Gregg Popovich: Huella y legado
La NBA es menos sin Gregg Popovich. El legendario entrenador de los Spurs deja los banquillos por problemas de salud, tras un año apartado del equipo. Seguirá como presidente, pero la liga pierde un representante del baloncesto. Y una piedra angular de la NBA moderna.
Cuando se usa la expresión “hombre hecho a sí mismo”, generalmente, se usa para definir a personajes cuyo éxito es fruto de su propia creación. Gregg Popovich entra en esa categoría, por supuesto, pero su llegada a los banquillos NBA le da un nuevo significado al dicho popular. Pocos aterrizajes en el cargo de entrenador en jefe en una franquicia de la mejor liga fueron tan excepcionales, únicos. En diciembre de 1996, en su su tercera temporada como general manager de los Spurs y tras un 3-15 de inicio, Pops decidió despedir al entrenador Bob Hill; su elección para sustituirle, el propio Popovich. Así empezó una relación de 29 temporadas, cinco anillos y miles de victorias. Así nace la sinergia.
Fue el fundador de los Spurs modernos, del epítome de la franquicia NBA como se conoce en este siglo. El padre de uno de los big-3 más transgresores del baloncesto, por origen, posición y estilo, y por fidelidad a una identidad. A una cultura. A la constancia de hacer las cosas de una manera sin dejar de lado la evolución. Del equipo campeón de 1999, con un Tim Duncan jovencísimo y haciendo pareja con David Robinson al monstruo de mil cabezas que eran los Spurs de 2014, capaces de deshauciar a LeBron James de Miami con Kawhi Leonard como stopper y un baloncesto coral, poético y casi comunista. Cada uno cumplía su rol bajo la batuta de un veterano de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos. Rigor, propósito, disciplina y éxito.
Hijo de emigrantes, padre serbio y madre croata, raíces ortodoxas, Popovich creció en la Indiana rural y más profunda, una donde el trabajo duro no era virtud sino requisito. Una que tenía virtualmente dos salidas: la fábrica o el ejercito. Popovich apostó por la Academia de las Fuerzas Aéreas, un lugar donde pudo compaginar un amor de instituto, el baloncesto, y una educación especializada en la Unión Soviética. Fue esa mezcla lo que le llevó a viajar por Europa con el equipo de baloncesto de la fuerza, tanto por la URSS como por países del Este del continente. Cinco años de servicio, el sueño de trabajar para la CIA y una puerta cerrada de bruces, la de la escuela de pilotos, por una lesión ocular.
Su primer destino le convirtió en oficial de inteligencia, operando satélites espía que vigilaban los lanzamientos de misiles soviéticos en instalaciones de alto secreto. Pasó por Moscú, Kiev, Vilnius o Tallín donde pudo entender la globalización del baloncesto como fenómeno de masas antes de acabar en la estación de Diyarbakır, al sureste de Turquía. Fue su última parada antes de volver a la vida de civil, ahora sí, como entrenador de baloncesto. Primero en la propia academia, educando cadetes en el arte de la pelota naranja antes de dar un salto a la tercera división universitaria. En California dirigió por una década a Pomona-Pitzer, donde no solo entrenó. Si tocaba, también fregaba el suelo, armaba los horarios y hablaba de filosofía en los pasillos.
Quedaba mucho para llegar a San Antonio, pero el camino se iba forjando. Su relación con Larry Brown, quien se lo llevaría como asistente primero a la Universidad de Kansas, y en 1987 a los Spurs, fue el principio del viaje. Su estreno en las ligas mayores. Que todo el staff técnico fuera despedido en 1992 a petición del dueño, Red McCombs, fue solo un paréntesis en la relación que franquicia y entrenador desarrollarían. Uno que le permitió trabajar dos años junto a Don Nelson en San Francisco antes de, ahora sí, iniciar la relación monógama más duradera de la era moderna en la NBA. Y con camino inverso al habitual, de las oficinas al banquillo, sin dejar nunca ninguno de los dos cargos.
Peter Holt, el nuevo propietario de la franquicia, apostó por recuperar a Pops a petición del general de la Fuerza Aerea y también co-propietario Robert A. McDermott. Le darían las llaves del despacho pero en el primer año tenía que mover a Dennis Rodman y recuperar a Sean Elliott. Su labor no era ganar, que lo hizo; era crear una identidad en una franquicia todavía heredera del alboroto que fue la ABA en el baloncesto americano un par de décadas antes. Imponer orden, una cultura que con el tiempo se ha convertido en el estándar silencioso de la NBA. Y sí, también ganó lo suyo. De hecho, a ganar, nadie le puede hacer sombra con sus 1422 victorias en temporada regular, 87 más que Don Nelson y más de tres temporadas de diferencia con cualquiera en activo.
El primer anillo llegó en 1999, con Tim Duncan prácticamente recién salido de Wake Forest, todavía con espalda de nadador. El nativo de las Islas Vírgenes es el único común denominador en la era dorada que son los Spurs de Popovich, que enlazaron 22 temporadas consecutivas jugando postemporada, todavía récord en la NBA. Una relación que de entrenador a jugador pasó a padre e hijo, amigos y confidentes. Todavía inseparables. Pops hizo de él uno de los mejores jugadores de la historia del baloncesto, y Duncan llevó a su mentor al Olimpo, trascendiendo más allá del concepto entrenador a un prisma infinito en el baloncesto. Un nombre propio.
