Insaciable: la segunda trilogía de Michael Jordan en los Bulls, por Andrés Monje

Insaciable: la segunda trilogía de Michael Jordan en los Bulls, por Andrés Monje

Tres anillos no fueron suficientes. En realidad no significaban nada si el temor a su dominio se había evaporado. Por eso su retorno se encargó de confirmar que si sobre la pista era un elegido, en lo competitivo era inmortal.

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La segunda trilogía de los Bulls quizás no hubiese existido si aquel 7 de mayo de 1995, en Orlando, los Magic no hubieran humanizado a Michael Jordan. A un Jordan que lucía el ‘45’ a la espalda y que, es justo decir, apenas llevaba dos meses compitiendo desde su regreso al baloncesto. Aquella noche, en el estreno de la segunda ronda de la fase final, el equipo de Shaquille O’Neal y Penny Hardaway dejó a Jordan en 19 puntos, con una serie de 8/22 en tiros de campo y un total de ocho pérdidas. Las dos últimas especialmente dolorosas.

Con dieciocho segundos por jugar, estando Chicago un punto arriba en el marcador, Jordan subió el balón pero lo acabó perdiendo, tras una mano rápida de Nick Anderson que provocó un contraataque de Orlando, situando a los Magic con ventaja a falta de seis segundos. Para colmo, en esa última posesión para los Bulls la penetración de Jordan no terminó en canasta ganadora sino en un mal pase a Pippen, traducido en otra pérdida y la sentencia definitiva de aquella derrota.

Al terminar aquel duelo, Nick Anderson dejó unas declaraciones que se grabarían, cual cicatriz, en el instinto de la leyenda de los Bulls. “No parecía el viejo Jordan. El número 45 no es como el 23. No podría haber hecho eso ante el 23”, aludiendo a que su primera retirada había podido matar la tiranía competitiva del mito.

Para el ego de Jordan ese detalle fue suficiente.

Nada podía alimentar más su fuego interno que el hecho de que se dudase de él. Nada. Ningún combustible era tan potente como ese para su obsesiva mente. Lo demostraría simbólicamente (cambió de inmediato su dorsal del ‘45’ al ‘23’, con el que jugaría ya el segundo partido de la eliminatoria), aunque Orlando acabase ganando esa serie (4-2). Y lo demostraría en la práctica, porque aquella derrota invocaría la plenitud del dios.

El verano de 1995 fue para Jordan un desfile de preparación, tanto física como mental, con el fin de llegar al training camp de la nueva temporada en su mejor estado. No importó siquiera que durante aquellos meses tuviera el rodaje de la mítica Space Jam, ya que el jugador pidió a la productora unas instalaciones en las que, tras las grabaciones, pudiera ejercitarse y seguir su plan. Un programa de minucioso trabajo físico que, además, tenía como guinda sesiones de partido de más de hora y media. Caía la noche cuando terminaba.

Cuando regresó junto a sus compañeros para afrontar el nuevo curso, la mirada de Jordan lucía afilada y clínica, como en los viejos tiempos. En el fondo tenía una misión: recordar al resto quién era. Y las posibles dudas sembradas sobre su figura no hicieron más que agrandar su deseo de consumarla.

Los Bulls habían conseguido, aquel mismo verano, a Dennis Rodman, que había estado dos temporadas en San Antonio y aterrizaba en Chicago con 34 años. A primera vista, era un veterano más a sumar una nómina en la que ya aparecían Scottie Pippen, Ron Harper, Steve Kerr y el propio Jordan. En realidad fue un secundario de lujo que asumiría como nadie el trabajo sucio en defensa y tableros dentro de aquel grupo.

Con un Jordan hambriento (no se perdería un solo partido en tres años) marcando el listón, los Bulls iniciaron la fase regular con un salvaje 41-3 de balance, que acabaría dejando un asombroso 72-10 final, entonces el mejor récord de la historia de la NBA (y solo superado después por el 73-9 de los Warriors en 2016). Solo un aperitivo para unos Playoffs en los que Chicago, en su versión más poderosa, solo perdió tres encuentros: uno en todo su paso por el Este (en el que barrió a los Magic, verdugos el año anterior) y dos en las Finales ante Seattle.

