Una vez los dos hermanos estaban arriba, Chris no daría tiempo a mediar palabra alguna. Empujó a su hermano escalera abajo. Como dando la sentencia, pensaría él, a tan vil acto de abusar de su fuerza para dejarle en evidencia.

Todo dentro de una cancha ficticia. Con canastas de plástico. En un juego familiar. Pero en la mente del pequeño nada de eso existía.

La escena, que no pasó a mayores, define la crudeza que posee, metido en faena, Christopher Emmanuel Paul, conocido desde la infancia como ‘CP3’, por ser el tercero de la saga y compartir inicial con su padre y hermano. Al margen de la anécdota, solo una de muchas, a Chris Paul no le representa la violencia, tampoco rasgos psicopáticos pese a tan peligroso precedente. Sí una feroz capacidad para elevar al más alto grado conocido el deseo competitivo. Como un impulso automático, una fiebre vital.

Atendiendo a su deporte, y por concretar, una muestra caníbal solo compartida, en diferentes tramos y formas, por algunos de los más salvajes ejemplos de defensa de la idea maquiavélica, en la que el fin justifica siempre los medios. Herencia de Jordan, Bryant o Garnett, exponentes icónicos del macho alfa en pista.

Por eso su aterrizaje en Phoenix, tierra que acumula una década sin pisar los Playoffs en la NBA (segunda racha más longeva de la Liga), resulta tan sugerente. Porque expone uno de los últimos grandes desafíos para una carrera que, paradójicamente sin haber conocido la gloria deseada en la fase final, ilustra a la perfección el máximo esfuerzo por alcanzarla.

Apología del liderazgo duro y el reencuentro con Monty

Su hermano Charles mantuvo a menudo, y con vehemencia, la teoría de que Chris, el pequeño, forjó a fuego lo indómito en su personalidad a partir de un rasgo físico que le convirtió en diana fácil durante la niñez y adolescencia: la altura. Chris tuvo siempre menor estatura de la que por edad le correspondía, a causa de un desarrollo físico tardío. Si se añade a la ecuación el baloncesto, deporte tradicionalmente para tipos altos, el estigma en el chico era evidente. Y lo ha sido hasta su etapa profesional (1.83 metros).

Sin embargo, su desprecio hacia ese estigma también fue constante. Aquella especie de complejo sería combatido, de por vida, por dos elementos cruciales, cerebro y orgullo, que definen clínicamente a un predador como ha habido pocos.

La respuesta propia nacería siempre de esos dos elementos. En primer lugar, lo que el cuerpo le negaba el cerebro lo compensaba. No era solo la inteligencia, sino un deseo obsesivo por aprender lo máximo y cuánto antes. Aprender a contrarreloj. Serían casi incontables las historias sobre cómo un Paul adolescente, en su instituto de Carolina del Norte, pedía más y más a sus técnicos. Más información, más detalle. Más materia prima, en el fondo, para saber más que el resto y cimentar ahí su ventaja.

En el segundo, al componente innato, la peligrosa relación entre la adicción a competir y el exacerbado odio a perder, se le unió la tragedia vital. El asesinato de su abuelo recrudeció, el 15 de noviembre de 2002, su furia para con el mundo. Nathaniel Jones, que tenía a Chris como su ojito derecho, sufrió un infarto después de ser asaltado por unos jóvenes en su propio coche, dejándole estos la boca tapada, con cinta, para que no pudiera gritar pidiendo socorro. La desoladora noticia llegaba el día después del compromiso de Chris con la universidad de Wake Forest.

Chris estuvo a punto de dejar el baloncesto. No hacerlo solo significó un repunte en sus ganas de demostrar su valor, esta vez buscando honrar la memoria de su abuelo, quien más creyó –y cuidó- su sueño ligado a pelota y aro. Aún hoy, en la fase terminal de su carrera profesional en el baloncesto, la cicatriz emocional sigue a la vista.

