Rodney Rogers y la fragilidad de la vida, por Gonzalo Vázquez

En el deporte de élite no es necesario ser una estrella para inscribir tu nombre en el mausoleo de los que dejaron huella por alguna valiosa lección de vida

Rodney Rogers

Artículo originalmente publicado en el número 1564 correspondiente a enero de 2026

Antes del desengaño por Zion Williamson, cuando aquel tanque adolescente con alas deslumbraba de veras, se buscaban analogías por lo que venía a ser y a quién parecerse. Asomaban nombres como Charles Barkley, Blake Griffin, Shawn Kemp, Larry Johnson, o el más ajustado y poético según llegó a la NBA, una especie de Shaq de bolsillo. Todos eran moldes así, concentrados de músculo, fuerza y poder. Pero quien tuviera memoria, y no muy lejana, tendría que recordar a un tipo algo más al fondo, forrado de esa misma fuerza animal, un astado compacto que en su esplendor se colaba casi semanalmente por las acciones más brutas de la temporada regular. Ese tipo se llamaba Rodney Rogers, que fue jugador de baloncesto como pudo serlo de fútbol americano. Rogers tenía cuerpo de lanzador de martillo, aspirante a los superpesados o réplica dopada de Mr. T en El Equipo A.

Por eso las pistas de Durham lo conocían de chaval como The Durham Bull y aún hoy el vecindario recuerda aquel cuerpo mostrenco como “legendario” y nada común. Tampoco lo era que un menor terminara viviendo en casa del entrenador del instituto, pero llegó un momento en que no hubo otra opción para el más joven de cuatro hermanos. Primero fue su padre, que abandonó la familia camino de Texas, donde encontró la muerte cuando Rodney tenía ocho años; y después su madre, que salvó de milagro la vida tras sufrir un terrible accidente de coche que le destrozó la cabeza. La mujer salió del coma pero no de la amnesia permanente (y un algo premonitorio). En el destrozo del hogar, uno de los hermanos de Rodney terminó entre rejas, veinte años de condena por atraco a mano armada. Ahí fue que su entrenador, Nathaniel Brooks, se hizo cargo de Rodney metiéndolo en casa como un hijo más. Luego en verano se lo llevaba a sus trabajos de albañilería, por enseñarle un oficio, descubriendo el joven un placer singular en tareas que resolver con sus propias manos. Mientras tanto aquel cuerpo no cedía, hinchaba sin parar y marcaba diferencias en el equipo local.

En su último curso Rodney fue nombrado jugador del año en Carolina del Norte, y en su primero con la universidad de Wake Forest, el mejor novato por delante de Grant Hill. Con dos metros raspados Rogers era un interior con buena mano y una fuerza descomunal en la pintura al que su técnico, Dave Odom, promocionó como un posible 20-10 a los ojeadores NBA que acudían a verlo. Así fue que unos Nuggets en crisis y lejos del equipo alegre de los años ochenta, lo eligieron en novena posición en el draft de 1993 (su elección más alta desde 1962).

Los buenos recuerdos

Ahora que la perspectiva permite una visión más fiable, la carrera profesional de Rodney Rogers encaja en la coherencia del tonelaje y empuje de los años noventa. Si el corte fuera por estatus, Rogers pertenece al sector más abundante de los jugadores que no fueron estrellas ni marginales. Rogers fue un secundario, un buen secundario que lo hizo acreedor a una digna carrera y hasta un galardón. De su memoria convence asociarlo automáticamente a un puñado de imágenes que vincular a su nombre para siempre. Eso es lo que dota a un jugador de recuerdo y reduce drásticamente la demografía de su perfil, circunstancia agravada por formar parte del escuadrón de universitarios empleado por Chuck Daly para espabilar (y ganar) al invencible Dream Team. Con eso bastaría para salvar su nombre del olvido.

Curiosamente, de toda su carrera destacan dos momentos de su año novato, y no relacionados con sus matazos y acciones de fuerza que se colaban regularmente por el Top Ten. En febrero de 1994 Rogers anotó nueve de sus veintitrés puntos en los instantes finales del partido ante los Jazz, tres triples seguidos en nueve segundos que pusieron por delante al equipo y activaron el síndrome de Tourette en Abdul-Rauf en un plano inolvidable y una de las grandes escenas de la década.