Haciendo balance, el ‘23’ cerraría su primer curso completo tras volver de forma intratable. En lo individual, siendo MVP de la temporada, MVP del All-Star, MVP de las Finales, Mejor Quinteto NBA, Mejor Quinteto Defensivo y con su octavo cetro como máximo anotador. En lo colectivo, con la campaña más dominante jamás vista en la NBA.

Sí, Jordan había vuelto.

El curso siguiente, con el mismo bloque, los Bulls se fueron a 69 victorias en fase regular, igualando la segunda mejor marca de la historia, solo por detrás de su propio precedente. Y con solo cuatro derrotas en todos los Playoffs (dos de ellas en las Finales ante Utah), Jordan consiguió su quinto anillo. No había nada que demostrar pero su apetito, a la hora de ganar, era insaciable.

El núcleo secundario, con Pippen como eterno guardaespaldas, el masivo despliegue de Rodman en los tableros o la figura de Toni Kukoc cada vez más asentada, ofrecía plenas garantías. Porque a ellos se sumaban complementos que cumplían su papel, oscuro pero eficaz. Ron Harper, Steve Kerr o Luc Longley completaban una rotación que Phil Jackson, brillante en las distancias cortas, reducía a siete hombres para los momentos clave.

Sin embargo, pese a la inmaculada solidez en lo deportivo, la gran veteranía del grupo invitaba a la Gerencia, en concreto a Jerry Krause, a preparar el siguiente ciclo. Una circunstancia aquella que molestó a Jordan en su día y que, en realidad, precipitó el final de todo. Porque con guerras internas alcanzando ebullición (Pippen, enfrentado a la Gerencia por considerarse injustamente tratado en lo económico, llegó a pedir el traspaso; Jackson, que tampoco se hablaba con Krause, sabía que sería su último año en el banquillo) la situación, planteada a un año vista, parecía insostenible.

El ‘último baile’, como magistralmente planteó el escenario Jackson a los suyos, generó una motivación nueva y, en el fondo, un frente común para un último logro colectivo. Algo que alcanzaron, aunque no sin dificultades: Pippen se perdió la mitad de la temporada por lesión, lo que llevó a Jordan a un sobreesfuerzo en fase regular (disputó 39 minutos de media en los 82 partidos) e Indiana les forzó un agónico séptimo partido en finales de conferencia.

El cierre al curso, con un Jordan de 35 años, ya por encima del bien y del mal, acabando pletórico con los Jazz, ponía fin a una segunda trilogía que nació de algunas inocentes dudas vertidas sobre el espíritu de Jordan. El peor error posible. Como quedarte encerrado y a solas con un predador, en estado salvaje, confiando en su buena voluntad.

Retar a Jordan solo conocía una respuesta: la plenitud insaciable del caníbal

En la salud y en la enfermedad

Lo ocurrido el 11 de junio de 1997 representa, posiblemente, la cima deportiva de Michael Jordan. Podría resultar paradójico que ese pico, dentro de una carrera además plagada de ellos, llegase estando visiblemente enfermo. Sin embargo es precisamente ese hecho, la enfermedad, lo que más adecuadamente revela la magnitud de su obra. Porque muestra, mejor que ningún otro caso, cómo ni siquiera unas circunstancias tan adversas podían vencerle. Su lado casi inmortal. El famoso flu game.

Aquella noche se disputó el quinto partido de las Finales de la NBA, que medían a los Bulls con los Jazz. La cita, a la que se llegaba con 2-2 en la eliminatoria, se disputaría en el Delta Center de Utah, un fortín de ambiente infernal en el que el equipo de Jerry Sloan, con John Stockton y Karl Malone como líderes, había vencido a Chicago dos veces consecutivas.

Apenas 80 minutos antes del inicio de aquel encuentro, trascendental para el desenlace de la temporada, Jordan aún seguía en la cama del hotel, convaleciente. Se desconocía si podría jugar, ya que aún padecía fiebre y por momentos tiritaba. ¿El motivo? Una intoxicación alimentaria sufrida la noche anterior.

24 horas antes del partido, los Bulls tenían entrenamiento. Una sesión en la que Jordan se acabó quedando solo, practicando el tiro. A su vuelta al hotel, pasadas ya las diez de la noche, el servicio de comidas del alojamiento había cerrado, por lo que Jordan, que estaba hambriento, ordenó a Tim Grover, su preparador personal, que le buscase e hiciese llegar la cena a la habitación. Así fue.

