Pat Riley, el “gentleman” que nunca dejó de mancharse de barro

Pat Riley

El 31 de marzo, después de la derrota de su equipo contra los Philadelphia 76ers, Nick Nurse sorprendió en rueda de prensa haciendo un balance no solo de la temporada, sino de sus diez años como técnico asistente y titular de los Toronto Raptors. Todo esto cuando su equipo aún estaba clasificado noveno en la Conferencia Este y, por lo tanto, tenía la oportunidad de jugar las eliminatorias por el título a través del “play-in”.

Tampoco los Dallas Mavericks mostraron mucho empeño en alargar su temporada. Es cierto que no dependían de ellos, al ser undécimos en la Conferencia Oeste, pero, básicamente, entregaron sus tres últimos partidos para no perder su pick de primera ronda en el siguiente draft. No fueron los únicos. La NBA, este año, se ha llenado de equipos desganados buscando a la joya Wembanyama y de jugadores que, simplemente, no han estado a la altura de las circunstancias cuando más contaba.

Todo lo contrario, por supuesto, que los Miami Heat. Los Heat, en medio de una temporada muy decepcionante, no renunciaron ni pusieron excusas. Perdieron el partido de acceso directo contra los Atlanta Hawks, pero ganaron el segundo contra los alicaídos Chicago Bulls. Enfrentados a los Milwaukee Bucks en primera ronda de playoffs todo el mundo vaticinó su derrota en cuatro partidos. Acabaron ganando en cinco.

Riley-Spoelstra-Butler

Hay mil explicaciones para una sorpresa así, como las hay a que el equipo se llevara la Conferencia Este y llegara a la final de la NBA, ganando incluso uno de los dos primeros partidos jugados en Denver. Todas, eso sí, tienen que ver con un nombre y un apellido: Pat Riley. Los Miami Heat son la proyección de su presidente, el hombre que llegó hace veintiocho años a la franquicia de Florida para ponerla patas arriba. El primer entrenador que conseguía una participación como propietario y asumía el máximo puesto directivo en materia deportiva.

Riley es el típico tío que te ficha a LeBron James y a Chris Bosh para formar un “Big Three” de época junto a Dwyane Wade y te coloca de entrenador a Erik Spoelstra, aquel chico que le montaba los vídeos cuando llegó en 1995, es decir, a un fanático de la táctica y de la defensa. Lo lanza ahí a la piscina llena de pirañas mediáticas convencido de que conseguirá salir vivo, que las dificultades lo curtirán no ya para una temporada, sino para una era. Precisamente, la era post-Riley. El joven Spoelstra no solo llevó al equipo a cuatro finales y a dos títulos, sino que hizo de esa colección de estrellas un verdadero equipo mientras su jefe asentía satisfecho en el palco.

Riley es el hombre que, cuando ve que Jimmy Butler, el chico del junior college, el del fuego en la mirada, el que salió rebotado de los Bulls, de los Wolves y de los Sixers, queda disponible en el mercado, va como loco a por él y le nombra capitán general de su franquicia. Y no le pide cuarenta puntos por noche, no. Le pide liderazgo, le pide ejemplo. Le pide entrenamientos al cien por cien y mentalidad ganadora. Le pide que, aunque los Heat nunca tengan la mejor plantilla porque ellos no entienden de “tankings” ni de cálculos ajenos al resultado del siguiente partido, compitan como animales y lleguen a tres de las cuatro últimas finales de conferencia, con dos asaltos al título incluidos.

El hombre que perseguía a Jerry West

Pat Riley es, en definitiva, el hombre que no busca a Wembanyama, sino que hace que cada jugador se sienta un Wembanyama al valorarlo tal y como es. El que no teme a los jugadores sin draftear ni con pasados conflictivos, porque él lo ha vivido todo en la NBA: ha entrenado a un equipo que juntaba a cuatro números uno del draft -Kareem Abdul-Jabbar, Mychal Thompson, Magic Johnson y James Worthy- cuando estaba en Los Ángeles, y ha entrenado a un equipo con jugadores salidos de la nada como Anthony Mason o John Starks, cuando se marchó a Nueva York.

Riley es el hombre de la imagen confusa. El de la gomina y el traje de Armani. El amigo de Jack Nicholson y de toda la “troupe” de Holywood que llenaba el Forum de Inglewood. El de las portadas de la revista de moda. Alguien que, tal vez, esté más preocupado por la forma que por el fondo, pensaría uno si no hubiera visto a sus New York Knicks o a sus primeros Miami Heat. Riley honraba -y lo sigue haciendo- su destino con una apariencia impecable, pero sabe todo lo que ha sufrido para llegar ahí y es exactamente lo que le exige ahora a los demás.

