La mafia también juega: La historia de Jack Molinas y su caída por las apuestas en la NBA
—¿Qué narices hace usted aquí? Esta zona está reservada únicamente para los jugadores. Márchese, haga el favor.
Las indicaciones del guardia de seguridad sirvieron de poco. Aquel extraño había venido a cumplir una misión, o más bien a entregar un mensaje cuyo único destinatario debía recibirlo sin que nadie más oyese su contenido.
Quedaban pocos instantes para que los jugadores de los Pistons volviesen al vestuario tras concluir la primera mitad de su partido ante los Boston Celtics en el Madison Square Garden. Tan idílico escenario como atípico, pero en 1953 la NBA estaba luchando por sobrevivir y aquel doubleheader antes de Navidad era un balón de oxígeno. Mientras el intruso esperaba la venida de su objetivo, el guardia fue en busca de más ayuda para despachar del lugar vedado a ese hombre. Viendo que su estancia ahí estaba a punto de concluir, el extraño dejó una nota escrita en la taquilla de uno de los jugadores de Fort Wayne con un mensaje muy sencillo: “Me envía Joe”.
Para Jack Molinas no hizo falta más, era todo lo que necesitaba. En las horas previas al partido las apuestas habían oscilado en varias ocasiones, todas en favor de los Celtics hasta asentarse en un hándicap favorable de seis. Sin embargo, los Pistons habían llegado al descanso con una cómoda diferencia de once puntos por lo que todo aquel que hubiese depositado su dinero y esperanzas en los verdes estaba a punto de perder ambas. Pese a llevar 18 puntos al entretiempo, Molinas encadenaría sospechosamente error tras error en la segunda mitad hasta sumar una pobre suma de dos tantos en los veinticuatro minutos siguientes, siendo pese a todo el máximo anotador de los Pistons. En el tercer cuarto, los Celtics remontaron dieciocho puntos de diferencia para terminar ganando por siete tantos, justo la cifra necesaria para cubrir la apuesta con la que se había iniciado la contienda. En el baloncesto puede suceder cualquier cosa, más cuando hay marcadores amplios de por medio, pero aquel giro de los acontecimientos iba más allá de “haberse quedado sin fuelle”, como reconocería nuestro protagonista a los medios.
Para entonces Molinas era ya un adicto sin control. En las cinco fases que hay para el tratamiento de las adicciones (negación, ira, autoengaño, depresión y aceptación), Jack ni siquiera estaba cerca de poder negar su propia adicción. Porque para él apostar no era un problema, ni las consecuencias a largo plazo eran algo que pasase por su cabeza. Lo único que importaba era cómo hacer cuadrar los marcadores y así cubrir el hándicap del partido de turno. Hacía tiempo que el dinero había dejado de ser una motivación, más cuando desde la adolescencia has estado en contacto con el juego y tu mejor amigo es además tu bookie. Si los adictos a las drogas más duras como la heroína o el crack acaban reincidiendo por la búsqueda constante de aquel primer pinchazo, Molinas sentía que renacía cada vez que ganaba una apuesta. O mejor dicho, que la hacía posible.
El primer contacto
Nacido en el Bronx y formado detrás de la barra de un bar en Coney Island, Jacob fue el hijo de una pareja de inmigrantes turcos de origen sefardí, una herencia cultural que marcó su infancia, educación, formación y primeras relaciones. Las raíces de sus padres siempre avergonzaron a Molinas que se abochornaba cuando los amigos del colegio acudían a su casa y su madre le regañaba en un dialecto inteligible para sus compañeros. Aquel idioma no era otro que el ladino, la lengua de los antiguos judeo-españoles, la cual se había mantenido en esas pequeñas comunidades tras la expulsión de la Península Ibérica por decreto real a finales del siglo XIV.
En su breve pero intensa carrera como deportista, Molinas cambiaría una y otra vez su origen étnico a la prensa, buscando confundirles o bien contentar a todo el mundo. Un día era húngaro, otro italiano, al siguiente español. Cualquier cosa menos reconocer abiertamente que no solo era judío, sino también sefardí, un potencial doble rechazo en un momento en el que el anti-semitismo estaba a la orden del día. A los 3 años, Jack dominaba no solo el ladino y el inglés, sino que también hablaba castellano, lo que dejaba claro que aquel chico tenía una inteligencia por encima de la media, o al menos una gran capacidad de asimilación y memorización.