Jordan devoró unas pizzas, no se llegó a saber cuántas ni con qué ingredientes, en apenas un pestañeo. Y después, agotado y consciente de lo tarde que era, se echó de inmediato a dormir. Poco más de dos horas después, el teléfono de la habitación de Grover sonaba sin parar. Era Jordan. “Ven Tim, es urgente”. A su entrada al cuarto, Grover vio a Jordan en posición fetal, dolorido y sudando. Grover maldecía la escena a gritos, entendiendo que el momento para enfermar no podía ser peor.

Jordan apenas se levantó de la cama –difícilmente podía- hasta que acudió al pabellón. En absoluto estaba en condiciones para jugar pero, deshidratado y con problemas incluso para respirar, disputó 44 minutos de aquel duelo, ante un rival poderosísimo y un escenario terriblemente hostil. Su equipo le necesitaba.

Anotó 38 puntos, capturó 7 rebotes, repartió 5 asistencias, recuperó 3 balones y metió un triple decisivo a 25 segundos del final. Al acabar el encuentro, uno que su equipo ganó (88-90), apenas podía mantenerse en pie mientras era abrazado por Scottie Pippen.

Chicago cerró el título dos días más tarde, ya en casa, con otros 39 puntos de Michael. Pero fue la noche del quinto partido, en la que incluso enfermo dominó en unas Finales, la que mejor dibujó que Jordan estaba hecho de otra pasta. La que mejor explicó que en lo competitivo nunca tuvo rival.

Un final perfecto

El último partido de Michael Jordan con los Bulls podría haberlo guionizado él mismo. Quizás ni haciéndolo imaginase un cierre tan armónico, tan colosal. El sexto partido de las Finales de 1998, disputado en Utah, completó el segundo triplete para Chicago e hizo eterna, casi intocable, la leyenda de Jordan.

Con 3-2 a favor de los Bulls en la eliminatoria, el Delta Center de Utah resolvería la serie por el título. Acogería el sexto encuentro y podía hacer lo propio con el hipotético séptimo. Pero sobraría el último. Los Bulls vencieron el sexto por un punto (86-87), gracias a una canasta de Jordan a cinco segundos del final. Una jugada icónica en la que se deshizo con insultante facilidad de Bryon Russell, alero de los Jazz, para ejecutar una suspensión de seis metros estéticamente impecable, mentalmente devastadora.

Fue el colofón a unos segundos finales, sus últimos como jugador de Chicago, que condensaron su mayúsculo poder sobre el rectángulo. En apenas 40 segundos el ‘23’ regaló tres acciones que definieron el título.

Un triple de John Stockton había puesto tres arriba a Utah, a 42 segundos para el final. Pero entonces apareció Jordan, en su versión de divinidad, para resolver el duelo, las Finales y en realidad cualquier debate posible que surgiese en torno a su figura. Primero, con premura, penetró para anotar una bandeja con la mano derecha, tras superar a Russell sobre el bote y evitar la ayuda de Olden Polynice cerca del aro. Solo consumió cinco segundos de reloj.

Segundo, en defensa, pudo robarle el balón a Karl Malone cuando este recibió en poste bajo. Lo hizo con una ayuda sigilosa, por detrás, con un manotazo preciso y rápido que le hizo recuperar el esférico, dejando la última posesión, si así lo deseaba, para los Bulls, que seguían un punto por debajo en el marcador.

Y tercero, con el mencionado movimiento que dejó fuera de combate a Russell y citó a Jordan, a solas, con el aro y la máxima presión, los dos perversos aliados que tuvo en su carrera y a los que domó como ningún otro acertaría. El balón, por supuesto, besó la red. Una despedida que el último y desesperado intento de Stockton, un triple que no entró, no podría alterar. La bocina dio paso a una imagen de Jordan con sus manos apuntando al cielo y seis dedos que explicaban gráficamente su hegemonía.

Aquel 14 de junio de 1998 Jordan se fue a los 45 puntos, más de la mitad de los anotados por su equipo, para asegurar su sexto anillo (en todos ellos siendo MVP de las Finales). Lo logró con una secuencia final que revelaba, sin hablar, su condición de cima histórica en el baloncesto. Un tramo inigualable de un prodigio del deporte

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Jordan