Tres meses después Rogers fue parte de una proeza mayor. Llegando como octavos del Oeste, los Nuggets eliminaron en primera ronda a los mejores Sonics desde el título, un equipo de 63 victorias que sucumbió a la rabiosa juventud desatada en un quinto partido legendario que acabó con Mutombo extasiado en el suelo. Al año siguiente los Nuggets repitieron presencia en playoffs, siendo ya Rogers el cuatro titular de un equipo que vio el paso de tres entrenadores en pocos meses y el proyecto abortado a los dos años de nacer.

En verano, Rogers fue enviado a los Clippers, donde iba a rematar cuatro años en la última aventura en los banquillos de Bill Fitch. Era un caso similar a los Nuggets, una reconstrucción de la nada, un ascenso fugaz a la postemporada y adiós. Pero Rogers cumplía, era siempre el mismo jugador, una dinamo en lo suyo y un contagio del mejor ánimo en el vestuario.

El resto de su carrera, repartida entre Suns, Celtics, Nets, Hornets y Sixers, fue la de un secundario de lujo, a caballo entre el interior y una espléndida zurda al triple, lo que sin duda habría elevado hoy sus prestaciones. Para el año 2000 Rogers era el mejor sexto hombre de toda la NBA, un titular encubierto en Phoenix Suns, un destino de balón para Jason Kidd y el tercer anotador del equipo en playoffs tras Penny Hardaway y Cliff Robinson. Aquel año su acierto al triple fue el cuarto mejor de toda la NBA, colándose en un terreno de tiradores y pequeños.

Rogers no se iba a retirar sin disputar unas series finales. Lo hizo en 2003 como parte de los sorprendentes Nets que doblegaron a Bucks, Celtics y Pistons para repetir presencia ante el intocable Oeste. En el trayecto Rogers iba a dar una canasta ganadora ante los Bucks, una racha de cuatro triples seguidos en Boston y esa fe que lo hacía el preferido de todos en el vestuario. Pero al final, siempre lo acababan moviendo.  

Físicamente intacto Rogers decidió dejarlo en 2005, tras doce años de carrera y nueve de ellos en playoffs, como una garantía de nivel.

Rogers desapareció de la vida pública. Regresó a Durham en 2006 y se puso manos a la obra. Sacó una plaza como empleado en el departamento de obras públicas del Ayuntamiento. Esto se traduce en trabajar con sus propias manos –aquello que su técnico de instituto le enseñó– en la reparación de aceras, provisión de materiales y empleo de maquinaria pesada. Algunos compañeros del área municipal ignoraban que había sido jugador en la NBA, cosa que Rogers parecía disfrutar en silencio. Un día su supervisor le espetó que cómo era posible que estuviera allí, que con el dinero ganado podía sentarse a ver la vida pasar. Rodney sonrió: “Para mí la vida es esto, no me voy a quedar en casa a verlas venir. Ni puedo ni quiero hacer eso”. Y tampoco contar a nadie que de su bolsillo, como dinero bien empleado, salía una ingente compra de material escolar para niños desfavorecidos del área. De hecho Rodney quería hacer muchas cosas. Montó una empresa de camiones, unidades a buen precio que requerían de reparación de la que él mismo se encargaba antes de acudir a primera hora a sus tareas municipales.

El operario más robusto del estado se hizo además entrenador voluntario de un equipo de niñas y ayudó a fundar otro juvenil de fútbol americano. El resto era darse el gusto del aire libre, el único ocio que adoraba, entre la pesca y las cuatro ruedas, los todoterrenos y los camiones de gran tonelaje (al estilo Karl Malone).

Era una vida sencilla y compartida. Una vida feliz.

El accidente

Una mañana de noviembre de 2008, Rodney salió con su quad a disfrutar de la libertad y los amigos, llegándose hasta el condado de Vance, un área rural y boscosa al norte de Raleigh, en su Carolina natal, senderos y caminos de tierra donde Rodney gustaba de pisar el pedal. Hasta que un mal acelerón hizo volcar el vehículo, encallar en una zanja y estampar la cabeza contra el manillar antes de caer al suelo y quedar inconsciente. “Me he roto el cuello”, dijo a sus amigos cuando despertó. El impacto hizo ceder dos vértebras dejando la médula al descubierto. Avisada una patrulla local, Rodney fue evacuado en helicóptero al Centro Médico de la Universidad de Duke. Las lesiones eran tan graves que lo trasladaron hasta el Shepherd Center de Atlanta, hospital especializado en lesiones cerebrales y de médula espinal.