Su padre ejerció una enorme influencia en su formación y composición de la personalidad. Como la figura patriarcal más clásica y represiva, las palizas, abusos y castigos a los que Louis sometió a su hijo ejercieron una influencia total en él, llevándolo al rechazo frontal a todo poder autoritario. Esa carencia afectiva generó en Molinas la búsqueda constante de un ejemplo masculino con el que tejer una relación estrecha de subordinación. Ese hueco, por vicisitudes de la vida, lo acabaría llenando el peor compañero de viaje posible como fue Joe Hacken, un corredor de apuestas profesional con diferentes vínculos con la familia Genovese de la mafia de Nueva York. Joe Jalop se volvería la persona más importante en la vida de Jack en todos los sentidos. No es que fuese su bookie de confianza, era un garante de consejos, un mentor y, en definitiva, una figura paternal, aquello de lo que este siempre careció y que desde los doce años Hacken apadrinó.
Desde el mismo momento en el que los secretos de Jack Molinas se desvelaron al mundo por medio de diferentes artículos, libros e incluso novelas, su historia ha pasado a formar parte de la literatura deportiva como la historia perfecta. Un chico cualquiera que se desvía del camino, acaba metido en problemas, paga por ello con su carrera profesional y, finalmente, muere en extrañas circunstancias fruto de esas malas compañías. Sin embargo, la lectura simplista y a vuela pluma de la vida de Molinas obvia muchos y muy ricos detalles, algunos de los cuales sirven para comprender cómo era la NBA a principios de los cincuenta y que la historia no fue tal y como la vendieron.
El fenómeno de las apuestas deportivas en los Estados Unidos ha sido prácticamente desde el asentamiento del deporte contemporáneo una práctica opaca que ha seguido una línea paralela a la de las competiciones. En el caso concreto del baloncesto, el mundo universitario fue en la primera mitad del siglo XX una auténtica mina de oro para los corredores y mafiosos, que encontraban en chicos que no cobraban un centavo por su actividad principal una fuente de la que sacar beneficios. El famoso caso del CCNY fue el descubrimiento a ojos de la opinión pública de una serie de prácticas que llevaban años ocurriendo con la complacencia de técnicos, jugadores y oficiales de la liga. Su traslado al mundo profesional y, más concretamente a la NBA, era cuestión de tiempo.
Sin ir más lejos, en 1946, apenas unas semanas después de que la BAA hubiese echado a andar Maurice Podoloff por medio de Walter Kennedy afirmó a los periodistas asistentes a una conferencia en Long Island de que la liga sería especialmente dura con cualquier caso de apuestas relacionado con cualquiera de sus jugadores. Una manera de mandar un mensaje a los aficionados y patrocinadores potenciales de que la nueva liga estaba limpia y de avisar a cualquiera que intentase jugársela de que su carrera podría estar en juego. No tardaría mucho la NBA en sufrir su primer escándalo con las apuestas deportivas. Fue un árbitro, llamado Sol Levy, quien en noviembre de 1951 fue detenido y acusado de amañar un total de tres partidos en noviembre de la temporada anterior a cambio de 3000 dólares provenientes de Salvatore Sollazo, alguien clave en el caso del CCNY. Una polémica que Podoloff despachó despidiéndole y catalogándole de “un incompetente no preparado para las grandes ligas”. Levy no fue el único colegiado en amañar partidos, claro está, pero sí quien fue descubierto por apostar en encuentros donde él trabajaba, al contrario que Chuck Soladare, por ejemplo.
Los grandes casos, aquellos que son sumamente mediáticos, siempre sirven para acoger bajo su ala a problemas endémicos y estructurales. Como si cortando un par de cabezas todos los inconvenientes desapareciesen. Algo así es lo que sucedió con Jack Molinas en los pocos meses que estuvo en la NBA.
