Golden State Warriors: ¿ha llegado el final de la dinastía?
Podemos estar ante el final de la dinastía de Golden State. Tras casi una década de dominio, los Warriors se apagan. Y tienen un mes para solucionarlo.
Si este no es el final de la dinastía de Golden State Warriors, se le parece mucho. El equipo de Steph Curry suma dos derrotas duras consecutivas en casa y ha perdido seis de los últimos ocho partidos, cayendo a la duodécima posición del Oeste, tan cerca de play-in como de Memphis. La última paliza, ante los Pelicans, dejó al público del Chase Center abucheando a sus propios jugadores y la sensación de que este proyecto se puede estar acabando. Y las declaraciones de su estrella no hacen pensar lo contrario.
Por primera vez en la era Steve Kerr en Golden State, Stephen Curry ha pedido públicamente ayuda. El base y líder de la dinastía de los Warriors salió a hablar ante los medios tras la dura derrota cosechada en San Francisco ante New Orleans y al ser preguntado sobre cómo el equipo debería afrontar el próximo mercado de traspasos, fue muy claro: “Tenemos un estándar que es muy evidente si seguimos igual. ¿Esa es la definición de locura, no? Seguir haciendo lo mismo y esperar resultados diferentes”. Y tiene razón. Estos Warriors necesitan hacer algo a lo que no habían tenido que recurrir hasta la fecha, cambios en su plantilla en febrero. Reconocer el error e intentar arreglarlo al vuelo, por complicado que parezca.
En la era de la dinastía, Golden State no ha sido un equipo de hacer grandes cambios durante la temporada. El año pasado cambiaron a James Wiseman para recuperar a Gary Payton II, y para encontrar otro traspaso con mentalidad deportiva y no simplemente una operación para liberar salarios hay que irse a 2020, la temporada sin Steph Curry ni Klay Thompson, cuando consiguieron a Andrew Wiggins. A cambio dieron a D’Angelo Russell, Omari Spellman y Jacob Evans. Han firmado jugadores de rol, han conseguido piezas en el mercado de buy-outs, pero nunca han traspasado por una pieza que tenga efecto inmediato en la plantilla y han competido por el anillo en la misma temporada. Y ese es el objetivo este año, cambiar para competir ya.
Porque cada año con Steph Curry en el vestuario es una temporada que el equipo tiene que luchar por el título, y tanto el grupo propietario como la gerencia de los Warriors lo saben. Por eso han tomado una postura agresiva. “La mentalidad en Golden State ahora mismo es que todos los jugadores de la plantilla salvo Steph Curry están sobre la mesa para un posible traspaso”, decía el insider NBA Shams Charania la mañana después de la derrota. Eso incluye a Klay Thompson y Draymond Green, piezas fundacionales de la dinastía, pero también a Andrew Wiggins, Chris Paul, Jonathan Kuminga o Moses Moody. Todos tienen la etiqueta de transferible menos el #30. Porque situaciones desesperadas requieren decisiones desesperadas, y en esas está Golden State ahora mismo.
Y el problema que tienen estos Warriors, o al menos otro de los problemas que se agolpan, es el tiempo. Porque la crisis llega en el peor momento posible. A partir del 1 de julio se aplicará en su totalidad el nuevo convenio colectivo y sus implicaciones financieras. Y Golden State es uno de los equipos más afectados: este año pagarán en impuesto de lujo más de lo que 28 franquicias están pagando en sueldos. La multa de los Warriors vale más que la plantilla de los Bucks, la tercera más cara de la liga. Pero a partir del año que viene, ser caro tiene más castigos: despedirse de rondas del draft, del mercado de buy-outs o incluso restringe mucho más la opción de hacer traspasos. Por eso Golden State, Mike Dunleavy y sus ayudantes, tendrán que pensar muy detenidamente qué rumbo quieren para el equipo: ¿renovar a Klay y volver a intentarlo? ¿Deshacerse de Wiggins? Porque son dos rutas diferentes.
La primera apuesta por el año que viene, dando por perdida la temporada actual. Se mantiene el núcleo, se pueden liberar salarios a la espera de la salida de Chris Paul, a quien se puede renovar muy por debajo de su valor actual. Retirarse de la lucha, reagruparse y apostar por la mejor versión de Curry para el año que viene, bien rodeado. La segunda, más revolucionaria, invita a soñar con competir este curso. Han sonado Dejounte Murray y Pascal Siakam, dos jugadores que pueden resolver algunos de los problemas actuales de los Warriors, que no hacerlos favoritos al anillo. Y todas las miradas apuntan a Andrew Wiggins como pieza de cambio, una sombra del jugador que fue en 2022. Y la gran duda, ¿qué harán con Moses Moody y Jonathan Kuminga? ¿Les abren minutos en la rotación o la puerta de salida?
El presente es confuso. La NBA ya le ha levantado la sanción a Draymond Green, aunque todavía no ha vuelto. Chris Paul se perderá al menos un mes y Gary Payton II sigue de baja. La lista de jugadores disponibles de Steve Kerr cada día es más corta, con una alta dependencia de los novatos Trayce Jackson-Davis y Brandin Podziemski, pero sigue prefiriendo jugar a sus veteranos de confianza. Aunque Wiggins o Kevon Looney estén lejos del nivel esperado, aunque Klay Thompson sea irregular y la relación minutos-nivel con Moody y Kuminga no tenga ningún sentido lógico. Ni siquiera Steph Curry, el común denominador de Golden State desde 2015, está promediando menos de 23 puntos y un poco eficiente 40% de campo en los últimos 10 partidos. Y tienen el peor récord entre los equipos importantes ante rivales por encima del 50%.
Sigue habiendo motivos para confiar en este equipo, que por récord no está tan mal: el 17-20 es solo dos partidos peor que el año pasado (19-18) o el récord que tuvieron en 2021 a estas alturas, y debería mejorar. A los Warriors les queda el tercer calendario más fácil de la NBA, solo por detrás de Minnesota Timberwolves y Boston Celtics, aunque hasta el día de hoy son el equipo que menos partidos ha jugado como visitante, 17, por 22 de local (11-11). Por suerte, como el curso anterior, el Oeste estará tan apretado que 44 victorias pueden servir para entrar en playoffs, y luego ya toca que la magia de Steph en la postemporada marque la diferencia. Porque si no, como dijo Curry tras el partido, padecerán los síntomas de la locura: intentar ganar el anillo con un equipo que pierde muchos más partidos de lo que vence.