Del cóctel entre masivo conocimiento y obsesivo deseo nació un líder natural, anclado en viejos métodos y que no respondía a jerarquías. Era común verle, en entrenamientos siendo novato en la universidad, recriminando a sus veteranos tras haber hecho estos alguna acción de juego de forma errónea, ante el propio asombro de estos. Con Chris el respeto no lo marcaba la edad, lo marcó siempre el ejemplo.

Una forma de actuar que le ha convertido, ya como profesional NBA, en uno de los más venerados y la vez odiados capitanes de barco imaginables. El motivo de lo segundo era simple: sus formas cruzaban las líneas a menudo. El de lo primero, más aún: si querías mejorar y competir, inmerso en una jungla como el universo NBA, él era tu hombre.

No es de extrañar que muchos de los rivales que le maldicen, no sin razón, una noche cualquiera de fase regular puedan acudir al día siguiente a ese mismo diablo, pidiéndole consejo en calidad de presidente de la Asociación de Jugadores, rango que desempeña. Y no de forma casual. Paul es líder, por magnetismo y convicción, desde que amanece hasta que anochece y en casi cualquier escenario vital.

El reencuentro en los Suns con Monty Williams, un técnico de nueva era, de una inteligencia emocional muy por encima de la media y con el que coincidió en New Orleans hace una década, permite a Paul sentirse cómodo de inicio en un proyecto a la vista atascado y, sobre todo, falto de colmillo. De oficio y gestión de la adversidad, cuando esta llega.

Y es que pese al crecimiento, incluso las soberbias muestras dejadas en la última burbuja NBA, los Suns han carecido del poso necesario como para dar el salto esperado y traducir su potencial en realidad. Tanto desde el plano individual, con Devin Booker sirviendo como honrosa excepción, como –sobre todo- en el colectivo. Preguntado hace unos meses por la Gerencia, sobre si Paul ayudaría a asaltar ambos objetivos, la respuesta del técnico fue tan clara que bien podría haberse traducido en otra historia. Vivida, en su caso, en primera persona.

Chris Paul y Monty Williams

Paul y Williams, durante su etapa en New Orleans (Foto: Christian Petersen/Getty Images)

Pese a haber hecho carrera como jugador (prácticamente una década en la NBA) y tener una experiencia previa como entrenador asistente (en Portland), la aventura en New Orleans (2010) fue la primera de Williams como técnico jefe. Aquel equipo, comandado con Chris Paul y David West, empezó pletórico el curso, ganando sus ocho primeros partidos y once de sus primeros doce. Pero lo vivido después, durante una gira de partidos por el Oeste a finales de noviembre de 2010, dejaría perplejo a Monty.

El técnico decidió dar un día libre a sus jugadores tras ser derrotados por los Clippers, en la segunda noche de un back-to-back. A su juicio, el buen momento colectivo merecía ese gesto, a modo de recompensa, pese al último tropiezo. Al enterarse de la decisión y especialmente el timing –una derrota-, Paul citó a West, en calidad de acompañante, y fue directo a hablar con Williams. “Entrenador, te agradecemos el detalle, pero mañana tenemos que entrenar. Hay cosas que mejorar, no podemos permitirnos perder tiempo”, le contó, con gesto serio. Casi preocupado.

Williams estaba entrenando a Chris Paul desde hacía semanas. Aquella noche le conoció de verdad.

Paul para todos

El núcleo principal de la rotación en Phoenix, con Devin Booker (ya estrella) como líder y un más que interesante abanico de complementos que van desde la figura interior de Deandre Ayton a las presencias de Mikal Bridges, Cameron Johnson, Jae Crowder o Dario Saric en las alas, supone una oportunidad para Williams. Una de potenciar todo el conjunto con la acción directa o indirecta de Paul.

A lo largo de su carrera, Paul ha coexistido y desahogado a anotadores exteriores, ha maximizado martillos interiores desde su magistral uso del pick&roll y ha proyectado a complementos capaces de abrir la pista y ejecutar tras la ventaja creada. Ha logrado, en suma, construir éxito en muy distintos planos individuales mientras genera una identidad común.