La caída
Tras terminar su ciclo en Columbia y unirse a los Globetrotters para una gira de postemporada, un buen número de franquicias iban detrás de aquel alero blanco. Les Harrison de los Rochester Royals le ofreció 15.000 dólares más bonuses por firmar con ellos, Red Auerbach le aseguró que los Celtics estaban interesados en draftearle aunque años más tarde renegase siquiera haber hablado con él. Aunque serían finalmente los Fort Wayne Pistons de Fred Zollner y Carl Bennett quienes acabarían eligiendo a Molinas tras unas duras negociaciones que le reportaron 8000 dólares por el contrato y 5000 más en extras.
La llegada de Molinas a Fort Wayne parecía orquestada por el destino. La ciudad de Indiana era uno de los epicentros obreros del Medio Oeste y que durante el periodo de guerra había crecido considerablemente por sus industrias, entre ellas la de Fred Zollner. Esa predominancia de población de obrera hacía que los negocios ilegales fuesen más que habituales, tanto por ocio como por pura supervivencia de clase. En otras palabras, en Fort Wayne las apuestas estaban a la orden del día. “Había un bar en cada esquina”, explicó Johnny Bach, jugador de los Celtics en la 1948-49. “Y fuera de ellos había un montón de borrachos y gentuza pululando por las calles, particularmente en las noches de viernes y sábado. Era una ciudad dura y los visitantes solían quedarse en sus habitaciones de hotel. Fort Wayne era conocida en la NBA por ser un lugar donde había una gran presencia de apuestas deportivas”.
Aunque fuera completamente del entorno que Molinas había conocido hasta entonces en Columbia, donde sus amaños para cumplir con el hándicap habían sido más que habituales, en los Pistons no tardaría mucho en volver a llevar a cabo este tipo de prácticas.
Primero comenzó apostando con algunos de sus compañeros como Monk Meineke, Andy Phillip o Max Zaslofsky, pasando rápidamente de las cartas a la cancha. El 17 de noviembre de 1953 en una visita a Buffalo para jugar contra los Lakers, Molinas se apostó con Meineke que anotaría diez puntos. Llevando ocho en su haber en el tercer cuarto, el alero recibió una falta personal que le mandó a la línea. Este anotaría el primero con facilidad y antes de disponerse a lanzar el segundo le espetó a su compañero: “La apuesta eran diez puntos, ¿verdad? Ni nueve ni once, diez”. Acto seguido, falló el tiro. Más tarde en el vestuario, tras haber perdido, le añadiría a Meineke: “Yo siempre sé dónde estoy. Del lado del dinero”. Un ejemplo de que para Molinas lo importante no era ganar el partido, sino ganar a su modo y no perder nunca una apuesta.
Segundo estaba su relación con Joe Hacken, su bookie y amigo, a quien llamaba diariamente para conocer cuál era el hándicap de sus partidos y si tenía sentido apostar en ellos o no. Y cuando las apuestas que Jalop le ofrecía no le satisfacían o quería otro spread que le encajase más llamaba a uno de sus amigos del barrio, Stanley Ratesnky, alias La rata.
—Stanley, soy yo. Hoy jugamos contra Boston. ¿Cuál es el hándicap?
—Menos cuatro para vosotros.
—Apúntame.
—¿Cuánto dinero?
—Solo unos cuantos dólares.
—De acuerdo, gracias Jack.
Molinas convertiría sus llamadas a Ratensky en una costumbre paralela a las que hacía a Hacken sin saber que tras lo ocurrido en el Madison ante los Celtics tendría a los federales y a la fiscalía escuchando todas y cada una de sus conversaciones.
La reunión
Al interno de la liga había un runrún con respecto a los Pistons. Estaba claro que algo raro sucedía en aquel equipo. Un día eran capaces de tumbar a los Lakers o a los Nationals y al siguiente se hundían contra los Hawks con una pobre aportación de sus veteranos. Era evidente que había jugadores amañando partidos y algunos corredores de apuestas incluso decidieron dejar de invertir en esos encuentros. La señal de alarma la dio Ike Gellis, periodista del New York Post, quien contactó con diferentes bookies que le informaron de que algo ocurría tras lo visto en el Madison. Este rápidamente puso en aviso a Podoloff y el comisionado al fiscal del distrito, Frank Hogan, famoso por su persecución al cómico Lenny Bruce o la trama del CCNY.