El periodista Harvey Araton relató en el Times la estremecedora escena en la habitación del hospital, su inmenso cuerpo tendido en una cama escoltada por su mujer y tres hijos, de catorce, once y cinco años. Lo habían sometido a una traqueotomía para poder respirar. Rogers sufría parálisis de los hombros hacia abajo y ya nunca se iba a recuperar.

En adelante, su vida se ahincó en una silla motorizada a la que su cuerpo terminó adherido. Su esposa e hijos, además de su hermana enfermera, se iban a hacer cargo, empleando irónicamente aquel dinero rechazado para una buena vida en una costosa cura que jamás llegaría. El encierro de los primeros meses, las visitas de amigos y excompañeros que se iban espaciando, la condena a un más que seguro olvido, despertaron en Rodney la necesidad de hacer algo útil para los demás. Y eso hizo.

Paralizado de cuerpo entero, no así de espíritu, sacó una vez más aquella energía positiva del vestuario y a través de una fundación con su nombre, Rogers dedicaría su vida a impulsar la financiación de estudios para la investigación médica y luchar por los derechos de las personas con discapacidad. Comenzó a dar por todo el país charlas motivacionales a los jóvenes con daños cerebrales y medulares, un optimismo necesario para afrontar la vida en condiciones tan severas y difíciles. Solía empezar las sesiones así: “Creo que puedo contaros mucho más de lo que cualquier persona promedio”. Porque Rodney había saboreado la gloria de un superhombre y ahora padecía la vida de un impedido, que asumir con la misma sonrisa de siempre. Hasta fechas recientes su entrenador en Wake Forest, Dave Odom, acudía a verlo. “Luego siempre me volvía con una sensación extraña: de qué demonios podía quejarme cuando él no lo hacía nunca”.

En marzo de 2013, con motivo del vigésimo aniversario de su paso por Wake Forest, fue invitado por la universidad en un partido contra Maryland. En el centro de la pista Rodney recibió la ovación de su vida por el público del Memorial Coliseum donde batalló tres años. Luego atendió un par de minutos a la TV local. La periodista Debbie Antonelli fue directa al preguntarle cómo llevaba lo suyo y de dónde sacaba las fuerzas. Con un hilillo de voz y una firmeza admirable, Rodney respondió: “Well, it’s hard to keep a good man down”, rematada con una sonrisa que colmó la pantalla.

Hay una generación, hoy veterana, que experimentó un gran desconcierto cuando el Superman que conocieron de niños, el hombre y el superhéroe, Christopher Reeve, cayó de su caballo en un torneo de equitación, se rompió el cuello y sufrió una lesión similar a la de Rogers. Una generación más joven pudo sentir lo mismo tras el accidente del piloto Michael Schumacher cuando esquiaba con su hijo en los Alpes franceses, y desaparecer del mundo desde entonces como un espectro asistido. Son ejemplos que simbolizan la fragilidad de la vida aun en aquellas personas a las que dotamos de cualidades sobrehumanas. Que un segundo puede separar la alegría de vivir de pasar al otro lado. “Quiero que sepáis la importancia que tiene disfrutar sin olvidar los riesgos de un mal paso”, solía advertir Rodney a su auditorio más joven.

Hasta fechas recientes su esposa Faye insistía en el gran espíritu que Rodney mostraba diariamente. En su fuero interno, nadie sabe cuánto podía sufrir el trastorno de condenar a la familia a su cuidado y rehabilitación permanente.

Su última aparición pública pudo ser también su última alegría: Rodney fue entrevistado en su casa para el reciente documental We Beat The Dream Team, obra de HBO, junto al resto de compañeros que obraron la proeza en 1992. Vestido de gala para la ocasión, Rodney lucía la sonrisa de un orgullo personal (ver foto), tal vez por saber que su nombre no caería en el olvido.  

Así hasta que el pasado mes de noviembre, a consecuencia de complicaciones derivadas de su condición, su corazón dijo basta a los 54 años y Rodney ya no está entre nosotros. La rabiosa actualidad pasó por encima de su adiós como arrasa con todo. Sirvan, pues, estas líneas como nuestro homenaje a un buen jugador de baloncesto y sobre todo, un buen hombre que nunca se dio por vencido.

Descanse en paz.

Foto: Getty Images

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