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Sebastian Telfair: El último juguete roto de la NBA

Sebastian Telfair: El último juguete roto de la NBA

Sebastian Telfair fue uno de los jugadores de instituto más importantes de USA, años después fue condenado a tres años y medio de cárcel

Puedes encontrar este reportaje en la revista Gigantes del mes de septiembre de 2019 (Nº 1.488)

«Mamá. Te quiero, mamá. Lo siento mucho”, dijo, mirando a su progenitora mientras gesticulaba con los brazos en cruz, justo antes de que un oficial de policía le pidiese que los juntase en su espalda para esposarle. Durante la última vista de su juicio por tenencia ilícita de armas, Sebastian Telfair (Brooklyn, New York, 1985) trató de defender que había sido engañado y que iba a pagar por algo que no había hecho. El jurado popular no lo vio así y el ex jugador de la mejor liga del mundo fue condenado a tres años y medio de prisión. Dos agentes del orden lo escoltaron camino de los calabozos mientras Bassy tiraba el resto y trataba de justificar su inocencia. “Señoría, sólo quiero poder cuidar de mi bebé. Es lo único que quiero. Cuidar de mi bebé”. En aquel preciso momento se rompía otro juguete de la NBA.

Toda una leyenda del baloncesto escolar en la ciudad de New York y en todo el país, que dio la espalda a la NCAA para saltar directamente desde el instituto al profesionalismo, dejando plantados a Rick Pitino y la Universidad de Louisville para hacerse un hombre vistiendo el uniforme de los Portland Trail Blazers, que le eligieron en el puesto número 13 del draft de 2014.

Protagonista de documentales (Through the Fire es una obra maestra), libros (The Jump: Sebastian Telfair and the High-Stakes Business of High School Ball es casi que lectura obligada para amantes de la canasta) y portadas (protagonizó en solitario una espectacular de Sports Illustrated y compartió otra con LeBron James en Slam siendo sólo un adolescente), Sebastian Telfair veía como su carrera se acababa de un plumazo, si es que no lo estaba ya, al mismo tiempo que su vida daba un giro dramático. De héroe de barrio a presidiario por culpa de las malas decisiones y las malas compañías: en 2017, cuando iba a inaugurar unas canchas, la policía encontró un arsenal en su coche.

Sebastian Telfair – Sports Illustrated

Precisamente esta persona que escribe tuvo la suerte de ver jugar a Bassy en su instituto. No durante su época como estudiante del Abraham Lincoln High School, pero sí en la cancha del gimnasio que alberga el majestuoso edificio de la escuela secundaria del barrio de Coney Island. Una pequeña ‘república independiente’ de Brooklyn, una Galia a lo neoyorquino de la que han salido otros grandes nombres del baloncesto estadounidense, empezando por su primo Stephon Marbury, siguiendo por el espectacular Lance Stephenson y por la eterna promesa en la que se quedó Isaiah Whitehead, que a día de hoy sigue peleando por encontrar un hueco en la NBA.

Ellos, junto a Sebastian Telfair, son el ejemplo a seguir por cualquier chaval que bota un balón de baloncesto y lanza a canasta en los playgrounds de esa zona de New York. La misma de la famosa noria Wonder Wheel, la montaña rusa Cyclone y los perritos calientes de Nathan’s. La misma que también alberga un buen puñado casas de protección oficial y rincones nada recomendables para el turista y con poco interés para los lugareños. El baloncesto es la vía de escape que tienen muchos chavales para salir del barrio. La que encontró Bassy… y la que no supo aprovechar.

Héroe local e hijo pródigo

Corría el verano del lockout de 2011. El cierre patronal tenía la NBA inactiva, pero no había manera de parar al baloncesto. Bastantes jugadores de la Liga aprovecharon ese extraño verano para volver a las raíces, para regresar a las canchas de barrio y los gimnasios de institutos. Para devolver a la comunidad lo que ésta les había dado antes de ser famosos multimillonarios. Las apariciones de jugadores profesionales en torneos de baloncesto al aire libre y ligas pro-am era el pan nuestro de cada día. New York era el epicentro de un movimiento que hizo que los fans de la canasta no sólo no perdiesen la ilusión, sino que además disfrutasen como nunca.

Un partido de exhibición entre jugadores profesionales patrocinados por la marca deportiva Under Armour y antiguos alumnos del Lincoln High me llevaron hasta uno de los lugares más emblemáticos de basket en toda la ciudad. El detector de metales para entrar al edificio y la seguridad en cada pasillo hasta llegar a la cancha del gimnasio no parecían resultar algo novedoso para los estudiantes que querían ver a su ídolo nuevamente en casa.

Allí, en el círculo central, permanecía tumbado con la cabeza apoyada en un balón Sebastian Telfair. Del techo colgaba su camiseta con el número 31, retirada por la escuela. Su hermano mayor Danny cuidaba de él como cuando era un crío. Su entrenador, el legendario Tiny Morton, le dejaba claro que era su partido, su momento y su cancha. Carta blanca para hacer lo que quisiese.

Cuando el speaker pronunció por primera vez el nombre de Sebastian Telfair, aquel modesto gimnasio se vino abajo. Parecía que el director del instituto había dado las vacaciones y un aprobado general a todos antes de tiempo. ¿Conocéis la expresión ‘piel de gallina’? Pues eso. Impresionante. Ya daba igual que Bassy anotase cincuenta puntos, cinco o quinientos.

El hijo pródigo vistiendo el uniforme de Lincoln High. Como en la época en la que el cineasta y fan #1 de los Knicks Spike Lee iba a verle jugar. Sentado junto a él estaba un mastodonte de la cultura urbana y también de Brooklyn como Jay-Z. Para él jugó en el mítico torneo veraniego del Rucker Park, el playground más famoso del mundo. La misma en la que los ojeadores de las mejores universidades del país se daban cita para ver al prodigio de Coney Island, los agentes le esperaban en la parte trasera, los periodistas intentaban sacarle alguna declaración interesante y los entrenadores de la NBA se acercaban curiosos a ver qué se cocía y si el hype era real o no. En principio lo era.

Sueño truncado

Lástima que las lesiones lastrasen una carrera de un jugador que nunca engañó a nadie. Limitado en el tiro, pero con una visión de juego fantástica y una capacidad de pase espectacular. Además de una velocidad impresionante y una valentía para entrar a canasta sobresaliente para alguien de su altura y físico (1.83 muy generosos). Su carrera en la NBA tuvo demasiadas idas y venidas. De Portland a los Boston Celtics y posteriormente a los Timberwolves, Clippers, Cavs (coincidiendo con LeBron James), Suns, Raptors y los Oklahoma City Thunder. Muchos kilómetros y muchas mudanzas que terminaron con sus huesos en la liga china, hasta que en 2017 colgó las botas… y fue pillado con las manos en la masa. Tres pistolas, un arma semiautomática, munición y un chaleco antibalas en su todoterreno, además de varias bolsitas con marihuana.

“Bassy, ¿cómo te sientes volviendo a casa?”, le pregunté aquella tarde del verano de 2011. “Es como si nunca me hubiese ido. Aquí crecí y volveré siempre, a no ser que una fuerza de causa mayor me lo impida”. Un arsenal, por ejemplo. Una mala decisión que nos obliga a quedarnos sólo con el recuerdo del Telfair que revolucionó el mundo del baloncesto a principios de siglo. Un ejemplo aleccionador para los chicos que sueñan con llegar donde él estuvo diez temporadas, pero no acertó a quedarse.

Puedes encontrar este reportaje en la revista Gigantes del mes de septiembre de 2019 (Nº 1.488)

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