Paul no es solo uno de los mejores distribuidores y lectores de juego de los últimos veinte años (9.5 asistencias de media y casi 4 repartidas por cada balón perdido, ambas medias de carrera) o uno de los más inteligentes gestores del juego 2×2 y la creación a media pista, también un asesino del clutch (lideró la Liga en anotación ahí, con 150 puntos, el curso pasado) y un sobresaliente defensor pese a, camino de 36 años, haber perdido explosividad en su primer paso.

Pero más allá de virtudes, que son muchas, en Paul los Suns buscan el líder que, en esos momentos de flaqueza que toda campaña hace tarde o temprano aparecer, sepa mantener el rumbo y, en la tempestad, llevar a su equipo sano y salvo a la orilla. Paul es ese chamán, aunque de formas punzantes, destinado a hacer del talento disponible –potencial- un bloque de éxito –realidad-. Y es precisamente esa su principal función en Phoenix, reactivar el gen competitivo adormecido e inconsistente de un grupo de talentos de magníficas posibilidades pero poca experiencia en el bolsillo.

Phoenix acumula más de un lustro sin meter su defensa en la primera mitad de la Liga, un hito que no responde únicamente a la falta de especialistas –que también- sino en esencia a la incapacidad de construir cohesión atrás. En ese mismo tramo (seis años), tampoco ha alcanzado el 50% de victorias en sus encuentros resueltos en el clutch (cinco minutos finales, con diferencias de +-5 puntos). Ambos rasgos innegociables en un bloque que aspira a la consistencia que demandan aspiraciones ganadoras.

Por eso el buen inicio de curso de los Suns deja de sugerir continuidad a la travesía sin presión por la burbuja, para abrir una etapa nueva que permite intuir madurez, el anhelado poso necesario para un equipo que, cansado de perder, se ha encomendado al veterano de guerra que, incluso sin anillo, es en la práctica tan ganador como el que más. Siempre que se entienda al ganador no solo por lo que diga su palmarés, un indicador muchas veces cruel, sino por cuánto acercó ese tipo a su equipo al triunfo, hubiese o no premio final.

Por el camino, muchos detalles que mejorar. Desde la química del cinco inicial, en fase temprana, a la conexión con Ayton –lejos de su potencial como ejecutor en el pick&roll-. Pero también otros tantos con muestras positivas, como los repuntes tanto en la ocupación de las esquinas (segundo mayor volumen de la Liga) como en la toma de decisiones a media pista (más pases con menos pérdidas).

La experiencia previa en Oklahoma, un proyecto al que se daba por desahuciado a corto plazo tras la salida de Westbrook y George el mismo verano y que acabó convertido en una de las más brillantes historias del pasado curso, con presencia en los Playoffs incluida, ilustra bien cómo un líder de gran calibre puede ejercer como termómetro colectivo.

Tras una década consecutiva en la fase final (una a la que solo ha faltado una vez en los últimos trece años), aunque con la dolorosa espina de no haber hecho de ninguna de esas aventuras una inolvidable, a Paul le sigue quemando el orgullo. Por eso pese a que su gigantesco contrato (tendrá una opción de un año el próximo verano, por más de 44 millones de dólares) pueda sugerir un exceso a fondo perdido, la realidad sugiere con su ejemplo lo contrario.

Cuánto no valdría inocular fiebre competitiva, sabiduría y la sangre fría que demanda la élite en una generación que busca un futuro brillante. Como plantar una semilla que germinase después y diese los frutos esperados. Paul debe ser para Phoenix un estado mental que desprenda tanto supervivencia como supremacía. Un elemento contagioso que saque del resto lo mejor de sí.

Por eso, al margen de lo que suceda el próximo verano donde Paul podría ligar su último capítulo a un contexto de plena candidatura al anillo, una campaña con Paul equivale a un lustro de aprendizaje competitivo. Es el motivo esencial de que Phoenix le haya buscado. Y haya tenido pleno sentido hacerlo.

Dejarle ser la semilla febril que acabe con el deambular de los Suns. El punto de inflexión para su nueva era.

Un comentario

  1. Muy buen artículo!!! Sin dudas Paul es uno de los grandes de la historia, jugador que todos los entrenadores quisieran tener. Se merece llegar a una final de la NBA, aunque no creo que lo logre lamentablemente.