Según la información recopilada por Charley Rosen en su biografía sobre Molinas, hubo otros tres jugadores de los Pistons que andaban metidos también en las apuestas deportivas, aunque de un modo diferente al del ex de Columbia. Mientras este iba, digamos, por libre, Fred Scolari, Larry Foust y Andy Phillip estaban a sueldo de Frankie Carbo, un mafioso relacionado con la familia Lucchese y conocido por sus amaños en el boxeo. Bill Tosheff, jugador de la época, aseguró que “se rumoreaba dentro de la liga que varios jugadores de Fort Wayne, incluyendo Andy Phillip, ocasionalmente perdían partidos”.
En la NBA, incluso en aquellos años, la información fluía con una rapidez tremenda. Si en noviembre ya había comenzado a crearse el rumor, en diciembre era ya un secreto a voces. Mientras, sobre el parqué todo seguía como si nada. Molinas fue elegido para el All-Star Game de 1954, que iba a disputarse en su ciudad el 21 de enero de ese año. Escenario inmejorable para darse un baño de masas y visitar a algunos viejos conocidos. Sin embargo, la justicia estadounidense ya llevaba semanas construyendo el caso para destapar todo el entramado detrás de las apuestas deportivas.
El 9 de enero Fred Zollner citó a Mel Hutchins, Don Meineke y, por supuesto, al protagonista de esta historia para que acudieran a su casa para una reunión informal. Dadas las circunstancias podía significar cualquier cosa, desde un traspaso, una celebración por estar en el All-Star hasta una reprimenda por el rendimiento general del equipo. El verdadero porqué estaba por descubrir.
Así, los tres jugadores y el entrenador Paul Birch pusieron rumbo aquella noche de enero al 1601 de Forest Park Boulevard donde Zoller les esperaba, sentado en un inmenso salón, del tamaño de media cancha de baloncesto. La sorpresa vino cuando los jugadores descubrieron que no iban a estar solos pues allí se encontraban un buen número de hombres trajeados con cara de pocos amigos. Más allá del impacto inicial, Zollner acaparó la atención al dirigir la conversación, centrando los primeros minutos en felicitar a los que iban a participar en el All-Star. De repente, el tono cambió y con una frase la sala quedó helada:
—He oído rumores desde Nueva York de que algo gracioso está ocurriendo con este equipo. El Comisionado Podoloff está de camino a la ciudad y hemos tomado la decisión de llegar hasta el fondo de este asunto. Por eso os he hecho venir aquí.
No hubo reacción alguna por parte de los allí presentes, solo el silencio.
—De acuerdo, chavales, sé que habéis estado amañando partidos, mejor que lo reconozcáis ahora.
Una vez más, el silencio fue la respuesta.
Antes de que Zollner insistiese una vez más el detective Mitchell Cleveland tomó las riendas y le indicó a Molinas que le acompañase para un interrogatorio, algo que el neoyorquino, con su soberbia habitual no rehusó.
La clave de esta historia es que Molinas podría haber salido de rositas de este entuerto. En aquel punto la investigación estaba centrada en conocer más sobre el potencial entramado criminal y ver a cuántos jugadores salpicaba. El problema es que el joven formado en Columbia no supo gestionarse ni medir sus palabras. Ante la pregunta retórica del policía acerca de que si acaso no era un hecho que había apostado en varios partidos de los Pistons, Molinas respondió que sí, que efectivamente a veces había apostado a favor de los suyos, solo cuando tenía la certeza de que iban a ganar. Craso error. No solo porque eso en sí ya era un motivo para ser expulsado de la NBA, sino porque sentaba un precedente para crear un caso contra él.
A partir de ahí el castillo de naipes empezó a caer. Molinas firmó una declaración donde afirmaba haber apostado de manera recreativa con amigos de su ciudad y confirmaba las sospechas de que había estado relacionado con ese mundo. Tras salir a las 2 de la mañana de la comisaria le esperaba la incómoda visita de Podoloff, el cual le indicó que sería suspendido por haber apostado.
Nada grave, solo un acto de cara a la galería pensó Jack, pero el Comisionado tenía otros planes.
—Tengo mucha presión sobre mí, especialmente de la prensa, así que no puedo dejarlo pasar. Podría expulsarte, pero voy a suspenderte, de tal modo que en el futuro puede que te permitamos reinsertarte en la liga.