Incapaz de ganar en años consecutivos, la dinastía de los Spurs fue coetánea a Kobe y Shaq en Los Angeles, a Dirk Nowitzki o los Suns de Steve Nash, a los Pistons de principio de siglo o el primer verdugo de los Cavaliers de LeBron. Del equipo aguerrido, defensivo, sólido como un muro de hormigón armado de 1999 fue tocando piezas, las justas, para seguir cada año en la cima. Quince años de diferencia entre el primer título y el último hasta encontrar cinco campeones diferentes. Para 2003 la frescura de la nueva camada, con un David Robinson ya en tiempo de descuento, alteraba con la sobriedad que Duncan emana en un equipo campeón. Eran las primeras veces para dos nombres clave en su carrera: Tony Parker y Manu Ginobili.
Hasta el punto que el francés fuera el MVP de las finales en 2007, las que más superioridad mostraron, ante la debutante Cleveland. Para entonces los Spurs ya eran un equipo quirúrgico, capaz de adaptarse al personal disponible y rival delante. Popovich había afinado el sistema al punto de eliminar cualquier margen de error. No hubo drama, ni heroicidades. Solo precisión, ejecución y control. Página al margen para el anillo de 2014, para muchos, el mejor baloncesto practicado al más alto nivel. Ningún otro equipo ha jugado jamás como aquel, en una respuesta emocional al dolor, una reacción grandiosa a la injusticia deportiva del año anterior. Al triple de Ray Allen.
De su paso por Europa aprendió dos cosas. El hábito de observar y escuchar antes de hablar, y que el baloncesto era algo global. No se explica sino que alrededor de Tim Duncan construyera con un ligero base francés nacido en Brujas y un prestidigitador argentino que tras dominar Italia, mudó su locura a San Antonio. No fueron los únicos internacionales en un vestuario atípico: Rasho Nesterovic, Sean Marks, Beno Udrih, Fabricio Oberto o más recientemente, los campeones Boris Diaw, Tiago Splitter y Patty Mills, o Pau Gasol. El talento no tiene pasaporte americano. En el equipo de 2014, el último roster campeón de los Spurs, solo cuatro de los doce jugadores con más minutos en los playoffs eran originarios de Estados Unidos.
Por eso el destino quiso que fuera otro internacional, quizás el mejor que vayamos a ver nunca, el que alargó la carrera de Pops un poquito más. Cuando los Spurs se vieron premiados otra vez con el pick #1 del draft en el año de Victor Wembanyama, el corazón le pidió un poquito más. Una aventura más. Ahora, con Wemby ya como realidad, es la salud que le ha pedido parar.
Su legado va más allá de los títulos que cuelgan en el techo del Frost Bank Center en San Antonio. Es más un linaje, una herencia, que un recuerdo. Por sus manos han pasado, como entrenadores asistentes o jugadores, casi una centena de nombres y caras que en el presente dominan el baloncesto NBA y más allá de las fronteras de la liga. Desde Becky Hammon, pionera y campeona en la WNBA, a Ettore Messina o Tiago Splitter en el baloncesto europeo. Su mayor impacto ha sido, por cercanía, en la NBA. Steve Kerr, Ime Udoka, Will Hardy, Doc Rivers, Quin Snyder, Erik Spoelstra o Jamalh Mosley han sido asistentes o jugadores de Popovich, sea en Texas o en el Team USA.
La teoría de los seis grados de separación se divide por la mitad en la NBA cuando se refiere a Popovich. Los 30 entrenadores tienen una relación de tres grados con Popovich, habiendo jugado o estado a las órdenes de algún ex-asistente suyo. Incluso los cuatro entrenadores despedidos este año, Mike Brown, Mike Malone, Taylor Jenkins y Mike Budenholzer fueron trabajadores de la franquicia en la era Popovich. Su árbol genealógico se expande por décadas, y lo que queda, con algunos de los más jóvenes habiendo dado los primeros pasos a su sombra. Pero no es solo poner al individuo en el lugar correcto, sino sentar las bases fundacionales de un proyecto en búsqueda de la excelencia. Gregg Popovich no impuso su visión: la contagió, dentro y fuera del parqué.
Porque Popovich ha sido un grandísimo entrenador, pero también una voz activa en la lucha social o contra el gobierno de Donald Trump en los años recientes. Persona antes que entrenador. Verlo dirigir un equipo era tan obligatorio como verle delante de un micrófono, por mucho que no le gustara. Sus entrevistas a pie de pista entre periodos, monosilábicas y desganadas, tuvieron el efecto contrario a su deseo de no querer estar ahí, hasta convertirse en virales. El que no buscaba cámaras, pero terminaba iluminando todo lo que tocaba. En una liga devorada por el calendario y el ruido, él creó un refugio, un oasis. Y en ese refugio, la excelencia floreció.
Popovich no solo entrenó equipos: construyó una forma de entender la vida con el baloncesto como excusa. En cada sistema defensivo, en cada pase extra, en cada silencio incómodo con un periodista, dejó una huella. Como el vino, su única extravagancia, la persona y el entrenador mejoraron con el tiempo, paciencia y compañía. Y con su salida nos recuerda que muchos han ganado, pero muy pocos han marcado el camino de cómo ganar.