Estrella juvenil en el equipo de la universidad de Kentucky que perdió la famosa final de la NCAA de 1966 contra Texas Western -los cinco negros imponiéndose por primera vez a los cinco blancos delante de todo el país, el partido más importante de la historia de la competición hasta el Bird vs Magic de 1979-. Pat Riley pasó sin pena ni gloria por los San Diego Rockets y acabó de casualidad en Los Ángeles Lakers cuando los Portland Trail Blazers le echaron del equipo sin siquiera hacerlo debutar y Chick Hearn decidió hablar bien del chaval al propietario Jack Kent Cooke.

Su visión del baloncesto cambió cuando el entrenador de los Lakers por entonces, Bill Sharman, le preguntó: “Riley, ¿tú quieres de verdad quedarte en la NBA?”, a lo que Riley contestó que sí, claro. “En ese caso, preocúpate de tenerme a Jerry West en forma toda la temporada”. Y eso hizo. Riley fue el falso escolta que no metía una de lejos, que apenas podía saltar por sus problemas de espalda, pero que se pasaba los veranos trabajando como un animal para poder perseguir a West en los entrenamientos y hacerle la vida imposible.

Un superviviente de época

Riley se convirtió en un superviviente y ni el título de 1972 como jugador, ni los cinco que consiguió como ayudante y primer entrenador de los Lakers en los ochenta saciaron su hambre. Al contrario. Le transformaron en un monstruo despiadado. En un auténtico psicópata que controlaba a sus jugadores y su entorno al milímetro, que programaba dobles sesiones cuando otros equipos daban descanso a sus estrellas, que fomentaba su misma competitividad entre sus pupilos y que no dudaba en hacerles saber su frustración a gritos a la más mínima relajación.

Riley empezó su carrera como entrenador como un simpático hombre de paja y la acabó como un dictador. Ya no cambiaría. Un día, en el vestuario de los Knicks, metió la cabeza en un cubo gigante de agua helada y no la sacó en más en un minuto. Tuvo que ser uno de los preparadores físicos el que le arrastrara, los ojos fuera de las órbitas, desquiciado, boqueando en busca del oxígeno que le faltaba, antes de decirles a sus atónitos jugadores: “¿Veis? Tenéis que necesitar la victoria tanto como yo necesitaba respirar”.

Durante sus cinco años en los Knicks, Riley supo tomar el relevo de los “Bad Boys” de Detroit en su intento por destronar a Michael Jordan, algo que, en rigor, solo consiguió cuando el de Carolina del Norte se retiró por primera vez. Llevó a los Knicks a su primera final en veinte años y la perdió a su manera: se enfadó tanto con Rolando Blackman por llevarle la contraria en un comentario de un entrenamiento que se negó a ponerle ni un segundo en el séptimo partido de la final contra los Rockets, mientras John Starks fallaba un tiro tras otro hasta acabar con una serie de dos canastas en dieciocho intentos. No se ha vuelto a ver algo parecido.

Entre Van Gundy y Van Gundy

En definitiva, que Pat Riley es un tipo que no negocia. Las cosas han de ser a su manera. Y si él ha decidido que los Heat tienen que competir siempre y en cualquier circunstancia -no valen las excusas, no valen las lesiones, no vale nada…- ya pueden sus jugadores hacerse a la idea de que así ha de ser. No es difícil imaginar a Riley en una vida paralela aceptando la oferta de los Dallas Cowboys para jugar en la NFL, recibiendo el balón desde su 1.90 y arrasando con todo lo que se le pusiera por delante.

No es difícil imaginarlo -qué demonios, lo hemos visto- apartando al entrenador de turno para apuntarse un título más ante una oportunidad soñada. Lo hizo en la temporada 2005/2006, cuando después de meses de tortura a Stan Van Gundy, su sustituto desde un par de años atrás, este se vio obligado a dimitir y Pat Riley se puso al mando de un equipo con Wade, Shaquille O´Neal y su habitual colección de veteranos dispuestos a todo: Gary Payton, Jason Williams, Antoine Walker, Alonzo Mourning, James Posey…

Por supuesto, ganó el anillo. Su último como entrenador. No iba a dejar pasar ese tren como si nada. De paso, le arruinó la vida a Stan Van Gundy, pero esa es otra historia (“Necesitaba un Van Gundy a mi lado”, dijo cuando llegó a Miami después de dejar atrás a los Knicks y a su inseparable Jeff). Las franquicias son a menudo el reflejo de sus propietarios: hedonistas como Jerry Buss, relojes de precisión como Jerry Reinsdorf o psicópatas del triunfo como Pat Riley. Solo así se explica lo de los Heat de este año. Y el pasado. Y hace tres años, cuando la burbuja apuntaba a la excepción. El “gentleman” que adoraba el barro. El hombre de las dieciocho finales NBA, que se dice pronto.