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El placer de cruzarte con Kobe Bryant, por Antonio Gil

El placer de cruzarte con Kobe Bryant, por Antonio Gil

Kobe Bryant fue especial. Una personalidad única con una mentalidad al alcance de muy pocos. Por suerte, yo pude disfrutar de él en directo varios años

La imagen de Kobe Bryant volando hacia el aro en el Concurso de Mates de 1998, pasando el balón por debajo de sus piernas en el aire para posteriormente hundirlo en la canasta. Su extraña celebración al tocar nuevamente el suelo, como arrancando una moto. Un recuerdo que siempre he tenido fresco en la memoria. Antes de Kobe estuvo Michael Jordan, pero no todos lo vimos jugar en su peak y nuestro uso de razón baloncestístico lo deja en un segundo plano. Lo siento, pero no valen los vídeos. Para ser verdaderamente conscientes de la dimensión real de un jugador hay que vivir su época. Hay que trasnochar con él. Y Kobe Bryant marcó a toda una generación que hoy hace suya su pérdida.

Recuerdo como si fuese ayer el día en el que arrastré a mi padre y mis primas a un centro comercial de Madrid porque firmaba autógrafos un jugador de la NBA. Uno al que veía mucho en la tele y que formaba parte del collage baloncestístico que forraba mi carpeta del colegio. Sólo era un crío con la ilusión de ver de cerca a una de esas estrellas que brillaban en su propio firmamento deportivo. Años después, el mismo chaval, ya no tan chaval, ‘compartió’ cancha con aquel jugador en múltiples ocasiones. Durante los más de cinco años continuados en los que cubrí la Liga en Estados Unidos, cada vez que coincidía con él en un pabellón NBA, era inevitable no acordarme de aquella tarde en la que apenas pude articular dos palabras con el mismo Kobe Bryant sobre el que ahora escribía, comentaba y analizaba. El mismo con el que tantas veces había alucinado al verlo jugar por televisión, sin que ni siquiera fuese mi jugador favorito.

Cruzarse con Kobe en un pasillo era algo especial. Los más veteranos, tanto periodistas como trabajadores de los pabellones y los equipos, decían eso de «es lo más parecido a Michael Jordan. Tiene un halo especial parecido al suyo». Nosotros, los treintañeros, éramos más simples (o más directos). «Kobe». Si ibas acompañado de alguien, simplemente anunciabas su presencia a quien fuese contigo en cuanto le veías aparecer al fondo del corredor. Si ibas sólo, lo pensabas para ti mismo a la vez que pasabas a su lado. «Kobe». Decir que era ‘nuestro Michael Jordan’ no sería justo. Ni para él, ni para Jordan, ni para el baloncesto. Tampoco lo será para el jugador del que en un futuro se diga de él que es «lo más parecido a Kobe Bryant», porque Kobe Bryant sólo hubo y habrá uno.

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