—Pero no he hecho nada moralmente reprochable ni he hecho daño al equipo. ¡Seguro que puedo hacer algo!
—Estoy de tu lado, Jack. Pero vamos a darle la vuelta a esta situación. Tú eres el Comisionado y yo el jugador, ¿qué es lo que harías?
—No habría ninguna posibilidad de que te diera una nueva oportunidad, porque habría mucho en juego.
Dicho y hecho. De este modo la carrera en la NBA de Jack Molinas llegó a su fin, pero no su historia y mucho menos su relación con la liga. En los meses y años siguientes el jugador trató una y otra vez de volver a la competición. Solicitó en varias ocasiones su reinserción pues, al fin y al cabo, no había cometido delito alguno, “tan solo” había violado las normas de la NBA. Minucias. Más cuando todavía no se había descubierto la totalidad del pastel.
Lo más curioso de este caso es que la investigación de la justicia estadounidense no cesó con la caída de Molinas. Más bien se intensificó. Todos los ojos se tornaron alrededor de los jugadores de los Pistons, los cuales habían compartido con Jack alguna que otra apuesta o bien eran sospechosos de haber amañado partidos en otras ocasiones. El neoyorquino pudo utilizar toda la información de la que disponía y haber sacado tajada de aquello en busca de inmunidad o un trato preferencial. Pero no lo hizo, calló y guardó silencio. La omertá de la NBA.
Este caso ha pasado a la historia porque la reacción de Podoloff sentó precedente, quizá sin saberlo o sin conocer el verdadero alcance del entramado que manejaba Molinas, el cual se destaparía mucho tiempo después. El hecho de que la NBA condujese su propia investigación, al igual que ocurriese con Tim Donaghy y Stern, impidió a Frank Hogan actuar de un modo contundente, pues todo el mundo cesó sus actividades. Además, la prensa utilizó a Molinas como cabeza de turco, señalándole como un individuo que salió mal, un error que no representaba la totalidad de la NBA.
La condena
Esto acabó con cualquier opción de reformular su propia vida pues Jack quedó marcado para siempre y relegado a un mundo del que ya nunca más saldría. Junto a Joe Hacken acabó por trabajar a sueldo de la mafia de Chicago y su departamento de apuestas durante la década de los 50 hasta que finalmente su vida se vino abajo. Su modus operandi consistía en captar a jugadores de college consiguiéndoles cosas u ofreciéndoles dinero. De esa manera, conseguía tenerlos atados y que les debieran algo de cara al futuro. Un procedimiento que se repetiría sistemáticamente hasta que el entramado criminal se vino abajo por investigación federal.
En enero de 1962 la investigación de Frank Hogan sobre posibles amaños en el Estado de Nueva York en partidos de NCAA le llevó a poder relacionarla con Molinas y en mayo de ese año fue arrestado por haber condicionado numerosos encuentros, ya como corredor de apuestas, no como jugador.
15 años de condena fue la sentencia. La pena más alta por un crimen de estas características en Nueva York. No obstante, tras cinco años en Attica fue puesto en libertad condicional jurando que nunca volvería a cometer delito alguno. Bueno, verdad a medias. Molinas volvió a las calles y a sus esquinas, llevó un coche ilegal y fue habitual de locales nocturnos. Entre una cosa y otra en 1969 puso rumbo a Los Ángeles con el objetivo de iniciarse en el mundo del cine, concretamente el de ciencia ficción.
Sin embargo, y es aquí donde todo comienza a complicarse, su carrera en el cine iría por otros derroteros. Molinas acabó en la industria pornográfica, la cual estaba financiada por la mafia. Desde 1970 hasta su muerte en 1975 su vida se volvió aun más turbia si cabe, pero todo apunta a que su fallecimiento no fue casual, más bien orquestado por una familia de Nueva York, probablemente Gambino.
Y así, la vida de Jack Molinas quedó para siempre unida a una leyenda negra, una relacionada con la mafia, los amaños y todo aquello de lo que la NBA renegaba. Su caso marcó un antes y un después, y si hubo más jugadores que apostaron la omertá de la liga hizo su trabajo.
